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viernes, 5 de abril de 2019

Entrevista a Carmen Posadas: «Nunca dejes tu felicidad en manos de otras personas»


20 PREGUNTAS CANALLAS Y UNA CANCIÓN 

DESESPERADA 

Entrevista a Carmen Posadas
por Susana Cañil


Poca presentación se puede hacer de una mujer como Carmen Posadas. Y no porque no merezca un derroche de tinta, vocablos y elocuencias, merece todo ello a espuertas, sino porque todos los que amamos leer, conocemos de sobra su trayectoria. Aquí no vais a encontrar información sobre qué dieta sigue, de qué firma se viste o con quién estuvo casada. Si queréis esos datos, buscad en San Google y saciad vuestra curiosidad.




Esta sección de mi blog nace con el objetivo de conocer el aspecto humano, insólito, desconocido y/o divertido del entrevistado. Y, además, añadir esa visión desde el punto muerto del retrovisor; el lugar donde uno fija la vista y no ve nada, pero debe intuir todo.

Autora fecunda que se ha atrevido con literatura infantil, relatos, novelas, guiones de cine y biografías. Ganadora de importantes premios, traducida a 23 idiomas y considerada en 2003 por la revista Newsweek como una de las autoras más relevantes de nuestros tiempos. Con este avasallador currículum uno puede caer en la ligera y perezosa tentación de pensar en una mujer difícil, vanidosa o de imposible acceso, que solo concede entrevistas a los grandes periodistas y a las publicaciones más leídas. Nada más alejado de la realidad; cercana, educada, elegante, humilde y de trato impecable. Me rindo a su exquisitez desde el primer nanosegundo.

Anda de promoción, viajando de un lado a otro con su último retoño literario, “La maestra de títeres”, así que, se disculpa por no poder recibirme en persona, pero me atiende encantadora y solícita por teléfono.

El primer libro que cayó en mis manos escrito por ella fue “Cinco moscas azules”. Dirige, junto con su hermano Gervasio, un afamado taller de escritura al que hace ya unos años quise apuntarme, pero mi situación personal y económica no me lo permitió. Lejos de sentirme frustrada pensé: “Si no puedo asistir al taller, leeré todos sus libros”. Y eso hice. Se lo cuento con sinceridad y vislumbro un fulgor de emoción y orgullo a través de hilo telefónico. Lo que no le confieso es que justo ese fue el inicio de una catarsis personal y el impulso que me hacía falta para escribir y publicar la que fue mi primera novela. Se va a enterar de todo esto cuando lea estas líneas.


Comienzo con una pregunta muy de escritores.

1.-  ¿Has sufrido el pánico a la página en blanco?
Suspira y se ríe.

 «Confieso que sí, pero tengo el antídoto perfecto. Es algo que yo enseño a mis alumnos en mi taller de escritura y siempre les comento, una cosa que puede parecer una perogrullada, pero que funciona: escribir se comienza escribiendo. Hay que soltar lo primero que se pase por la cabeza, incluso aunque nos parezca una estupidez. Poco a poco irá cogiendo forma  y todo te parecerá más fácil»

2.-  Todos, sin excepción, tenemos miedos e inseguridades. Dime tu fórmula magistral, si la tienes, para afrontarlos y salir, si no indemne, al menos airosa.

«Yo tengo una receta que bauticé como la “receta Serrat” porque hace referencia a una canción de él que se llama “Como un gorrión”

Le gusta andar por las ramas
ir de balcón en balcón
sin que nadie le eche mano
como un gorrión.
Nació libre como el viento,
no tiene amo ni patrón
y se mueve por instinto
como un gorrión…
«Mi fórmula es marcarme metas alcanzables e ir consiguiéndolas. Cuando comencé a escribir pensaba en que alguien me leyera. Cuando empezaron a leerme, quería que me publicaran. Cuando al fin me publicaron, comencé a soñar con un premio…y así sucesivamente. Me voy marcando metas cercanas, accesibles, porque volando bajito se puede llegar muy lejos»

3.-  ¿Qué duelen más, Carmen, los años o los daños?

«Los daños, sin duda. Ahora que voy a cumplir 66 he aprendido a no meterme en demasiados líos. Cuando era joven pensaba que podía con todo, y que estaba en mi mano cambiar el mundo y a la gente. Me he dado cuenta de que no, claro. Hay que dosificar las energías para salir vencedor en las batallas que puedes ganar y no malgastarlas en las que vas a perder»


"HE CONSEGUIDO VIVIR DEL

CUENTO"

4.- ¿La escritura es tu vida o tu forma de vida?

«Las dos cosas. Mi vida y mi forma de vida porque yo vivo del cuento en el sentido literal de la expresión. Y una tercera, es como un mal amor. Ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio, contigo porque me matas y sin ti porque me muero, decía la copla. Pues es lo mismo que siento yo. Cuando escribo lo paso fatal y cuando no lo hago, me siento peor»

Al comenzar la entrevista no tengo miedo, pero sí respeto y mucha responsabilidad. Para mí Carmen Posadas es un referente en la escritura, uno de mis autores de cabecera. Pero a medida que avanza la entrevista me siento cómoda con ella, porque ella me hace sentir así. No piensa mucho las respuestas y eso me gusta; significa que responde por instinto. Pura pulsión. ¡Puede haber algo más veraz que un impulso!


5.- Última vez que lloraste y por qué.

Se ríe. Y siento esa risa a través del teléfono sincera y espontánea. Como la risa de un niño juguetón. Sin imposturas. Podría haber resuelto la pregunta con una repuesta convencional y, sin embargo,  me dice que le resulta un poco bochornoso confesármelo. Yo le contesto que llorar me parece muy terapéutico. Ella me explica:


«La gente cree que mover los sentimientos tiene que ver con algo grandioso. Si lees, por ejemplo, “El conde de Montecristo”, parece que llorar es lo suyo porque es una  gran obra. Sin embargo si lloras con una telenovela, eres un idiota. Por dentro te puede remover tanto lo sublime como lo banal. La última vez que he llorado ha sido con una película de niños. Concretamente con la última versión que ha hecho Tim Burton de Dumbo»

6.- Un libro que te hubiera gustado escribir a ti y otro que te hubiera gustado recibir con 18 años.

«Escribir muchos, pero si tengo que decir uno sería “En busca del tiempo de perdido” de Marcel Proust. En cuanto al que me hubiera gustado que me regalaran no te sabría decir, pero sí tengo uno que me cambió la vida a esa edad, “La Metamorfosis” de Kafka. Pensaba que tenía razón, que el mundo era así, un sitio ridículo, absurdo e incomprensible. Todavía hoy sigo dándole vueltas y tratar de comprender para no pegarme contra las paredes»

7.- Tengo una visión de lo que es la elegancia en un ser humano y te confieso que encajas perfectamente en mi particular canon, pero ¿qué es para ti ser elegante, al margen de cuestiones estéticas?

«La elegancia no tiene nada que ver con vestir de grandes firmas ni nada de eso. Está directamente relacionada con el respeto a los demás. Elegante es toda aquella persona que se esmera en cuidar y proteger los sentimientos de los demás»

8.- No sales de casa sin…

«Sin pintarme el ojo desde que tengo trece años»

 Aquí las dos estallamos en risas. Hay comentarios que solo podemos entender las mujeres y este es uno de ellos.

9.-  ¿A quién conoces tú que debería conocer yo?

Buff, resopla Carmen. Se queda unos segundos pensando y al final dice algo que me conmueve y que termina por ratificar lo que mi instinto ya me había chivado.

«Yo creo que deberías conocer a mis nietos. Porque son una fuente de enseñanza para mí todos los días»

 "EL CORAZÓN, A VECES, TE LLEVA A

 ENAMORARTE DE UN IDIOTA"


10.-  Los humanos tenemos la mala costumbre de tropezar en la misma piedra varias veces. Dime una lección de vida que hayas aprendido. Una de esas que dejan tanta huella que sabes con certeza que no volverás a repetir.

«La lección de vida más importante que he aprendido es que ni puedes ni debes depositar tu felicidad en manos ajenas. Esa gente que se enamora de las personas equivocadas poniendo su vida en manos de un idiota. Ahora escucho mucho esa frase de “dónde el corazón te lleve”… ¡El corazón te lleva a unos líos terribles y a enamorarte de cada imbécil! »

Carmen y yo volvemos a reírnos al unísono. Estoy segura de que en ese momento han paseado por nuestra memoria, fugazmente, algún que otro elemento masculino que ha caminado por nuestra existencia en algún momento y que encaja perfectamente en el prototipo de idiota de manual.

«Por supuesto que hay que poner el corazón pero sin olvidar la cabeza»




11.- Podemos resucitar a un personaje histórico durante 24 horas. ¿A quién eliges y por qué?

«Mira a mí me encantaría conocer a César Borgia.
Siempre me he sentido irremediablemente atraída por los malos, por cómo les funciona la cabeza. Un hombre que teniéndolo todo, inteligencia, cultura, atractivo y poder, opta por hacer las cosas mal, pudiendo decantarse por hacer el bien. Quiso comerse el mundo y, al final, el mundo lo devoró a él»

12.- Dime algo, una anécdota, un secreto, un deseo, algo que no hayas contado antes en otra entrevista.

«¡Anda! Pues si no lo he contado será por alguna buena razón. Así que, mejor seguir dejándolo así»  (Risas de nuevo entre las dos)

13.- Te dan seis meses de vida. ¿Qué decisiones inmediatas tomas sin dudar?
Aquí Carmen se pone seria. Me dice:

«Lo primero arreglar todo el papeleo y trámites burocráticos con el fin de que mis hijas y mis nietos no tengan ningún problema el día que yo falte. Y lo segundo, con casi absoluta seguridad, hacer un gran viaje»

Se queda unos segundos en silencio y recupera su tono jovial para decirme entre risas:

«Ah y otra cosa, me dedicaría a comer todo lo que quisiera, de todo lo que me he privado durante mi vida»


14.- Llegaste a España siendo muy joven. Dime, ¿qué cambios ves que ha sufrido nuestro país, tanto a mejor como a peor?

«Yo creo que se cumple esa profecía que dijo Alfonso Guerra: “A España no la va a conocer ni la madre que la parió”. Creo que España es uno de los países que más ha cambiado en un corto espacio de tiempo y para bien. Nuestro país es mucho mejor de lo que creen los españoles, que no entiendo la razón por la que piensan muy mal de él. Yo nací en Uruguay, un país diminuto, y cada vez que escucho el himno o veo la bandera, lloro de orgullo y emoción. Eso aquí está mal visto y esa es una lección que habría que aprender»

15.- Yo siempre digo que escribo porque no tengo una metralleta. La lectura y la escritura me han salvado en algunas épocas de mi vida. ¿Escribir y leer es para ti sanador, terapéutico?

« ¡Por supuesto! Me he ahorrado una fortuna en psicoanálisis dedicándome a la literatura. Lo bueno que tiene es que si alguien te cae mal lo pones como personaje en alguno de tus libros y lo matas, si es preciso. Y te quedas tan a gusto»

16.-  Una mentira de la que te arrepientas, y no vale decir que no mientes.

«Pues no soy muy mentirosa, solo miento en ocasiones contadas y por alguna buena razón. La mentira no suele ser muy generosa. No recuerdo ahora ninguna, pero sí te confieso que miento fatal y me pillan rápido. Así que, debería aprender a mentir mejor porque, de vez en cuando, es necesario»


"SER MADRE NO TE HACE SER 

MEJOR PERSONA"


17.-  Desde siempre a las mujeres la sociedad nos impone unos roles. Uno de ellos es ser madre. Parece que la mujer que decide no serlo por propia iniciativa, está coja como esa silla a la que le falta una pata. ¿La maternidad está sobrevalorada, Carmen?

«Sí, absolutamente. Ser madre no te convierte en mejor persona. Y no serlo, tampoco te hace ser peor. Ahora hay una corriente en la que los niños toman las decisiones familiares y todo gira en todo en torno a ellos: ellos deciden lo que se come en casa, el destino de vacaciones…Al final lo que les hacemos es un flaco favor. Los niños necesitan referentes y límites. Que miren a sus padres como padres, no como colegas»

18.- No podrías vivir sin…

«Leer. Si me quedo en casa sin nada que leer, me leo hasta la guía del teléfono o el prospecto de las medicinas»

19.- Un sueño cumplido y otro que se te resiste.

«Un sueño cumplido, vivir del cuento, que es muy difícil. La literatura es muy ingrata. No triunfa el mejor libro, no tiene éxito el mejor autor… Hay escritores maravillosos que no llegan ni a ver publicada su obra.
Y el que se me resiste es que hagan una buena película de mis libros. Han hecho alguna, pero no me han gustado mucho. Y ahora cruzo los dedos, porque han comprado los derechos de dos de mis libros y confío en que esta vez sí sea una buena película»

20.- Te proponen un largo viaje del que no sabes nada. Ni el destino, ni la duración, ni tan siquiera si vas a volver, pero te apetece mucho hacerlo. ¿Qué no metes en la maleta?

Tras unos segundos pensando, me dice:
«No meto una plancha. Seguro que eso no lo meto»


Una canción a la que vuelves una y otra vez, por el motivo que sea. Esa que podría ser tu epitafio, la banda sonora de tu vida o tu plan B.

«Tengo muchas, pero con seguridad sería un tango»

Es un lujo y un honor inaugurar esta sección con un personaje de la talla humana y profesional de Carmen Posadas. Deja el pabellón tan alto, que ahora mismo me cuesta la vida pensar en mi próxima entrevista.

He disfrutado, he aprendido y me he identificado prácticamente con todas sus respuestas.

Gracias, Carmen. De corazón.




 Autora de la entrevista: Susana Cañil
Todos los derechos reservados


lunes, 11 de febrero de 2019

¿SEXO EN LA PRIMERA CITA?


¿SEXO EN LA PRIMERA CITA?



Mi entrada de hoy analiza un artículo que leí hace un tiempo en un suplemento femenino, de esos que yo antes admiraba por sus entrevistas y por abordar temas de calidad y  que ahora aborrezco un poquito más cada día. Rellenan sus páginas con reportajes sobre las “cremas milagro”, los secretos de la eterna juventud, avances con el botox, moda irreal a precios inalcanzables y entrevistas a famosillas, modelos y actrices de dudosa gloria. En definitiva, nada en lo que invertir mi preciado y escaso tiempo.

Pero estoy en la consulta del dentista y lleva un retraso monumental así que, decido entretenerme con algo que no sea de color rosa. Paso las páginas con rapidez, descartando todo aquello que no me interesa a primera vista, con la intención de devolver la publicación al revistero lo antes posible.
De repente un titular me llama la atención y comienzo la lectura. El reportaje plantea el tema de si tener sexo o no en la primera cita con un hombre. Y recalco, hombre. Me parece llamativo el hecho de que se escriba sobre algo así viviendo en el siglo en el que vivimos y que, además, el artículo aborde esa decisión desde el prisma femenino y su abanico de posibles consecuencias.



¿Por qué no desde un punto de vista general que incluya a los hombres también? Porque si es la primera cita, lo es para los dos, digo yo. Primer error o primer horror, que viene a ser lo mismo. La curiosidad me invade, aun cuando sé que todo lo que lea después va a resultar pura sandez.

Según avanzo en su lectura me voy soliviantando.  Plantea cuestiones tales como: “Cuál es el momento adecuado para hacerlo y ser una dama” o “Si intuyes que te vas a enamorar, es mejor esperar”.  Para mí ser una dama no depende de eso. Ni siquiera el hecho de nacer mujer te concede la distinción de dama. Esa alcurnia hay que ganársela cada día con tus actos, tu comportamiento, tus gestos… Hay que serlo las veinticuatro horas del día, en público y, especialmente,  cuando estás a solas contigo misma. Y por otra parte, habrá otras mujeres que ni deseen ni pretendan ser unas damas. En mi modesta opinión, igual de respetables.

¿Enamorarse en la primera cita? ¿Quién hace eso? De acuerdo que enamorarse es un acto irracional que no responde a ninguna lógica (yo misma  siempre me he enamorado de hombres que estaban en las antípodas del modelo que me atraía) pero no es menos verdad que es un proceso que requiere un cierto tiempo, roce, conocimiento, atención, entrega, valor, predisposición… Eso de amor a primera vista no existe. Existe atracción a primera vista, que es algo completamente diferente. ¡Y menos mal! Porque si tuviéramos que practicar sexo solamente teniendo la certeza absoluta de que es el amor de nuestra vida, algunas morirían vírgenes.


A veces, una conexión física brutal es suficiente para iniciar una relación  placentera sin vislumbres de un ulterior amor auténtico  y pluscuamperfecto, sin intrincadas y absurdas lazadas que incluyan en la ecuación a nuestro caprichoso corazón al que, en ocasiones, deberíamos dejar castigado en el banquillo. Ya habrá ocasión de sacarlo al campo de juego, si él mismo lo relama.

Cuando termino de leer el ¿artículo? me ha brotado urticaria por todo el cuerpo. Está escrito por una mujer, lo cual es aún peor. Corrobora mi teoría de que las mujeres somos nuestras peores enemigas.  Se pone en tela de juicio la honradez o decencia de una mujer, dependiendo de si se va a la cama con un hombre en la primera o en la quinta cita. ¡Vaya!  Desconocía que la dignidad o la virtud de una mujer se midieran por esos parámetros. Por otro lado, me gustaría saber la razón por la que no plantea los mismos interrogantes referidos a un hombre. ¿O es que a ellos se les presupone la decencia o la falta de ella de antemano?

El discurso es arcaico, decimonónico,  un fósil  con tintes rancios acorde con el periódico en el que se publica.  Mientras existan mujeres que escriban así, todo lo demás no valdrá para nada. No avanzaremos  si tenemos que luchar contra mentes estrechas y apolilladas  de nuestro propio género que van prendiendo etiquetas tan pasadas de moda como la vajilla de mi bisabuela  ¡El enemigo en casa!
Hoy en día una mujer toma sus propias decisiones, libres y  basadas en sus apetencias. Ajenas a cualquier comentario, crítica o posterior repercusión que pueda generar su comportamiento. Lo importante es  hacer las cosas cuando una quiera, en el momento que quiera y con quien quiera. Si está enamorada o si no lo está,  si responde a un acto de amor sublime  o a un puro instinto carnal, son detalles irrelevantes que en ningún caso definen la respetabilidad de una mujer ni la incluyen en ninguna categoría o clasificación. ¡Faltaría más!

¿Decencia? ¿Qué me decís de esas monjitas a las que se les descubrió una cuenta oculta en Suiza? ¿Acaso eso no es una obscenidad infinitamente más intolerable? A mí me lo parece, por mucho que presuman de vírgenes y castas, en el  hipotético caso de que lo sean. 
Obsceno, absurdo e indecente se me antoja el que a esta señora la permitan publicar algo así y encima la remuneren por ello.

Considero tan legítimo y natural que una mujer se vaya a la cama con un hombre en la primera o en la décima cita. Dependerá del momento, de la situación, del hombre, de las ganas, de las circunstancias y de mil factores maravillosamente incontrolables e imprevisibles… ¡o no! Pero sobre todo, que sea cuando a nosotras nos dé la real gana.

Y por otra parte, a veces es mejor en la primera cita porque… ¿quién te asegura que habrá una segunda?


Postdata: nunca más he vuelto a comprar ni a leer ese suplemento.

Autora del texto: Susana Cañil
Todos los derechos reservados

viernes, 15 de junio de 2018

LOS VERANOS DE MI VIDA


El verano siempre ha sido mi estación favorita del año. Le profeso tanto amor como odio le consagro al invierno o al otoño.  Y, lógicamente, ellos, el verano y el invierno, sabedores ambos de la posición que ocupan en mi particular repertorio de afectos, me responden cada uno en los mismos términos. Igual que si gozaran de vida propia, intuición o alma, deben percibir con nitidez mi animadversión hacia el uno y mi querencia natural hacia el otro. Fiscalizan mi carácter, influyen en mis ganas, en mi pereza o mi predisposición, en mi regocijo o mi disgusto. Barajan mi talante y mi apetito a su antojo y me reparten las pasiones y las voluntades igual que los naipes marcados de antemano. Quedo desnuda y a su merced, rendida ante sus trampas.





El frío, la lluvia y la nieve, voltean mi carácter. Una mirada de soslayo al jardín recién duchado, un súbito escalofrío o el fleco de una bufanda asomando indebidamente, me transmutan en plomiza y  apática unos días,  tormentosa y colérica, otros. Destemplada y desapacible, siempre.

Por no hablar de la pereza que me produce el ropaje invernal. Botas, guantes, gorros, jerseys de cuello alto, abrigos...Un aterrador prontuario de accesorios que calcinaría uno por uno en una hoguera si pudiera y desterraría de mi  armario por siempre jamás.  Aunque hay dos que, a mi juicio, se llevan la palma. El insufrible, y siempre molesto, paraguas y las medias. ¡Quién inventaría las medias! Antiestéticas, disformes, opresoras y en las antípodas de poder provocar cualquier deseo sicalíptico en un hombre. Y ni siquiera abrigan. Que alguien me explique su supuesta utilidad, porque yo, al hecho de no llevarlas, sólo le veo ventajas de todo tipo. Sí, la que estáis pensando también.

Pero aterriza el verano y de la misma manera que cambia el perfume en el ambiente, la luz por la mañana y el esmalte del cielo al atardecer, yo comienzo a reverdecer. Una plétora de sensaciones tan placenteras e indescriptibles, imposible de dibujar aquí, en tan solo unas líneas.

Terrazas en las que sentarme a leer  mientras el sol, descocado, se entretiene en mis mejillas, flores por doquier, chiquillos en los parques, bullicio por las calles, jornadas que se alargan, cenas en el jardín, baños en el mar… El mercurio escalando con la misma celeridad que yo cuando me apasiono con algo o con alguien.

La vida, esa que habíamos confinado junto con la ropa impregnada en naftalina,  se escapa de los armarios en forma de sexys y vaporosos vestidos, de jornadas interminables, de pamelas y bikinis, de libros que apetece devorar, de planes aplazados, de confidencias bajo la luna,  de musas que retornan con brío y exigencias, de atrevimiento en las miradas y deseos urgentes e inaplazables. Y de canciones, claro. Porque cada verano está ligado forzosamente a una canción.

Hay un día en el que abro la ventana y el paisaje que me devuelve la vida es el verano de mi infancia y adolescencia, como una película a cámara lenta y subtítulos expresados en emociones. Esos días sin colegio, sin prisas, sin obligaciones, jugando en la calle o en la playa con mis amigos. El bocata, las dos horas de digestión antes de poder volver a bañarte, el primer beso, el octavo o noveno amor, que en realidad siempre era como el primero, las diez como hora límite para llegar a casa, el cine de verano, tu vecino el buenorro o la bronca de tu padre si sospechaba que tonteabas con algún chico.  No podría afirmar con rotundidad si fueron los mejores veranos de mi vida, ha habido muchos especialmente felices y maravillosos, pero sin duda estaban preñados de ilusión, de sueños, de despreocupación, de euforia, de godeo y hasta de cierta desvergüenza, en algunos momentos.

Aunque si tuviera que quedarme con alguno, siempre apostaré por el que está por llegar.

El espíritu del estío se aproxima. Inexorablemente. Y llega para quedarse una temporada. Con él, otro año más, podré seguir llenando mi baúl de intentos, presencias, tanteos, imágenes, besos y vivencias. 

Con el tiempo los recuerdos se deforman, se alteran y, en cierto modo, se falsean. Prescindimos de lo feo y, en defensa propia, nuestra memoria, avispada y selectiva, nos incita a subirnos al tren de los momentos amables y dichosos. Mejor. El trayecto se hará corto y el paisaje, inmejorable.

Lo anticipo, lo presiento y lo deseo.

¡Ven pronto! Te estoy esperando.





Texto escrito por Susana Cañil
Derechos Reservados







jueves, 29 de junio de 2017

FALSAS APARIENCIAS



Me reúno con un grupo de mujeres para comer. No pertenecen ni mucho menos a mi círculo de amigas íntimas, pero tampoco están incluidas en la categoría de conocidas. Vamos, en tierra de nadie. No nos une nada, más allá de haber coincidido en un momento dado todas juntas en una determinada actividad y el hecho de no querer perder cierto contacto.


De esas con la que te juntas muy de vez en cuando, conversas de temas normalmente intrascendentes, y en ocasiones, vas un poco más allá e incluyes cuestiones personales, pero de charla ligera y sin matizar en exceso. Pasando de puntillas por todo lo que suponga un atisbo de topless emocional. 

Todas son listas, preparadas, capaces, y algunas, muy divertidas. Y físicamente, hay de todo; desde la fea de manual a la rubia de mechas californianas.




Oteadas desde fuera, siempre me habían parecido mucho más centradas que yo. Sus trabajos de nivel, sus casas maravillosas, sus maridos perfectos, sus inteligentes y adorables hijos que aprueban todo con nota y nunca se meten en líos… De esas que nunca se quejan por nada y a las que el tiempo les concede la bula de una prórroga constante con el fin de poder abarcar para ir tres veces a la semana al gimnasio, a talleres para hacer magdalenas, llevar a sus niños a clases de hípica y tiro al pichón, a cantar en el coro de la iglesia y realizar labores sociales. Y todo ello sin perder un ápice de glamour, porque ellas no sudan, no tienen canas ni arrugas, llegan con holgura a final de mes y visten ropa y joyas de marca.

Vamos, que cada vez que almuerzo con ellas pienso en lo mal repartido que está el mundo y en lo imperfecta que soy yo.

Empezamos con un aperitivo y cañas del tamaño de un trasatlántico. Yo no bebo alcohol, así que me pido mi inevitable Coca Cola. Pasamos a la comida que deciden regar con un buen vino, mientras yo me decanto por agua (sí, para algunas cosas puedo resultar sosita). Tras dos botellas, los estragos comienzan a notarse y las lenguas se sueltan, soberanas y dichosas, como niños en un parque. 

Y ahí viene mi sorpresa. Es una de ellas la que primero rompe el fuego y nos cuenta la situación personal que está atravesando, digna de una telenovela, pero en absoluto envidiable. Me quedo estupefacta escuchándola; su marido tiene una amante desde hace tiempo, pero ella lo acaba de descubrir. El marido, lejos de negarlo, le ha propuesto seguir como están. Dice que la quiere, que es guapa y buena madre y que no desea el divorcio, pero que tenga claro que habrá más amantes. Si se divorcia, amenaza con echarla de la empresa (él es el dueño) y hacerle la vida imposible con la custodia de los niños.  Ella, una solvente psicóloga con mucha experiencia a sus espaldas ayudando a salir del pozo a tantos pacientes y, sin embargo,  incapaz de gestionar la montaña rusa de emociones a la que está siendo sometida.

Poco a poco las demás se van animando, tanto que casi se quitan las palabras las unas a las otras. Allí se escucha de todo. Y cuando digo de todo, no os podéis ni imaginar. Yo no doy crédito, aunque tomo notas mentales. Es obvio que alguna de estas historias tenía que contarlas en este mi pequeño espacio, mi blog.

La siguiente está yendo a terapia desde hace meses. Nos cuenta que es muy infeliz. Personalmente soy incapaz de empatizar con ella y la escucho con distancia y desafecto. No trabaja por decisión propia, aunque posee estudios superiores,  tiene solo una hija que estudia en el extranjero, un marido que la adora y que gana dinero para que puedan vegetar con holgura las próximas tres generaciones. Vive en lo que ella llama casita y yo denomino palacete. Contemplo la posibilidad de que mi condición de escritora haya terminado por desvirtuar mi visión de las cosas pero, francamente, 500 metros cuadrados de vivienda, dos piscinas, cancha de tenis, un invernadero y un pequeño refugio maravillosamente acondicionado para que la hija pueda reunir a sus amigos cuando viene de visita a España, a mí no me parece que sea una “casita”. Además de eso, goza de buena salud, es mona y se dedica a cultivar el cuerpo y a viajar.

La tercera se quedó viuda hace diez años, con 38, y nos confiesa que desde entonces no ha catado varón. Eso sí que es una tragedia, expreso en voz alta dando rienda suelta a mi impulsividad. Me mira con mala cara y yo me disculpo atropelladamente intentando quitar hierro al asunto. Y nunca mejor dicho, hierro. Porque eso es lo que va a tener que atravesar el que se decida a entrar ahí…

Desparraman durante un buen rato, entre lágrimas, suspiros, sentencias y algún que otro grito. Menos mal que ya nos hemos quedado solas en la terraza del restaurante y solo el camarero, que nos escucha estratégicamente situado, es testigo de tanto desahogo. Entre la cerveza, el vino, el chupito y la liberación que ha supuesto narrar sus cuitas en primera persona, no hay manera de levantarse de allí.

Me preguntan si yo no tengo nada que confesar. ¡No, no! Mi vida es previsible y aburrida, les digo absolutamente convencida. Por suerte, dan por buena mi respuesta.

Deciden continuar su particular fiesta en otro local donde, dicen, van a tomar unas copas. No quiero pensar  en cómo acabarían.

Yo me marcho a buscar a mis hijos al colegio más contenta que nunca. Soy la única que no está borracha, que no visita al loquero, que no llega a fin de mes, que tiene hijos normales y que viste de Primark con más clase que todas ellas juntas. Tengo material para varias entradas en el blog y he podido comprobar que la imagen, aparentemente ideal que transmitían, solo era una barata capa de esmalte. Un barniz tan inconsistente y espurio que con un solo soplido, se desintegra.


Texto escrito por Susana Cañil
Derechos Reservados


martes, 9 de mayo de 2017

UN FLECHAZO


UN FLECHAZO

por Susana Cañil



Llevo más de una hora dando vueltas por la tienda con resultado infructuoso. Y eso que son tres enormes plantas y hay oferta más que de sobra para satisfacer los gustos más exigentes. No sé si será el día, que hoy ha amanecido plúmbeo y con ganas de lloriquear (porque el chirimiri que ha caído no alcanza a ennoblecerse con la categoría de lluvia) o mi ánimo no está hoy para romerías. Tal vez lo segundo es consecuencia de lo primero, pero la cuestión es que no encuentro nada que me atraiga de verdad. Es bien cierto que tengo la exótica costumbre de no buscar, prefiero que todo me encuentre a mí, salvo en casos de urgencia. O en los de necesidad máxima en los que no me queda más remedio que abandonar la aventura y caer en manos de la previsión.  Y hoy, es uno de esos días.




Doy vueltas, recorro estanterías, miro, rebusco…Esto se está poblando de humanidad y yo detesto los aforos que exceden lo razonable, es decir, cuando empiezo a notar que mi espacio vital es invadido con aliento ajeno. Recibo un pequeño empujón con bolsazo incluido de una señora que mientras camina sin rumbo fijo, escribe algo en su móvil. No digo nada, pero la fulmino con una de mis miradas asesinas y la mando a la otra punta del local. Y además, aborrezco la horrible música que suena de fondo; me turba y me desvía de mi misión. Habría que despedir al que la elige. Mi humor acaba de vestirse definitivamente de luto y decido abandonar la búsqueda.

Entonces le veo. Me llama la atención irremediablemente. ¡Qué elegante es! Tiene sus años, se le nota en la presencia, pero también posee el atractivo irrefrenable del que tiene mucho que contar y enseñar. Su aspecto exterior es saludable, tal vez unas arrugas que podrían haberse evitado y un cierto aire maravillosamente decadente en los colores que le visten. ¿De dónde ha salido? Si he recorrido cada centímetro del local y no le he visto. Y desde luego, no pasa desapercibido. El destino, siempre zascandil y juguetón como un revoltoso infante.

Miro a su alrededor y compruebo con alegría indisimulada que está solo. Me acerco poco a poco, con cadencia calculada y un fin premeditado; oler su perfume. Para mí es fundamental el aroma, también  el tacto, claro. Pero eso ahora es inviable. Él me mira. Sí, me está mirando sin disimulo y con cierta insolencia. ¡Y su mirada se traduce en tantas sensaciones! Estoy nerviosa y algo excitada. Esto es un flechazo en toda regla, me digo. ¡Y no lo voy a dejar pasar! Me armo de valor y por fin me sitúo a su lado;  ambos nos medimos en esa distancia tan corta que casi nos rozamos, pero tan eterna cuando dos desconocidos se mueren por dejar de serlo. Aspiro su olor. ¡Joder, qué bien huele! Mil pensamientos cascabelean en mi cabeza. El mundo a nuestro alrededor acaba de desaparecer. Ya no veo a nadie, ni escucho ruidos, la música ha cesado y la señora que me propinó el bolsazo ha pasado a pertenecer a otro universo. Solos él y yo. No hay manera de esquivar el roce, ni lo deseo. Y cuando su tacto se posa sobre mi piel, me encanta; suave, atrayente y muy masculino.  Nos deseamos y no hay vuelta atrás. Le agarro entre mis manos y él se deja guiar hacia la salida sin oponer resistencia. Tengo tantas ganas de llegar a casa y devorarlo que tropiezo al bajar las escaleras por las prisas. Menos mal que el tramo no era excesivo y he podido reconducir la trayectoria de la caída. Aterrizo encima de él y me río a carcajadas. Ambos estamos bien y un señor muy amable me ayuda a levantarme.

Me lo llevo – le digo a la cajera, saltándome la fila para pagar y con el dinero preparado en la mano.

¿Quiere ticket regalo? – me pregunta muy amable.

Oh, no. Muchas gracias. Un libro nunca me va a defraudar hasta el punto de querer devolverlo.

Salgo de la tienda y una escandalosa tormenta de aguanieve ha terminado por tapizar Madrid. Pero ahí está él, esperándome. Ha salido del coche y avanza hacia mí con el paraguas desplegado y su maravillosa sonrisa. Sabe que odio la lluvia, pero más todavía que mi melena se encrespe. Me quedo unos segundos, resguardada debajo  de la marquesina, mirando su estampa. Está arrebatador con ese vaquero que resalta todos sus poderes sobre mí. El libro y él han terminado por empaparme del todo y ahora me asalta la duda de con cual de los dos comenzaré a saciar mi apetito cuando llegue a casa.

Libros y hombres. Hombres y libros. No hay tanta diferencia entre ellos y los dos son capaces de transportarme a los mejores éxtasis.