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jueves, 19 de marzo de 2020

BUSCÁIS MAL; LO EXTRAORDINARIO RESIDE EN LO COTIDIANO.



Llevo un rato largo dando vueltas en la cama sin poder dormir. Son las 3:42 de la mañana y decido aprovechar mi estado de vigilia para hacer lo que mejor se me da, escribir. Ordeno a mis dedos que surquen veloces las letras del teclado de mi ordenador, y a mi mente que no tropiece hoy con la falta de inspiración, pues son muchas las reflexiones que quiero plasmar.




Esta crisis sanitaria global y sin precedentes del coronavirus en la que nos hallamos inmersos, debería hacernos recapacitar de forma inmediata sobre los valores en los que nos apoyamos para transitar por la vida. Me decía un amigo días atrás que este tipo de situaciones hacen aflorar lo peor  y lo mejor del ser humano; le dije que no estaba de acuerdo. La esencia del ser humano siempre es la misma, al margen de los acontecimientos. Los malos, los egoístas, los arrogantes, los amorales, la chusma, la tarasca inhumana…esos van a seguir sin modificar ni una coma de su comportamiento. Tratarán de sobrevivir a costa de lo que sea, manteniéndose a salvo (o eso creen ellos) dentro de su anticuado y quebradizo caparazón, más rancio que el abolengo. La brújula de su moral sólo les indica un camino; el de su ombligo. Una caterva de ingratos e indolentes  que suele tener muchas máximas, siendo tan mínimos. Hedonistas con brillo de garrafón. Los vemos a diario en las redes sociales, ahora que estamos, incluso, más pendientes de ellas; los que salen a correr, montan fiestas, a pasear en bicicleta, a arrasar en el supermercado hasta con lo que no necesitan, los que pasean una mascota de peluche o se bañan en una piscina pública, sin respetar la consigna de quedarse en casa. Si su vida les importa una mierda, imaginaos las ajenas. Siempre hay un tonto de guardia.

Otro ejemplo es nuestra nauseabunda clase política, que en vez de permanecer unidos, para sacar a flote a la gran nación que es España, sólo piensa en su arribismo de burdel, su mórbido ego y en cómo salvaguardar  sus sueldos y sus poltronas con el único fin de convertirlos en vitalicios.  Sus discursos nacen con vocación de tesis doctoral con sobresaliente Cum Laude, pero se quedan en apenas unos garabatos escritos en papel higiénico de marca blanca. Y nunca mejor dicho. Individuos incapaces de empatizar con causas ni personas. Para ellos, la mentira es su filosofía de vida, la humildad el traje de los pobres y el corazón de los demás su particular retrete.

Y de la testa coronada ya ni hablo. Dándonos consejos desde su plácida y ventajosa burbuja, desde esa atalaya con la que se cree por encima del bien y el mal, con un discurso ñoño, perezoso, fuera de tiempo y preñado de demagogia de saldo que no me transmite ninguna tranquilidad y toda la intranquilidad. ¿Con qué autoridad moral se dirige a los españoles cuando guarda tanta inmundicia en la trastienda?  Estuve a punto de sacar el árbol de navidad y cantar un villancico. Que donen a la ciencia algo de su patrimonio. Sus cuerpos no, gracias. A ver si mejoramos las generaciones venideras.
Todos estos indeseables no calibran que esta vez viajamos bien juntitos en la misma patera, vestidos de gris ceniciento y con la diana pintada en la frente. Políticos, deportistas, actores, la chica del súper, tu vecino del quinto, emperadores o mendigos. Todos, por fin, con las mismas posibilidades; las de enfermar. Ahora somos un poco África, con sus epidemias, su hambruna, sus calamidades…esas que contemplábamos con aire de superioridad desde nuestro confortable sofá pensando en lo lejos que nos pillaba todo. Ahora, el azote es mundial. Han sacado a ventilar la alfombra y los piojos nos han alcanzado, a pesar de que  no saben volar.
Y aquí sí hago distinciones. El inteligente sabrá percibir la trascendencia tan grande de este momento y practicar una cura de humildad.  Los limpios de alma, sabrán reconducir comportamientos, agradecer esas pequeñeces de la vida a las que no solemos dar importancia, hasta que las perdemos; dar un paseo, sentarte en una terraza al sol, viajar, ir al cine o a un concierto, salir el domingo al Rastro madrileño, estar con tus amigos o con tu amor, hasta discutir (con la consiguiente reconciliación) se me antoja una belleza. Desde siempre he mantenido mi particular discurso de que sólo hay dos cosas importantes en la vida: la salud y los afectos. Ahora más que nunca me reafirmo en ello.
La vida nos ha penalizado con tarjeta roja, en clave de aviso, en múltiples ocasiones y nosotros haciendo la vista gorda. Nos hemos burlado de ella. En justo castigo a nuestro desdén, nos envía esta plaga con posdata adjunta: “Ahí os apañéis, humanos. A ver cómo salís de esta”. Nos ha mostrado, en una única clase magistral, lo vulnerables que somos. El desafío está servido.
Nadie imagino jamás vivir una debacle de este calibre. Todo lo que nos parecía hercúleo  se ha tambaleado. Hoy, sin espectáculos, ni cines, ni fútbol, ni bares, sin centros comerciales en los que gastar dinero en cosas absolutamente prescindibles, sin salida de emergencia, nos toca vivir mar adentro y fabricar nuestra propia fuente de felicidad. Nos han extirpado la prisa y ahora no sabemos vivir. ¡Qué torpes somos!
Es mucho lo que se puede hacer. A menudo, lo que nos salva de las catástrofes personales son los pequeños gestos y no las grandes gestas. Llama a tus amigos y familiares; preocúpate por ellos y ocúpate de ellos. Hazle la compra a tu anciano vecino o saca a pasear a su perro si él no puede. Regala tus libros, tu música, tu risa o tus letras. Reparte alegría y aísla el egoísmo. Todo suma. Todo es importante. Toda colaboración es bienvenida siempre que nazca del corazón, siempre que sea auténtica y sentida, porque entonces, será eficaz  y perdurable en el tiempo.
Y cuando volvamos a nuestra vida normal, recuerda dar las gracias cada día por todo lo bueno que tenemos que parece invisible, pero no lo es. Será una victoria pírrica, pero aniquilaremos al enemigo, no me cabe duda.
Y recordad: lo extraordinario habita en lo cotidiano. No perdáis el tiempo buscando dónde no es.

Autora el texto: Susana Cañil
Todos los derechos reservados







miércoles, 4 de septiembre de 2019

LA DESPEDIDA





Me la encontré en el metro hace unos años. Fue ella la que al reconocerme elevó mi nombre por encima de la contaminación acústica que suele imperar durante la hora punta del metro madrileño, mientras yo recorría con premura uno de esos interminables pasillos subterráneos plagados de almas anónimas con mucha prisa y escasa paciencia. Volvía a casa tras una larga jornada de trabajo. Al escuchar mi nombre la miré, y pensé que se había equivocado, pero ante su insistencia, me paré. La escruté de arriba abajo, rebuscando en los compartimentos de mi memoria para tratar de ubicarla, pero no daba con la pista. Estaba a punto de irme, cuando aterricé en sus ojos. Enormes, de un verde sin inventar y larguísimas pestañas; algo en ella me resultaba familiar… Soy Ana, ¿te acuerdas?, me dijo sonriendo con cara de felicidad.



¡Claro! En ese momento caí en la cuenta. Ella sí me identificó. Yo a ella no la hubiese reconocido jamás. Debió notar mi cara de perplejidad, porque enseguida justificó su terrible cambio físico.

Ana fue de esas amigas con las que forjas una sólida amistad de adolescencia. Nos conocimos a través de un primo suyo, compañero mío de colegio. Yo tenía 16 y ella me sacaba unos 5 años. Pero eso nunca supuso una brecha en nuestra relación, más bien todo lo contrario. Al ser mayor que yo, su grupo de amigos también se movía en la misma frecuencia, lo que para mí resultaba divertido y enriquecedor. Fueron años felices de compartir tardes de patinaje sobre hielo, excursiones, conciertos, días estivales en la piscina, confidencias, enfados y decepciones. Éramos casi inseparables. Nos repetíamos como un mantra  que seríamos amigas para siempre. De ahí pasamos a nuestros primeros novietes, situación que trajo enhebrados los  primeros indicios de cisma perfumados de desencanto. Ana era una chica lista, con ansias de superación, leal, honesta y con un físico de modelo que quitaba el hipo. A su lado, yo era un patito feo. 

Pero adolecía de autoestima, carencia por la que tuvo que pagar un peaje carísimo. Provenía de una familia honrada, pero bastante humilde, que vivía en un barrio periférico y conflictivo de Madrid. En contra de su voluntad, tuvo que abandonar los estudios muy temprano y ponerse a trabajar como asistenta en casa de un conocido político de la época. Primaba alimentar al estómago antes que al intelecto, por pura supervivencia familiar.  Le tocó la lotería, porque el señor era honrado, íntegro y un caballero. Inteligente como era, percibió rápidamente las posibilidades de mi amiga y se ofreció a sufragarle los estudios, con la condición de que siguiera atendiendo su casa. Yo, por supuesto, no solo me alegré, sino que la alenté a seguir por ese camino.

Nuestra amistad seguía en pie, aunque maltrecha. Ya se palpaba un distanciamiento que nada tenía que ver con el cariño y la lealtad que nos profesábamos, pero sí, y mucho, con el contraste de inquietudes, planes de futuro y conductas éticas que nos posicionaban en las antípodas, sin remisión.
Un día conoció a un chico por el que, de la noche a la mañana, se volvió loca. El tipo era guapo a rabiar, pero a mí me produjo un rechazo inmediato. Siempre he tenido un radar al que yo apodo el 3G, genuino, geométrico y garante, que hace saltar todas mis alarmas ante cierto tipo de individuos, sin margen posible de error. Este era uno de esos casos. Tras su espectacular carcasa, yo vislumbré en unos días lo que ella tardó media vida en ver y la otra media en reconocer. Era un chulo de libro: controlador, celoso, ruin, holgazán y con adicciones; lo que viene a ser una joyita. Advertí a mi amiga de lo que se le venía encima y toleró mis injerencias durante un breve espacio de tiempo, solo por respeto a nuestra ya casi extinta amistad. Cuando él logró sus propósitos, que dejara sus estudios y apartarla de la “mala influencia” que era yo, entró por la puerta grande a un infierno de dimensiones espeluznantes. Ya de novios comenzaron las palizas, después la introdujo en el alcohol y las drogas y finalmente, la dejó embarazada. Y todo en tiempo record. Su entorno al completo, familia y amigos, cerramos filas en torno a ella y pusimos el mayor énfasis en ayudarla a salir de allí. Hasta su jefe quiso intervenir, pero todos nuestros empeños resultaron infructuosos.

Cuando se casó con él, yo me alejé para siempre de ella con plena conciencia y mucho dolor. Tiempo después desfiló el resto de sus amigos, consumidos por sus negativas a dejarse ayudar, hasta que se quedó completamente sola.  Hice lo que buenamente pude, pero cada uno es gerente de su propio albedrío y yo no estaba dispuesta a dejarme arrastrar a su peligroso abismo.
Por amigos comunes me enteré después de que fue madre de dos hijas, que él nunca trabajó y siempre vivió a su costa, y que los golpes continuaron. Nunca más supe de ella ni quise.

Me contó todo el drama de lo que había sido su existencia un día de invierno, en una estación cualquiera de metro, en medio de un ir y venir de una muchedumbre ajena, lo que revestía a la escena de algo lúgubre y anacrónico. Seguía siendo muy joven, pero ya no quedaba vestigio alguno de la beldad que fue, a excepción de su mirada esmeralda. Había dejado el alcohol y las drogas y se había divorciado de ese ser indeseable. Parece que, por fin, reunió el valor necesario para dar el paso, pero los daños eran incalculables. Llegaba tarde a casi todo. Ver su deterioro exterior, era solo la punta de iceberg. Me pidió el teléfono y vernos para tomar un café, con ánimo de retomar la amistad. Le dije que no sin pestañear. Hacía tres vidas que Ana había dejado de formar parte de mis amistades. Mi núcleo duro ya estaba formado y no había sitio para ella. Cada una eligió una senda. No digo que la mía haya estado exenta de errores pero, desde luego, nunca hubo, ni habrá, saltos al vacío que pongan en juego mi vida, mis principios ni mi dignidad. Me despedí de aquella desconocida que durante unos minutos, sin aviso ni permiso, había invadido mi  tranquilidad. Hay personas con las que te reencuentras tras mucho tiempo y tiñen de sombras tu recuerdo. Y el suyo.

Hoy, casi diez años después de aquel encuentro fortuito, me entero de que ha fallecido. Puede que haya sido de desabrigo, de tristura, de soledad, de los efectos de las sustancias que durante años formaron parte de su rutina, de las palizas que permitió o de nada de eso. O de todo a la vez. Tal vez estaba exhausta de tanto sobrevivir. Todo lo que hacemos, y lo que dejamos de hacer, imprime su huella y pasa factura. Entre el destino y el desatino solo hay una letra que marca la diferencia. ¡Pero menuda diferencia!

Autora del texto: @susanacanil

Todos los derechos reservados


domingo, 31 de diciembre de 2017

COSAS QUE APRENDÍ EN 2017



Es irremediable. Cada  diciembre, involuntaria e inevitablemente, vuelvo a hacer balance del año.  De todos esos momentos, convertidos ya en pura historia; una plétora de  vivencias que van a parar a mi mochila, tan rebosante a estas alturas, que tendré que trasladarlas a un trasatlántico o mejor, comprar un nuevo continente para que quepan todas holgadamente.



Este 2017, al que ya le han dado la extremaunción, deja tras de sí su particular testamento y un raudal de sensaciones. Algunas de difícil clasificación. Alegrías, kilos de risas compartidas, decepciones y traiciones, sorpresas, oportunidades, lágrimas, muchos desvaríos, envidias, grandes descubrimientos, amor…También certezas. La de saber que puedo con todo y que jamás renunciaré a ser como soy por intentar agradar a nadie. También esa otra, tan liberadora, de comprobar que todo pasa y que lo que ayer era una montaña de aspecto perverso y tránsito insalvable, hoy es un insignificante pellizco de arena  resbalando entre mis dedos.

No soy de las mujeres que dejan pasar los trenes. Yo me subo a casi todos, sin billete ni destino, aunque de algunos me vea obligada a arrojarme en marcha. Cualquier experiencia, por infernal que sea, contiene su cuota de positivismo y enseñanza. Y en estos 365 días he aprendido muchas cosas:

A no juzgar sin conocer.
Que las personas se delatan cuando no eres tú el que das el primer paso.
Que nadie se muere de amor.
Que la amistad es una carretera de doble sentido.
Que no hay verdades, hay versiones.
Que las acciones, y no el tiempo, sitúan a cada uno en su legítimo lugar, ya sea éste un palacio, un circo o el contenedor de los residuos tóxicos.
A huir de inmediato de todo lo que suponga alejarse de uno mismo.
Que los grandes momentos se esconden tras los pliegues de la cotidianidad.
Que quien no sabe reconocer errores ni pedir  perdón, no puede enseñarte nada.
Que todo lo importante llega cuando ya casi lo diste por perdido.
Que tengo mucha munición, pero no cualquiera merece que la gaste.
Que París valió esa misa.

La pasión, la impetuosidad y las ganas, son mis  fieles compañeras de viaje, desde que me levanto hasta que el sol se oculta. Eso me lleva a pisar muchos charcos, a atravesar jardines con cactus, a bucear entre tiburones y a tener que tratar con serpientes pitones. Por no hablar de los demonios y animales salvajes que habitan dentro de mí. Con tanto peligro, fuera y dentro, salir indemne es misión imposible. Es el precio a pagar por ser inconformista, curiosa y rebelde. Merece la pena. No cambio nada si la otra opción es vivir bajo el paraguas de la molicie, de las normas establecidas, las escritas y las que no, sobrevivir en  color gris… ¡No! Prefiero morir en rojo escarlata.

Hasta llegar a la persona que soy en la actualidad he tenido que degollar Trolls, disparar a Minotauros y comerme unos cientos de Pitufos, y lo que me queda.

El nuevo año que se nos echa encima será a ratos hostil, difícil e insoportable. Y por momentos, placentero, luminoso y transitable. Vamos, lo de siempre. Porque eso es la vida. Una de cal y una de arena. Porque si todo en ella fueran experiencias positivas, ¿qué espacio quedaría para el aprendizaje?
Tendrá de todo, ya que más de 8000 horas dan para un cóctel en el que participan todos los estados anímicos. Como debe ser.
Y así lo afronto. Con cautela y en estado de alerta. Sin grandes expectativas para no caer en el pozo del desencanto y las frustraciones. Pero también con mi paraguas para las tormentas, mi capa protectora para las decepciones, mi vestido de pasión para todos los días del año y la ilusión como ingrediente básico de mi alimentación.

El año se salda con momentos memorables. Los mejores no se pueden contar, ni siquiera imaginar. Tengo alguna cana más, fruto de los disgustos, de las preocupaciones y de las noches en vela. También unas cuantas arrugas que antes no estaban, producto de risas descontroladas, de enfados, de proyectos que nunca cristalizaron, de sorpresas inesperadas, de desencantos, de locuras…de pura vida.
Gracias a todos los que habéis estado a mi lado este año cuando realmente lo he necesitado.

A los que quieran seguir conmigo el camino el próximo año, que me acompañen. Yo sólo les prometo entregarme de la única forma que sé hacerlo: con pasión.
Y a los que no, buen viaje.


¡Feliz año, mis canallas!

martes, 3 de octubre de 2017

SÓLO SE VIVE UNA VEZ



Cuando era pequeña existía la costumbre, que muchos recordaréis, de tener unos pocos vestidos destinados solamente a los domingos o a ocasiones señaladas. Los niños crecíamos a un ritmo vertiginoso y apenas nos daba para dos puestas. Quedaban sin amortizar, pues, por ese tipo de conductas absurdas que acompañan a una época y que visto ahora desde la distancia me resulta hasta cómico recordar.  Y en el caso de los adultos, me vienen a la memoria trajes maravillosos de mi madre, confeccionados a medida por su modista personal, que acumulaban polvo y estaciones en los armarios, a la espera de  que llegara el  ansiado domingo o esos días "especiales" para lucirlos en su majestuosa belleza, que en el caso de mi madre era inconmensurable.

Este carácter mío, rebelde e inconformista, un cincuenta por cien como resultado del intercambio del material genético de mis padres y el otro cincuenta como decisión personal, provocaban irremediablemente que me sublevara ante tamaña estupidez con apenas cuatro años. Si me gustaba un vestido… ¿por qué no podía ponérmelo cuando me diera la gana? 

Aquí me tenéis de pequeña, posando feliz para el fotógrafo que vino a casa a inmortalizarme ese día. Dicen mis hermanos que luego la lié cuando tuve que desprenderme de uno de mis vestidos favoritos. Y les creo.




Hace cuatro años, tras una desgracia personal, entendí, o mejor dicho, por fin interioricé, la esencia de cuán efímera es nuestra existencia, pero sobre todo, como puede dar la vuelta tan solo en el tiempo en el que centellea un relámpago. No somos conscientes de que estamos de paso por esta calle llamada Vida, y durante un tiempo tremendamente limitado en el mejor de los casos, siempre que Don Destino no decida abordarte en mitad del paseo para invitarte sin miramientos a cruzar al otro lado de la vía.

Fue entonces cuando algo en mi cerebro mutó. Los cables se desconectaron o, tal vez, se conectaron por fin, ¡quién sabe!

El caso es que mis coordenadas vitales se vieron alteradas bruscamente. Había perdido irremediablemente a un ser cercano y querido. Mi hermano ya no volvería nunca más a hacerme morir de la risa con sus chistes malos que él convertía en geniales, ni a recomendarme libros para leer. Ya no discutiríamos sobre política o cine, ni iríamos de excursión por los pueblos de la sierra madrileña. Se iba a perder  el crecimiento de mis hijos, jugar al Trivial en navidad y ver mis libros publicados. Precisamente él, lector voraz y la persona clave en mi vida que sembró en mí la semilla de la curiosidad la primera vez que me puso un libro en las manos.

Siempre he querido que mis días fueran especiales, pero desde entonces lo son todos y cada uno de ellos, según me levanto por la mañana.

No digo que no a ningún plan que me apetezca por muy cansada que esté. He triplicado el número de veces que digo “te quiero” a las personas que me importan. No basta con que ellos lo sepan, hay que verbalizarlo, porque tal vez mañana sea muy tarde y lo que no se dice en alto, no existe. No guardo ropa, perfumes o joyas sólo para lucirlos en días destacados. Los utilizo cada vez que quiero. Mi mente y mi cuerpo están alerta, receptivos y dispuestos para que me sucedan cosas, buenas y malas. He perdido el miedo a los errores y no malgasto mi tiempo con la gente equivocada. Me bebo la vida a granel y por descontado, ya no hago planes más allá de veinticuatro horas.

Si esperamos el momento ideal, las circunstancias propicias y el alineamiento perfecto de todos los planetas para afrontar, emprender, cambiar, romper, modificar o mandar al mismísimo carajo a algo o a alguien, nunca lo encontraremos. Siempre nos devorará esa vorágine en la que vivimos inmersos, preñada de amistades por compromiso, de intercambio de hipocresías, de consejos que no has solicitado, de metas que te son ajenas, de gente anónima que, misteriosamente, pulula por tu vida a diario invadiendo tu intimidad sin ningún escrúpulo.

¿Cuántas veces nos hemos preguntado este año a nosotros mismos "pero qué coño hago aquí"?

Hoy es un día extraordinario por la única razón de que estoy viva.

Si hoy brilla el sol, lo quiero entero para mí. Y mañana, ya lidiaré con la tormenta. Pero eso, será mañana.

Autora del texto. Susana Cañil
Derechos Reservados



viernes, 4 de agosto de 2017

RESEÑA DE "LO QUE ELLA DIGA" de Rafael Caunedo



El protagonista de esta historia se llama Santiago, pero bien podría llevar el nombre de cualquiera de nosotros. Nadie está exento de que nos pueda suceder lo que nos cuenta el autor en su novela “Lo que ella diga”.




Un título muy acorde con lo que nos vamos a encontrar nada más zambullirnos en el libro porque ella, la ELA, es la que gobierna, condiciona, hostiga y, al final, doblega no solo a su protagonista sino al resto de los personajes principales que en él aparecen; es obvio que aquí no hay secundarios.

La Esclerosis Lateral Amiotrófica es una enfermedad degenerativa que afecta a las células nerviosas situadas en la parte lateral de la médula espinal y que son las responsables del control de movimientos. Cuando estas células, llamadas motoneuronas, disminuyen su funcionamiento, provocan una parálisis muscular progresiva de pronóstico mortal. La esperanza de vida tras el diagnóstico suele ser de unos cinco años en los casos en los que la enfermedad se presenta en su versión más virulenta.

La lectura comienza poniendo al lector en antecedentes sobre cómo es la vida del protagonista hasta el momento en el que la enfermedad hace acto de presencia; sus amigos, su familia, sus estudios, su posición económica, su matrimonio y su trabajo. Y sobre todo, su pasión por el deporte. Un hombre absolutamente privilegiado en todas las vertientes de su vida. Tal vez por ello, o a pesar de ello, el impacto sobre el lector cuando recibe la noticia resulta todavía más demoledor.

Caunedo va incorporando a los personajes de manera natural, sin exigencias. Y los describe con detalle, realistas, próximos y bien perfilados, tanto su continente como su contenido. De esta manera, moldeas una idea  tan real en tu cabeza, que cada vez que irrumpe uno en escena, eres capaz de imaginarlo igual que un holograma sentado en tu salón. Es como si jugara con el lector y se adelantara a él con una sola idea: provocar una sensación de cercanía y familiaridad de tal calado que al final, mientras dura la lectura, tanto la familia como los amigos de Santiago se convierten en los tuyos por derecho propio y por sutil, pero eficaz, imposición del autor. Personalmente me gustan los autores que describen así a sus personajes, que no pasan de puntillas por ellos y que se centran exclusivamente en la trama. Una historia va zurcida indefectiblemente a unos personajes. Lo uno no existiría sin lo otro. Pero, por supuesto, aquí entran en juego mis gustos personales, tanto en mi faceta de lectora como de escritora.

Y de esta manera nos va deslizando por la historia con elegancia, sin altibajos ni sobresaltos. Nos habla de la enfermedad y de sus consecuencias a corto y medio plazo sin omitir lo importante, pero sin profusión de explicaciones irrelevantes o morbosas que lo único  que hubieran conseguido sería aniquilar de un plumazo la cualidad de exquisito a un libro que lo es.  

El autor pretende emocionar, acercar y concienciar. Y en su plano más pedagógico, mostrarnos un poco, la punta del iceberg, de una perversa y devastadora dolencia que jamás tiene un final feliz. Y lo consigue. Al menos en mi caso, así ha sido. Sabía de la ELA lo que la inmensa mayoría de la gente cuando no hay un caso que te toque la fibra de cerca. Así somos los humanos. Lo poco que lees, los casos que son noticia en la televisión y alguna información periférica de amigos o familiares que conocen a alguien que atraviesa por ese drama. Este libro me ha hecho consultar páginas dedicadas a esta enfermedad, querer saber más sobre ella y ante todo, volver a tomar conciencia de algo que todos deberíamos tener muy presente cada día que amanece: la salud es por encima de todo, lo más importante que tenemos en nuestra cuenta corriente de la vida. Sin ella, todo lo demás ni existe ni tiene valor alguno. Escenas cotidianas como pasear, sonarse la nariz, leer, llamar al ascensor o comer, se convierten en abismos insalvables para Santi. ¿No os parece suficiente motivo para pararse a pensar unos minutos en lo verdaderamente importante?

Y al hilo de esta reflexión, el autor nos relata como la ELA  pone el mundo de Santi, y el de todos los que le rodean, del derecho y del revés. Boca arriba y boca abajo. Y la pluma de Caunedo se desliza por las páginas describiendo con la precisión de un cirujano las etapas de esa maldita enfermedad: la incertidumbre, la angustia, el miedo, el sufrimiento, la impaciencia, las transformaciones en el carácter, el deterioro físico y emocional y los inevitables daños colaterales. Una amalgama de emociones que sacuden tu interior como un tsunami. Eso sí, el autor ha tenido la inteligencia y la sensibilidad de no sucumbir a la ñoñería, añadiendo dosis extra de dramatismo ni sentimentalismo de saldo. De hecho, yo no he derramado ni una sola lágrima. Y no, no es que  yo sea fría, indolente o inhumana. Es que ha conseguido algo más poderoso y turbador. Desde las primeras páginas el texto, en clara confabulación con el autor, te está pidiendo que atesores todo el aire que puedas, porque es el único del que vas a disponer durante el tiempo que dure la lectura, que en mi caso fue apenas un día y medio. Leer sabiendo que te falta el oxígeno y que no vas a contar ni con respiración artificial de urgencia.

A medida que avanzas en su lectura has pasado por todo el abanico de estados anímicos posibles, has sido Santi durante un día y medio, pero también has sido Celia, Laura, Gonzalo, Joaquín, Aitana…Te has puesto en la piel de todos y cada uno de los personajes y te has preguntado una y mil veces qué harías tú en su lugar sin llegar, claro está, a ninguna conclusión solvente.

Cuando llegas al final, que no por conocerlo desde inicio deja de ser un balazo en el alma cargado de tristura, recuperas de golpe el aire y el ánimo. Y suspiras. Y en ese suspiro va una mixtura de sentimientos contradictorios; no deseas que se muera, pero sabes que morir es el único final.  Un final tan necesario como redentor.

Toda la tragedia que puede encerrar este libro queda absolutamente compensada con la calidad humana que reflejan los personajes. Su generosidad, sus principios inamovibles, su empatía, el amor,  la renuncia a su propia felicidad, la integridad y la entrega incondicional para que el último trayecto de Santi sea digno y pacífico. Harta de leer y ver comportamientos atroces en la gente, esta historia es, paradójicamente, un soplo de aire fresco que me hace recuperar un poquito la fe en el ser humano y que vuelve a ubicar mis prioridades en su legítimo lugar. Suficientes motivos para recomendar con énfasis su lectura.

Es el primer libro de Rafael Caunedo que leo, pero le seguiré la pista muy de cerca.


jueves, 29 de junio de 2017

FALSAS APARIENCIAS



Me reúno con un grupo de mujeres para comer. No pertenecen ni mucho menos a mi círculo de amigas íntimas, pero tampoco están incluidas en la categoría de conocidas. Vamos, en tierra de nadie. No nos une nada, más allá de haber coincidido en un momento dado todas juntas en una determinada actividad y el hecho de no querer perder cierto contacto.


De esas con la que te juntas muy de vez en cuando, conversas de temas normalmente intrascendentes, y en ocasiones, vas un poco más allá e incluyes cuestiones personales, pero de charla ligera y sin matizar en exceso. Pasando de puntillas por todo lo que suponga un atisbo de topless emocional. 

Todas son listas, preparadas, capaces, y algunas, muy divertidas. Y físicamente, hay de todo; desde la fea de manual a la rubia de mechas californianas.




Oteadas desde fuera, siempre me habían parecido mucho más centradas que yo. Sus trabajos de nivel, sus casas maravillosas, sus maridos perfectos, sus inteligentes y adorables hijos que aprueban todo con nota y nunca se meten en líos… De esas que nunca se quejan por nada y a las que el tiempo les concede la bula de una prórroga constante con el fin de poder abarcar para ir tres veces a la semana al gimnasio, a talleres para hacer magdalenas, llevar a sus niños a clases de hípica y tiro al pichón, a cantar en el coro de la iglesia y realizar labores sociales. Y todo ello sin perder un ápice de glamour, porque ellas no sudan, no tienen canas ni arrugas, llegan con holgura a final de mes y visten ropa y joyas de marca.

Vamos, que cada vez que almuerzo con ellas pienso en lo mal repartido que está el mundo y en lo imperfecta que soy yo.

Empezamos con un aperitivo y cañas del tamaño de un trasatlántico. Yo no bebo alcohol, así que me pido mi inevitable Coca Cola. Pasamos a la comida que deciden regar con un buen vino, mientras yo me decanto por agua (sí, para algunas cosas puedo resultar sosita). Tras dos botellas, los estragos comienzan a notarse y las lenguas se sueltan, soberanas y dichosas, como niños en un parque. 

Y ahí viene mi sorpresa. Es una de ellas la que primero rompe el fuego y nos cuenta la situación personal que está atravesando, digna de una telenovela, pero en absoluto envidiable. Me quedo estupefacta escuchándola; su marido tiene una amante desde hace tiempo, pero ella lo acaba de descubrir. El marido, lejos de negarlo, le ha propuesto seguir como están. Dice que la quiere, que es guapa y buena madre y que no desea el divorcio, pero que tenga claro que habrá más amantes. Si se divorcia, amenaza con echarla de la empresa (él es el dueño) y hacerle la vida imposible con la custodia de los niños.  Ella, una solvente psicóloga con mucha experiencia a sus espaldas ayudando a salir del pozo a tantos pacientes y, sin embargo,  incapaz de gestionar la montaña rusa de emociones a la que está siendo sometida.

Poco a poco las demás se van animando, tanto que casi se quitan las palabras las unas a las otras. Allí se escucha de todo. Y cuando digo de todo, no os podéis ni imaginar. Yo no doy crédito, aunque tomo notas mentales. Es obvio que alguna de estas historias tenía que contarlas en este mi pequeño espacio, mi blog.

La siguiente está yendo a terapia desde hace meses. Nos cuenta que es muy infeliz. Personalmente soy incapaz de empatizar con ella y la escucho con distancia y desafecto. No trabaja por decisión propia, aunque posee estudios superiores,  tiene solo una hija que estudia en el extranjero, un marido que la adora y que gana dinero para que puedan vegetar con holgura las próximas tres generaciones. Vive en lo que ella llama casita y yo denomino palacete. Contemplo la posibilidad de que mi condición de escritora haya terminado por desvirtuar mi visión de las cosas pero, francamente, 500 metros cuadrados de vivienda, dos piscinas, cancha de tenis, un invernadero y un pequeño refugio maravillosamente acondicionado para que la hija pueda reunir a sus amigos cuando viene de visita a España, a mí no me parece que sea una “casita”. Además de eso, goza de buena salud, es mona y se dedica a cultivar el cuerpo y a viajar.

La tercera se quedó viuda hace diez años, con 38, y nos confiesa que desde entonces no ha catado varón. Eso sí que es una tragedia, expreso en voz alta dando rienda suelta a mi impulsividad. Me mira con mala cara y yo me disculpo atropelladamente intentando quitar hierro al asunto. Y nunca mejor dicho, hierro. Porque eso es lo que va a tener que atravesar el que se decida a entrar ahí…

Desparraman durante un buen rato, entre lágrimas, suspiros, sentencias y algún que otro grito. Menos mal que ya nos hemos quedado solas en la terraza del restaurante y solo el camarero, que nos escucha estratégicamente situado, es testigo de tanto desahogo. Entre la cerveza, el vino, el chupito y la liberación que ha supuesto narrar sus cuitas en primera persona, no hay manera de levantarse de allí.

Me preguntan si yo no tengo nada que confesar. ¡No, no! Mi vida es previsible y aburrida, les digo absolutamente convencida. Por suerte, dan por buena mi respuesta.

Deciden continuar su particular fiesta en otro local donde, dicen, van a tomar unas copas. No quiero pensar  en cómo acabarían.

Yo me marcho a buscar a mis hijos al colegio más contenta que nunca. Soy la única que no está borracha, que no visita al loquero, que no llega a fin de mes, que tiene hijos normales y que viste de Primark con más clase que todas ellas juntas. Tengo material para varias entradas en el blog y he podido comprobar que la imagen, aparentemente ideal que transmitían, solo era una barata capa de esmalte. Un barniz tan inconsistente y espurio que con un solo soplido, se desintegra.


Texto escrito por Susana Cañil
Derechos Reservados


lunes, 29 de mayo de 2017

TODO LO QUE UNA FOTO CUENTA DE TI.


Recibo una media diaria de 20 solicitudes de amistad en mi cuenta de Facebook. Reviso sus perfiles uno a uno antes de presionar el botón de aceptar. Es decir, no me mueve, ni de lejos, la ambición de acumular seguidores por postureo, provecho o vanidad. No me interesa una plétora de nombres exentos de apellidos, un caudal de forasteros que no aporten, ni un exceso de muchedumbre perdida en el anonimato lo mismo que un transeúnte en la vía principal de cualquier metrópoli.

Dicho esto, os confieso que observo con lupa la foto de perfil, el nombre, a qué se dedica, qué tipo de fotos y contenidos  comparte, qué amigos tenemos en común, etc…Cualquier indicio que me pueda ofrecer una pista, medianamente fiable, de que es un ser que se desliza dentro de unos parámetros que lindan con la normalidad. Aun así, siempre hay alguno que escapa a mi instinto. Pequeños errores que suelo solventar rápidamente, por fortuna.




Y es en ese momento, cuando pondero con despego  e imparcialidad (o al menos, lo intento) todas esas señales que te atraviesan el cerebro  en décimas de segundo cuando ves la foto del sujeto por primera vez. Esa imagen que cada uno elige para presentarse ante el mundo. Unos de forma muy acertada y otros, de manera absolutamente desafortunada. Por supuesto, todo desde mi particular y subjetivo prisma, pero también desde la lógica más aplastante.

Tendemos a pensar, erróneamente, que esa foto solo la verá tu círculo más cercano. No es así. Nunca sabrás las retinas que la escanearán  y el interés o rechazo que puedes generar  con esa portada. Si os pararais a reflexionar apenas unos instantes, seguro que muchos de vosotros la cambiaríais de inmediato.
Vaya por delante mi respeto a que cada uno elija libremente su retrato, pero yo también exijo ese mismo respeto cuando hago uso de mi libertad, de mi criterio y de mis gustos personales para decidir, en pocos segundos, si va a formar parte de mis camaradas virtuales o no. Aunque lo que realmente siempre decide, es mi intuición.

Cuando conoces a alguien en persona, tienes la oportunidad de evaluar cara a cara a ese individuo. Sus gestos, su voz, su manera de mirar, su comportamiento, sus modales…Indudablemente no son señales infalibles con las que puedas forjarte una impresión certera y definitiva, pero es bien cierto que hay personas que te desencadenan un rechazo instantáneo o todo lo contrario. Es decir, hay razones objetivas para tener al menos una opinión limítrofe con la realidad que incline la balanza en un sentido u otro.
En el caso de las redes sociales esa situación se torna inviable y lo único que puedes evaluar es esa dichosa foto de perfil que se convierte en tu inmediata carta de presentación.

Podría escribir un libro con muchas de las recibo a diario; fotos hechas en el cuarto de baño, ahí con las cortinillas de pulpos de fondo,  medio desnudos marcando musculitos, con un cuchillo jamonero en el pecho, portando armas, lavándose los dientes, sujetando el Corán, envueltos en látigos y cueros, haciendo el payaso o muecas extrañas, con aspecto de locos o  con pinta de recién escapados de la serie “Prison Break”, con dibujos animados o citas bíblicas. Puedo continuar, pero seguro que los que hayáis leído hasta aquí, ya habéis captado la idea.

En la sección fauna y flora tenemos a los que consideran que su perro, gato, mandril  o su planta favorita, ya sea un cactus o el manojo de perejil que utiliza para cocinar alcanza el estatus óptimo para figurar en esa foto. ¡No! De ninguna de las maneras. Esto es una red social destinada a que los humanos se comuniquen, intercambien ideas, conocimientos, risas, amistad y lo que se tercie, siempre sin sobrepasar el perímetro del respeto y la buena educación. Lamentablemente, esto no siempre sucede. La foto de tu sapo de Borneo con pedigrí, por mucho que sea el amor de tu vida, no tiene cabida ahí y deberían prohibir tajantemente cualquier perfil cuya imagen identificativa no sea la de un ser humano.
Por supuesto, en las prohibiciones también incluiría a todos los que no  aportan foto de ningún tipo, las que atentan contra el honor y el mínimo buen gusto, las que incitan al odio y/o a la violencia, toda imagen que incluya a un menor  y cualquiera que vaya destilando el más mínimo rastro de falta de veracidad. De este modo ya habríamos liquidado a un buen porcentaje, que buena falta hace.

No comprendo muy bien a todos los que incluyen foto en la que se les ve de espaldas, a lo lejos o solo permiten ver medio rostro. La sensación que me transmiten es de falta de transparencia. ¿Qué quieren ocultar? A no ser que sea alguien a quien conozca, no suelo aceptar estos perfiles.

Navegamos ahora por la siempre incomprensible para mí, y supongo que para muchos más, “sección parejitas”. Nunca he concebido un perfil social así, exceptuando cuando se tiene un negocio o empresa en común. Me parece absurdo, ridículo y exento de madurez y seriedad. Puedo pasarlo por alto cuando eres poco más que un adolescente, pero más allá de ese límite, soy implacable. ¡Es una mamarrachada! Tu pareja no es una prolongación de ti. Es obligado poseer una vida al margen, por muy bien que te lleves con ella, con tus gustos, tus aficiones, tus ideas y con tus propias amistades que no tienen por qué ser las mismas. En definitiva, defender tu identidad por encima de cualquier cosa.
Exponer continuamente lo feliz que eres no hace más que devaluar tu relación igual que si participaras en un mercadillo de baratijas. Publicar de forma continuada fotos de besos, cenas, promesas de amor eterno y cualquier pormenor sobre tu relación, aburre y cansa al personal. Por favor, dejemos de lado el postureo y que el sentido común y la elegancia sean los anfitriones que manejen la fiesta.

Las parejas que más alardean de su relación suelen ser las más inseguras y con la autoestima más baja. Y esto no lo digo yo, sino estudios realizados recientemente a propósito de ciertos hábitos que se repiten en las redes sociales de forma sistemática. Además,  deberíamos ser conscientes de que todo lo publicado en la comunidad virtual ahí queda, In Saecula Saeculorum. Reflexionemos sobre ello, teniendo muy en cuenta que la mayoría de las veces esos amores de película suelen durar menos que lo se tarda en visionarla.

Por último, hablar de qué imagen escogemos cuando lo que queremos es dar a conocer una empresa, actividad o negocio que tengamos. Y ahí sí que es más que conveniente, yo diría obligado, invertir en seriedad. Debe quedar muy claro que detrás de ese negocio hay una persona física y de ese modo asociar el logotipo de tu empresa a un rostro. ¿Pero qué imagen escoger? Hace poco buscaba yo un determinado tipo de empresa para que me hicieran un trabajo. No voy a decir de qué sector para que nadie pueda sentirse herido. Cuando por fin después de ver varias opciones me decanté  por una y vi la foto de perfil que la dueña tiene en Facebook, salí huyendo como alma que lleva el diablo. Con esa imagen lo único que hice fue cuestionar de inmediato su profesionalidad. ¿Precipitado? Tal vez. Un rimbombante nombre para su negocio que no combinaba con la imagen chabacana y jifera que mostraba. Mi primera sensación fue pensar que tenía trazas indiscutibles de loca. Más tarde inspeccioné el resto de sus perfiles en las redes y mis sospechas se confirmaron. ¿Resultado? Pérdida de clientes.

De las descripciones que aportan o el nombre ficticio que escogen para asomarse a esa ventana infinita que es el universo virtual, hablaré en otra entrada, porque el tema da para varios volúmenes.

Texto escrito por Susana Cañil. Derechos Reservados.


viernes, 30 de diciembre de 2016

TIEMPO DE DESCUENTO


TIEMPO DE DESCUENTO



Escribo esta reflexión el día que me entero del fallecimiento del cantante George Michael a los 53 años. Y claro, me da por pensar. Mal asunto el de pensar.

Imaginaos por un momento que os anuncian que os quedan tres, seis o doce meses de vida. Ya, ya. Sé lo que estáis pensando, pero no. Con esta entrada no pretendo desatar ríos de lágrimas ni encharcaros de penas. Nada de dramatismo gratuito ni es mi intención hacer aflorar vuestro lado más sensiblero y menos en mi última entrada del año. Muy al contrario. Lo que deseo es que hoy  escalemos juntos la montaña por el lado más escarpado; el de la realidad y del más puro pragmatismo. Y si me apuráis, además de arneses, mosquetones y piolet, podemos añadir a nuestra mochila de supervivencia un poco de egoísmo camuflado en una tableta de chocolate.

Solo digo que os pongáis en esa tesitura, que por otra parte tampoco es algo imposible aunque, por supuesto, no deseable.

Tras el impacto inicial, estoy segura de que todos nosotros, aparte de focalizar toda nuestra energía en tratar de hacer cambiar de parecer al destino y con suerte esquivar un final previsible, dejaríamos de lado muchas cosas, personas, sentimientos y actividades que no sabemos que nos sobran, pero que así es.  ¿O sí lo sabemos y no obramos en consecuencia? Tiendo a pensar en ésta última opción, por desgracia, como la más probable.

Vivimos rodeados de excedentes, despojos y secundarios. De vacíos envueltos en un hermoso papel brillante. De accesorios innecesarios que vamos acumulando sin ton ni son pero que cada día nos despluman, sin darnos cuenta, de un poquito del oxígeno que necesitamos para respirar. Nos consume la cantidad ingente de tiempo, energía y esfuerzo dedicados a personas que no lo merecen, a ocupaciones que no nos satisfacen, a titánicos esfuerzos labrados sobre tierras que sabemos de antemano infértiles,  a  estúpidas batallas en las que solo ganaremos la medalla al más tonto del barrio. Y los vamos introduciendo en ese cajón, como hacemos con los calcetines, que aun cuando ya está rebosante, nosotros seguimos empujando para hacer sitio como si el cajón fuera infinito o el bolsito mágico de  Tinky Winky.

Propongo confeccionar una lista con cosas, actividades y personas de las que podríamos prescindir tranquilamente y no echaríamos de menos ni medio segundo. Ganaríamos un tiempo precioso para dedicarlo a lo que nos hace feliz de verdad.

Eso sí, hay que ser valiente y hacer esa lista con el corazón, desde las entrañas. No vale engañarse a uno mismo.
Pero yo me pregunto, ¿por qué tenemos que esperar a vivir situaciones límite para darnos cuenta de algo tan sencillo?

Si tan solo nos quedara ese tiempo de vida, pensad:

¿Qué cosas dejaríamos de hacer de forma inmediata?

¿A cuántas personas no volveríamos a  ver sin ningún tipo de arrepentimiento? Y en este apartado incluyo miembros de nuestra familia.

¿Cuántas veces al día diríamos “te quiero” a quien se lo merece?

¿Haríamos recuento de amigos? Y en tal caso, ¿cuántos de verdad quedarían etiquetados en esa noble, escasa y privilegiada categoría? A mí me da miedo hasta pensarlo.

¿A qué nos atreveríamos sabiendo que ya no hay nada más inestimable que perder que la propia vida?

¿Aparcaríamos ese orgullo que a veces nos corroe y nos guía erróneamente para hacer lo que realmente nos grita el corazón?

Estoy segura de que prescindiríamos de estúpidos enfrentamientos que nunca conducen a nada positivo. La mayor parte de lo que hoy nos parece conveniente, valioso, primario, se tornaría en décimas de segundo en un saco de irrelevantes anécdotas para tirar en el contenedor de los residuos tóxicos.

Pensemos, pues, con esa mentalidad, como si estuviéramos en tiempo de descuento. Un tiempo que no puede malgastarse porque nos pisa los talones. El tiempo, ese canalla, un despiadado asesino en serie que ha decidido que tú serás su próxima víctima. Con esa certidumbre entre las manos, nosotros elegimos cómo vamos a vivir. No podemos convertirnos en eternos ni detener su paso, pero sí tenemos la potestad para decidir cómo y a quién le regalamos ese preciado tesoro llamado tiempo.

Si esperamos el momento ideal, las circunstancias propicias y el alineamiento perfecto de todos los planetas para afrontar, emprender, cambiar, romper, modificar o mandar al mismísimo carajo a algo o a alguien, nunca lo encontraremos. Siempre nos devorará esa vorágine en la que vivimos inmersos, preñada de amistades por compromiso, de intercambio de hipocresías, de consejos que no has solicitado, de metas que te son ajenas, de gente anónima que, misteriosamente, pulula por tu vida a diario invadiendo tu intimidad sin ningún escrúpulo.
¿Cuántas veces nos hemos preguntado este año a nosotros mismos "pero qué coño hago aquí"?

Siempre habrá una excusa, un freno, una duda, miedos e incertidumbres que, en el fondo, y todos lo sabemos, son excusas tras las que nos parapetamos. Mentiras y más mentiras, que a fuerza de repetírnoslas, terminamos creyendo y que nos reviste de una aparente y frágil capa de seguridad. Un barniz tan inconsistente y espurio, que con un solo soplido, se desintegra.

Los cambios hay que provocarlos y en esos desafíos, encontraremos, con toda probabilidad, la llave que abre mil puertas que desconocíamos que existieran.

¡Sé valiente, joder! Coge un bloc y redacta esa lista. Pero sobre todo, actúa en consecuencia. Formúlate preguntas, plantéate cambios, muda el color de tu mirada, pulveriza barreras y lánzate al vacío sin paracaídas. Rechaza imitaciones y versiones, que sólo la original sea tu banda sonora.

Piensa en lo que te llena y te hace feliz de verdad. Y lucha por ello.
Nunca es tarde para rectificar porque "ojalá" es mi palabra. La palabra en la que sigo creyendo más que en cualquier dios.

Hay que vivir como si la vida fuera un acreedor acechándote desde cada esquina, dispuesta a todo por devengar su deuda.



¿Te atreves? Yo sí. Desde hace tiempo.

Os deseo un año 2017 con una libreta, un bolígrafo y muchas intenciones.