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viernes, 7 de diciembre de 2018

EL SECRETO DE GRETA


EL SECRETO DE GRETA


Todo se remontaba a diez años atrás. Entonces Greta llevaba poco tiempo casada. Ella y Daniel se habían conocido a través del grupo de amigos que frecuentaban. Aunque inicialmente hubo un cruce de miradas intensas que dejaban entrever la posibilidad de un chispazo, la combustión jamás llegó a producirse. Ni tan siquiera se cayeron bien. Tuvieron que volver a coincidir muchas más veces, debido a las amistades comunes que compartían, para que se desencadenaran los acontecimientos futuros que marcarían esa relación.




De ese modo, y poco a poco, fueron descubriendo, casi por  obligación, no solo el continente sino el contenido. Ambos se mostraron sinceros en su manera de ser, pues ninguno de los dos estaba interesado en seducir al otro. Así que dejaron aparcado ese tono relumbrón y disfrazado con el que los humanos de todo el planeta solemos actuar cuando queremos impresionar o conquistar a alguien, tratando ridículamente de encubrir defectos y magnificar las supuestas virtudes. Siempre me ha parecido que la estrategia del disimulo, además de ociosa, posee una parte cómica y otra, inquietantemente aterradora. Igual que si pretendes vestirte con un traje confeccionado a base de ligeros hilvanes, puntadas sin hilo y alfileres ocultos. Tal vez te aguante un rato, pero más pronto que tarde,  el traje se deshilachará y quedarás expuesto y en cueros en la peor de las ocasiones. Con las mentiras, ocurre lo mismo.
Pero a pesar de ello, o tal vez por ello, entre los dos se fue fraguando una relación basada sobre todo en la complicidad, las afinidades y las ganas, cada vez mayores, de estar juntos.

La relación derivó por los canales naturales y habituales por los que se suele navegar cuando dos personas se conocen, se tratan y se gustan, y tras un breve noviazgo, y sin ningún obstáculo económico o familiar que lo impidiera, se casaron una soleada mañana de mayo con todos los ingredientes tradicionales de una boda convencional. Transcurridos unos meses la relación seguía siendo buena. Apenas discutían, el humor y las risas siempre  estaban presentes,  ambos gozaban de un alto nivel de vida debido a sus profesiones y seguían saliendo, cada fin de semana, con el grupo común de amigos; un vínculo que les consolidaba aún más.
Si bien no era menos cierto que las expectativas de Greta con respecto a las relaciones íntimas nunca se cumplieron en la medida esperada. Menos habituales y apasionadas de lo que habría deseado y de lo que cabría esperar de una pareja en los albores de su relación. Greta era una mujer ardiente, liberada y con permanentes ganas de experimentar.  Daniel siempre estaba cansado, ocupado, distraído… Hoy le dolía la cabeza, mañana el pie. Hoy había trabajado catorce horas y al día siguiente tenía sueño o tarea laboral que terminar en casa. Las veces que coincidían eran a petición de ella. O más que petición, exigencia. Pero estaba tan enamorada y él era tan detallista y cariñoso,  que no le otorgó mayor trascendencia. Para ella lo que importaba era el cómputo general de la relación, en bloque, no por parcelas. Y el resultado se le antojaba satisfactorio.

Pero toda su idílica existencia hasta ese momento iba a dar un giro copernicano. Un día en el que Greta se sintió indispuesta en el trabajo, llegó antes de lo previsto a casa. Teóricamente Daniel estaba trabajando, pero como bien pudo comprobar ese día al llegar a su domicilio, no era así. La estampa que contempló al abrir la puerta del dormitorio de su casa, quedaría grababa a fuego en su memoria, en su retina y en su alma hasta la eternidad. Daniel la engañaba. Pero es que además su traición era doble. Su marido le era infiel…con otro hombre.
El mazazo fue brutal, inesperado y violento. La escena, escabrosa, inmoral, chocante. No es que Greta tuviera nada en contra de la homosexualidad, ni mucho menos. Su mente era abierta, moderna  y exenta de cualquier prejuicio estúpido y detestaba cualquier manifestación de conductas coercitivas. Pero haber vivido con un hombre que era un fraude, era algo muy distinto. La había hecho  creer que era el centro de su universo, para luego darse cuenta de que había vivido en una mentira continua. ¿Cuánto tiempo hubieran durado así si ella no lo hubiera descubierto? ¿Acaso Daniel pretendía mantener esa doble vida de forma permanente?  ¿Y sus amigos comunes? ¿Sabrían ellos algo de sus tendencias y se lo habían ocultado deliberadamente? Greta pensó que ya nada de eso importaba, puesto que además ni tan siquiera tenía una sola posibilidad de ganar. Enfrentarse a otra mujer hubiera resultado doloroso, pero, al menos, podría  haber desplegado toda su artillería pesada, batallar con las mismas armas, jugar en un campo conocido, pero siempre con el acicate de una posible victoria sobre el rival. ¿De qué encantos podría echar mano cuando el adversario era otro hombre? Haciendo uso de la lógica y la prudencia, se batió en retirada inmediata. Abandonó el piso alquilado donde vivían y solicitó el divorcio y también la nulidad de su matrimonio por causas más que justificadas.

Después de eso se compró un ático en el barrio de Argüelles, en el que reside en la actualidad.
Greta, cuál desertora, dejó atrás su vida pasada, y por ende, todo lo relacionado con ella, abandonando voluntariamente a toda su pandilla de amigos. Éstos nunca le confesaron nada acerca de Daniel, pero la sombra de la duda era demasiado vasta y la desconfianza siempre estaría flotando en el ambiente, cual  enemigo perverso y al acecho.  Se volcó en su trabajo y en sus nuevas amistades. Su humor, su inteligencia y  sus ansias de superar todo en el mínimo tiempo posible, fueron claves para que saliera airosa de una experiencia tan traumática. Hoy me lo cuenta con una taza de café en las manos, sus dos querubines rubios danzando por el salón e interrumpiéndonos cada dos por tres y con ese destello en la mirada de quien recuerda sin rencor, en color sepia, un pasaje borroso de su vida. De una vida tan lejana que casi resulta ajena.
Me confiesa que él sigue sin salir del armario. Ocupa un altísimo cargo político y está casado con una mujer de bandera con la que tiene cuatro hijos. Su fama de mujeriego le precede, me dice entre irónicas risas.

Y yo pienso mientras escribo este relato en la vida tan vacua de ese hombre. Que teniéndolo todo, no posee nada.

Autora del texto: Susana Cañil
Todos los derechos reservados


miércoles, 2 de septiembre de 2015

REBELDE SIN PAUSA

En mi entrada de hoy os voy a contar una anécdota personal que ilustra la foto que acompaño al texto. Mi amigo del alma, Miguel Ángel Sánchez, me acompañaba ese día y puede dar fe de que lo que cuento es real.

Octubre del año pasado. Ciudad: Barcelona. Liber, feria de las editoriales.
Para todo aquel que lo desconozca, allí solo acceden las editoriales. Los autores no podemos entrar, teóricamente, claro.

A mi amigo si le invitan y yo me cuelo en la fiesta, igual que en la canción de Mecano. ¡¡Qué sabe nadie si soy editora, autora o domadora de fieras!!! Lo importante de todo esto es que ya me estoy saltando las normas. Y disfruto con ello. Y mi amigo, ni os cuento.
Llevo unas diez carpetas, perfectamente encuadernadas y que me han costado un pastón. Pero yo soy así, si hago algo, lo hago bien. Las carpetas son voluminosas. Contienen las primeras páginas de mi nueva novela (debidamente registrada), mi Cv, fotos de la autora realizadas en estudio y una recopilación de todas mis apariciones en prensa y radio, además de las reseñas de Espérame en París más relevantes. Todo ello, por supuesto, en color. Nada de “cutreces” en blanco y negro.


Mi amigo y yo llevamos una selección hecha de las editoriales que nos interesan y que voy entregando en cada caseta. Esto no es llegar y besar el santo. Hay que saber a quién entregas ese material, para posteriormente contactar con él/ella, y en ocasiones, la persona adecuada está reunida o no está. Resumiendo, dos días sin parar.

Hay una editorial, y no voy a decir su nombre, a la que ya entregué el año anterior Espérame en París, y de la cual no obtuve ni siquiera un mensaje escrito, ni para bien ni para mal. Si me parece importante que un correo o un mensaje sean contestados, os podéis hacer una idea de lo que me puede parecer que dejes en manos de un desconocido un material tan delicado y que no tengan ni la decencia ni la educación de contestar. Por no hablar de profesionalidad, que esa brillaba por su ausencia.

Como soy persona de dar segundas oportunidades, vuelvo a insistir al año siguiente con esa misma editorial, con cierto resquemor por mi parte, pero animada por mi amigo, cuyos consejos suelo seguir, más que nada porque él es más pragmático que yo y menos temperamental.

Tras dos días persiguiendo al tipo que tenía que atenderme (y os puedo asegurar que no iba a marcharme de Barcelona sin conseguir una cita con él), al fin nos recibe con cara de perro (no sé qué me infunde más pavor, si la gente que sonríe siempre o la que no lo hace nunca).Le cuento la razón de mi visita y su respuesta es que yo como autora no tendría que estar allí, que estoy utilizando conductos inapropiados y que me estoy saltando las normas. ¡¡¡Juas!!! Me da la risa, claro.


¡Por supuesto que me estoy saltando las reglas! - le digo. Siempre que lo considero oportuno,  lo hago.

Se enfada, primero porque soy mujer y le estoy contestando, y luego me quiere dar una lección de comportamiento, como el papá que regaña a su hija y le reprocha una conducta supuestamente inadecuada. Mi amigo Miguel Ángel, me mira con preocupación. Por mi expresión sabe que en cualquier momento se va a desencadenar la Tercera Guerra Mundial. Y llegados a este punto, estoy dispuesta a ello. No tengo nada que perder.

El sujeto (no tiene otro nombre y además es casposo y da grima) insiste en que no va a quedarse con el manuscrito. Y yo le desafío a él a y a su escasa paciencia indicándole que no me levanto de allí hasta que se lo guarde en su maletín y se lo entregue a Fulanita de Tal. En este punto cambia la expresión. ¿Cómo conozco yo ese nombre?, me pregunta el mamarracho. Pues lo conozco porque, como no podía ser de otra manera, me he vuelto a saltar las normas para obtener esa información.

Al final, y demostrando la inteligencia justa para pasar el día, el tipejo accede a regañadientes a quedárselo.
Nos damos la mano cordialmente, como si no hubiera pasado nada y cuando me marcho le digo: " Si no te saltas las normas, nunca llegas a nada". Y salgo de su diminuto territorio, mientras, de espaldas, le digo adiós con la mano.

Nos marchamos de allí, mi amigo y yo, muy dignos, sabiendo que jamás me contestarán, como de hecho así ha sido. Pero también con la certidumbre de que yo no querría publicar con esa editorial ni loca. Si ese  es el tipo de gente y de comportamiento que ofrecen de cara al público, no quiero ni imaginar cómo será en privado.


Por eso siempre persigo lo que me interesa, pregunto cuando no sé (el NO lo tengo de antemano) y procuro saltarme las normas y buscar caminos alternativos siempre  que puedo. Los demás, que hagan lo que quieran.



viernes, 17 de julio de 2015

COSAS NORMALES EN UN MUNDO ANORMAL

Me gusta dar los buenos días al vecino, cuando me lo encuentro en el garaje a las ocho de la mañana, aunque sea un antipático. Siempre saludo por sus nombres de pila al carnicero y al charcutero de mi barrio, cuando voy a hacer la compra los fines de semana. También cuando subo al autobús saludo al conductor, aunque no le conozca de nada. Doy las gracias cuando me hacen un favor, cuando me atienden en un comercio o cuando un camarero me sirve en un restaurante. 

Contesto siempre los mensajes y los correos electrónicos, lo más rápido que puedo. Pero nunca dejo nada sin responder de forma deliberada ni por dejadez. Si prometo algo, lo cumplo. Si sospecho que no voy a poder cumplirlo o que voy a tener dificultades para hacerlo, lo advierto de antemano para que nadie se llame a engaño. Lo que me cuentan en privado, se queda en el ámbito de lo privado. Si algo o alguien no me gusta, lo digo en el momento. ¿Por qué esperar? 
Procuro respetar las ideas de los demás, pero defiendo las mías con fiereza porque son mías y creo en ellas. Digo "te quiero" a diario a toda la gente que me inspira el ánimo para pronunciar esas palabras. Escribo felicitaciones de Navidad de mi puño y letra y las envío por correo postal. 

Prefiero una charla cara a cara frente a un café, con gestos, miradas y complicidad más que hablar por teléfono o escribir parcos y anodinos mensajes por whatsapp. Practico la lealtad y la fidelidad con quien se las gana. Me entrego en cuerpo y alma cuando la persona o la causa merecen la pena, aunque tenga que sufrir o morir en el intento. Detesto la mentira, la hipocresía y la impostura. Procuro no estar en deuda con nadie y por supuesto, no creo en aquello de “el fin justifica los medios”. Mi traje favorito es la pasión y de ella me visto cada día. 

¡Y claro que vendería mi alma al diablo! Pero solo por una razón. Y esa no la voy a desvelar.



Me gusta hacer cosas normales en un mundo cada vez más defectuoso, adulterado y tóxico.

miércoles, 24 de junio de 2015

MENTIRAS

Mentir: Decir lo contrario de lo que se sabe, cree o piensa. Fingir, aparentar.
Es curioso. Exigimos sinceridad a todas horas y, supuestamente, odiamos la mentira, sin embargo todos mentimos, en mayor o menor medida. De forma ocasional o de forma recurrente.

Mentimos por miedo, por hipocresía, por cobardía, por vergüenza, por conservar algo, por el qué dirán, por no molestar o enfadar a otros, por temor a no conseguir un objetivo profesional, por medrar, para ocultar, para salvaguardar, o simplemente, por deporte.

Mentiras piadosas, mentiras podridas, cobardes, divertidas, espurias, inconfesables, ingeniosas, inconsistentes, destructivas. No importa de qué tipo sean.
Decir la verdad siempre será mucho más arriesgado.

Cada uno que saque su propia lectura.