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domingo, 15 de enero de 2023

LA VENGANZA


LA VENGANZA



“La venganza es el manjar más sabroso condimentado en el infierno”. 
Walter Scott


Fantástica la frase de este escritor británico. Aunque más bien suena a sentencia.

Sobre el sentimiento de la venganza cada uno tiene su propia opinión. Casi todo el mundo dirá que no merece la pena. Y en cierto modo, estoy de acuerdo. Si tuviéramos que ir devolviendo con la misma moneda cada vez que alguien nos provoca sufrimiento o nos ofende, nos pasaríamos media vida invadidos de odio, rencor y sentimientos negativos. Por no mencionar la pérdida de tiempo que supone invertir en malquerencias pudiendo hacerlo en emociones que regocijen tu alma y te reconcilien con el entorno.





Pero por supuesto, una cosa es la teoría y otra muy distinta, la práctica. Aquí todos somos muy comedidos y políticamente correctos hasta que nos toca a nosotros. O nos tocan a los nuestros. O a nuestro honor, o a nuestro dinero o a nuestra dignidad. Hasta que un hijo o hija de puta se cruza en nuestro camino dispuesto a machacarnos a fuego lento porque se cree con el derecho de poder hacerlo y salir impune. Entonces damos un giro copernicano y descubrimos que ese sentimiento de venganza es puro instinto radical, visceral, profundo y endémico que habita con naturalidad en cualquiera de nosotros, y late con desesperación desde las entrañas de nuestro ser queriendo aflorar en su peor versión. Pocas veces en mi vida he sentido ese furor, esas ganas insensatas, pero irrenunciables, de que otra persona experimentara sufrimiento. Y aquí no me refiero al físico, sino al emocional que es mucho más pernicioso. Y lo digo sin remilgos. 

Muchos expertos han estudiado y analizado el comportamiento de las personas a lo largo de la historia, llegando a la conclusión de la que la venganza “tiene una función de protección dentro de una comunidad”.

Pensad, por ejemplo, en alguien que hiciera daño a vuestros hijos, que os involucre en un delito que no habéis cometido o que os haya humillado hasta perder toda vuestra autoestima. Quien diga que no tiene sed de venganza, sencillamente está mintiendo.
Yo aquí distinguiría entre desquite o desagravio, que viene a ser algo más reposado y socialmente aceptado, y la venganza pura y dura, que  no consiste en resarcir el daño que nos han hecho, sino que lo que persigue no es otra cosa más que el otro padezca en sus propias carnes el dolor que te ha ocasionado a ti. Una réplica exacta. Y si puede ser más intensa, tanto mejor.

A lo largo de nuestra vida, el impulso de revancha  (yo abogo por diseñar por una creativa, elegante, planificada) es ineluctable y yo diría que hasta necesario. Es humano y es legítimo sentir y pensar así. El daño, el dolor ocasionado de forma gratuita por gente mezquina requiere una respuesta en la misma línea. Que el otro sienta en su propia piel el padecimiento que infligió. Es cierto que con ello se persigue un objetivo más humillante que reparador, pero ¡qué placer tan increíble cuando lo consigues! Efímero, sí, pero placer al fin y al cabo. Porque eso de poner la otra mejilla me parece tan absurdo como imposible de cumplir.

No creo que el ser humano esté dispuesto ni capacitado para perdonar todo. Ni siquiera considero que sea sano hacerlo. Y con esto no hablo de acumular rencores, de fomentar enemistades o sentarse a descansar en la inquina de forma permanente, hasta verse apresado en un bucle del que ya no puedas escapar. No. Simplemente hay ocasiones en las que hay que dar salida en forma de malevolencia y que esa persona sepa que no se ha salido con la suya. Que ser malvado y retorcido tiene un precio.

Con los años he aprendido dos cosas fundamentales; una, tener paciencia. Saber que no todo llega en el momento y las circunstancias que uno desea. Que por mucho que quieras y provoques una situación, sólo pasará cuando tenga que pasar. Porque a cada cerdo le llega su San Martín, de eso no me cabe ninguna duda. La otra es que he aprendido a canalizar mi furia a través de la escritura. Escribir relaja, sana, desatasca, estimula, libera, emociona, divierte. Escribiendo puedes contar, criticar, evaluar, despellejar, maquinar, transgredir. Escribir es una magnífica y saludable terapia y si sabes hacerlo bien, la mejor venganza puede ser la literaria. O la peor, según se mire. Tan chispeante como demoledora, porque te puedes permitir cualquier licencia.

La capacidad para perdonar no nos viene de serie en los humanos. Hay que ejercitarla, pero eso sí, focalizada solo hacia aquellas personas que merecen ser perdonadas.

Es necesario saber distinguir entre perdonar y pasar página para no hacerte a ti mismo más que el daño indispensable.

El perdón no debe ser forzado ni tampoco fingido, porque entonces ni sirve ni resuelve  nada. Se convierte en un sentimiento vacuo y carente de credibilidad.

 Y tú, ¿perdonas, te vengas o escribes? Yo escribo mucho.





sábado, 20 de febrero de 2021

NO LES DEMOS TODO



Lo más pernicioso que puede hacer una persona con otra, es darle todo. Y en especial, los padres con los hijos, una querencia a la que tendemos con escasas posibilidades de reconducción. Es una opinión personal, como todo lo que escribo. No tenéis que estar de acuerdo, ni lo pretendo. Solo seguir leyendo, si lo estimáis oportuno.

No hay fórmula más eficaz para transformar en piltrafa a un ser humano que proporcionarle todo: comida, casa, diversión...Liquidar sus deudas, alimentar sus vicios, encontrar solución a sus problemas y hasta donarle ideas. Que no tenga que pensar, ni combatir, ni decidir. Que no sepa lo que es sufrir y enfrentarse cara a cara con las dificultades, ni plantarle pelea al miedo, ni reventar obstáculos. Cuando alguien se acostumbra a recibir todo, se acomoda con rapidez en una cálida y adictiva (pero bien peligrosa) zona de confort, que impide ni siquiera imaginar que, a corto o largo plazo, puedan ser provechosos para la sociedad y para ellos mismos.  




Normalmente estos individuos juegan magistralmente con los sentimientos de los demás. Son expertos en aporrear la moral ajena en beneficio propio y asumen con naturalidad el rol de víctima. Consideran que los demás son los responsables de suministrarles todo y si en algún momento esa ayuda deja de llegar a sus manos, siempre culparán al destino, a la fatalidad, al horóscopo,  al vecino, al gobierno, a la virgen del botijo o al sursuncorda de sus desatinos, sus carencias, sus limitaciones y sus temores en una suerte de ejercicio diario, estéril, inicuo y perezoso, con tal que no mirarse al espejo y presentarse.

Instintivamente todo el mundo se sitúa de parte del débil, del frágil, del necesitado. Y sí, es lógico. Especialmente si esa persona es un familiar, un amigo o alguien con el que te une un vínculo de amistad, cariño o amor.   Pero como todo en la vida, también en eso es obligado dibujar los límites; por el bien de esa persona y por el tuyo propio. Debemos, aunque en algunos casos nos cueste muchísimo, establecer fronteras que no se puedan traspasar. Fronteras electrificadas, si fuese preciso. Especialmente en los casos en los que tu equilibrio emocional, familiar o económico amenazan con suicidarse. Y con esto no quiero decir que no haya que ser solidario y generoso. Lo que digo es que hay que socorrer en momentos puntuales y con carácter temporal. Si lo convertimos en algo habitual, evitaremos que saquen a la luz sus capacidades y sus talentos. Y los llevaremos de cabeza a ese particular cadalso en el que malviven los parásitos que habitan esta sociedad.

Cuidado con ciertos personajes, esos que llevan la etiqueta de “frágil” colgando y a la vista, los que asumen como algo intrínseco y natural el estatus de víctima, los que se aseguran de tener asiento vitalicio en la queja, los que creen que los demás hemos nacido con la obligación de solventar sus penas y depositar todo en sus manos, sin seguro a todo riesgo. Este tipo de sujetos suelen encajar en un patrón perfectamente definido. Nos hacen creer en su debilidad, nos trabajan la moral a conciencia y tratarán de convencernos, sin tregua,  de que el mundo ha conspirado en su contra.
Mucho cuidado con ellos, porque en la caída te arrastrarán.

Conozco varios casos muy cercanos. Todos acabarán mal. De hecho, ya caminan por un sendero escabroso. Una calle sin salida. Y no, no me he vuelto pitonisa. Es sentido común y analítico. En ambos casos son madres. Madres con hijos que traspasan los cuarenta, hombres hechos pero no derechos. Inteligentes, preparados, capaces y sin limitaciones físicas y/o mentales que les impidan llevar a cabo un trabajo. En algún momento de sus vidas, como en la de todos nosotros, no supieron o no quisieron sortear los obstáculos que les abordaron por el camino. Recibieron ayuda, física, económica y emocional. Se les enseñó el camino correcto a seguir. Y aunque en un principio parecía que sí, que habían salido del fango, resultó que sólo era un espejismo. Una y otra vez volvieron a las andadas y una y otra vez siempre había, y hay, quien les sostiene. Ambas madres han quedado arruinadas financieramente, devastadas emocionalmente y ahora tienen auténticos indigentes por hijos. Seres que han perdido la capacidad de ilusionarse y de pelear. Creen estar haciéndolo bien y lo único que han conseguido es anularlos del todo por ese exceso de cobijo, de proteccionismo y de amor mal entendido. Por no saber ver que un "no" a tiempo, supone la diferencia entre la salvación o la total perdición.

Y llegados a este punto yo me pregunto. ¿Quién tiene más culpa? ¿El que quiere vivir a costa de los demás, sin enfrentarse a  los problemas y escondiendo la cabeza como el avestruz o el que le ha dado todo permitiendo que se llegara a esa situación, sin posibilidad de vuelta atrás?

Cuántos errores se cometen en nombre del amor. Pensadlo.


Derechos Reservados
Autora del texto: Susana Cañil


jueves, 19 de marzo de 2020

BUSCÁIS MAL; LO EXTRAORDINARIO RESIDE EN LO COTIDIANO.



Llevo un rato largo dando vueltas en la cama sin poder dormir. Son las 3:42 de la mañana y decido aprovechar mi estado de vigilia para hacer lo que mejor se me da, escribir. Ordeno a mis dedos que surquen veloces las letras del teclado de mi ordenador, y a mi mente que no tropiece hoy con la falta de inspiración, pues son muchas las reflexiones que quiero plasmar.




Esta crisis sanitaria global y sin precedentes del coronavirus en la que nos hallamos inmersos, debería hacernos recapacitar de forma inmediata sobre los valores en los que nos apoyamos para transitar por la vida. Me decía un amigo días atrás que este tipo de situaciones hacen aflorar lo peor  y lo mejor del ser humano; le dije que no estaba de acuerdo. La esencia del ser humano siempre es la misma, al margen de los acontecimientos. Los malos, los egoístas, los arrogantes, los amorales, la chusma, la tarasca inhumana…esos van a seguir sin modificar ni una coma de su comportamiento. Tratarán de sobrevivir a costa de lo que sea, manteniéndose a salvo (o eso creen ellos) dentro de su anticuado y quebradizo caparazón, más rancio que el abolengo. La brújula de su moral sólo les indica un camino; el de su ombligo. Una caterva de ingratos e indolentes  que suele tener muchas máximas, siendo tan mínimos. Hedonistas con brillo de garrafón. Los vemos a diario en las redes sociales, ahora que estamos, incluso, más pendientes de ellas; los que salen a correr, montan fiestas, a pasear en bicicleta, a arrasar en el supermercado hasta con lo que no necesitan, los que pasean una mascota de peluche o se bañan en una piscina pública, sin respetar la consigna de quedarse en casa. Si su vida les importa una mierda, imaginaos las ajenas. Siempre hay un tonto de guardia.

Otro ejemplo es nuestra nauseabunda clase política, que en vez de permanecer unidos, para sacar a flote a la gran nación que es España, sólo piensa en su arribismo de burdel, su mórbido ego y en cómo salvaguardar  sus sueldos y sus poltronas con el único fin de convertirlos en vitalicios.  Sus discursos nacen con vocación de tesis doctoral con sobresaliente Cum Laude, pero se quedan en apenas unos garabatos escritos en papel higiénico de marca blanca. Y nunca mejor dicho. Individuos incapaces de empatizar con causas ni personas. Para ellos, la mentira es su filosofía de vida, la humildad el traje de los pobres y el corazón de los demás su particular retrete.

Y de la testa coronada ya ni hablo. Dándonos consejos desde su plácida y ventajosa burbuja, desde esa atalaya con la que se cree por encima del bien y el mal, con un discurso ñoño, perezoso, fuera de tiempo y preñado de demagogia de saldo que no me transmite ninguna tranquilidad y toda la intranquilidad. ¿Con qué autoridad moral se dirige a los españoles cuando guarda tanta inmundicia en la trastienda?  Estuve a punto de sacar el árbol de navidad y cantar un villancico. Que donen a la ciencia algo de su patrimonio. Sus cuerpos no, gracias. A ver si mejoramos las generaciones venideras.
Todos estos indeseables no calibran que esta vez viajamos bien juntitos en la misma patera, vestidos de gris ceniciento y con la diana pintada en la frente. Políticos, deportistas, actores, la chica del súper, tu vecino del quinto, emperadores o mendigos. Todos, por fin, con las mismas posibilidades; las de enfermar. Ahora somos un poco África, con sus epidemias, su hambruna, sus calamidades…esas que contemplábamos con aire de superioridad desde nuestro confortable sofá pensando en lo lejos que nos pillaba todo. Ahora, el azote es mundial. Han sacado a ventilar la alfombra y los piojos nos han alcanzado, a pesar de que  no saben volar.
Y aquí sí hago distinciones. El inteligente sabrá percibir la trascendencia tan grande de este momento y practicar una cura de humildad.  Los limpios de alma, sabrán reconducir comportamientos, agradecer esas pequeñeces de la vida a las que no solemos dar importancia, hasta que las perdemos; dar un paseo, sentarte en una terraza al sol, viajar, ir al cine o a un concierto, salir el domingo al Rastro madrileño, estar con tus amigos o con tu amor, hasta discutir (con la consiguiente reconciliación) se me antoja una belleza. Desde siempre he mantenido mi particular discurso de que sólo hay dos cosas importantes en la vida: la salud y los afectos. Ahora más que nunca me reafirmo en ello.
La vida nos ha penalizado con tarjeta roja, en clave de aviso, en múltiples ocasiones y nosotros haciendo la vista gorda. Nos hemos burlado de ella. En justo castigo a nuestro desdén, nos envía esta plaga con posdata adjunta: “Ahí os apañéis, humanos. A ver cómo salís de esta”. Nos ha mostrado, en una única clase magistral, lo vulnerables que somos. El desafío está servido.
Nadie imagino jamás vivir una debacle de este calibre. Todo lo que nos parecía hercúleo  se ha tambaleado. Hoy, sin espectáculos, ni cines, ni fútbol, ni bares, sin centros comerciales en los que gastar dinero en cosas absolutamente prescindibles, sin salida de emergencia, nos toca vivir mar adentro y fabricar nuestra propia fuente de felicidad. Nos han extirpado la prisa y ahora no sabemos vivir. ¡Qué torpes somos!
Es mucho lo que se puede hacer. A menudo, lo que nos salva de las catástrofes personales son los pequeños gestos y no las grandes gestas. Llama a tus amigos y familiares; preocúpate por ellos y ocúpate de ellos. Hazle la compra a tu anciano vecino o saca a pasear a su perro si él no puede. Regala tus libros, tu música, tu risa o tus letras. Reparte alegría y aísla el egoísmo. Todo suma. Todo es importante. Toda colaboración es bienvenida siempre que nazca del corazón, siempre que sea auténtica y sentida, porque entonces, será eficaz  y perdurable en el tiempo.
Y cuando volvamos a nuestra vida normal, recuerda dar las gracias cada día por todo lo bueno que tenemos que parece invisible, pero no lo es. Será una victoria pírrica, pero aniquilaremos al enemigo, no me cabe duda.
Y recordad: lo extraordinario habita en lo cotidiano. No perdáis el tiempo buscando dónde no es.

Autora el texto: Susana Cañil
Todos los derechos reservados







lunes, 11 de febrero de 2019

¿SEXO EN LA PRIMERA CITA?


¿SEXO EN LA PRIMERA CITA?



Mi entrada de hoy analiza un artículo que leí hace un tiempo en un suplemento femenino, de esos que yo antes admiraba por sus entrevistas y por abordar temas de calidad y  que ahora aborrezco un poquito más cada día. Rellenan sus páginas con reportajes sobre las “cremas milagro”, los secretos de la eterna juventud, avances con el botox, moda irreal a precios inalcanzables y entrevistas a famosillas, modelos y actrices de dudosa gloria. En definitiva, nada en lo que invertir mi preciado y escaso tiempo.

Pero estoy en la consulta del dentista y lleva un retraso monumental así que, decido entretenerme con algo que no sea de color rosa. Paso las páginas con rapidez, descartando todo aquello que no me interesa a primera vista, con la intención de devolver la publicación al revistero lo antes posible.
De repente un titular me llama la atención y comienzo la lectura. El reportaje plantea el tema de si tener sexo o no en la primera cita con un hombre. Y recalco, hombre. Me parece llamativo el hecho de que se escriba sobre algo así viviendo en el siglo en el que vivimos y que, además, el artículo aborde esa decisión desde el prisma femenino y su abanico de posibles consecuencias.



¿Por qué no desde un punto de vista general que incluya a los hombres también? Porque si es la primera cita, lo es para los dos, digo yo. Primer error o primer horror, que viene a ser lo mismo. La curiosidad me invade, aun cuando sé que todo lo que lea después va a resultar pura sandez.

Según avanzo en su lectura me voy soliviantando.  Plantea cuestiones tales como: “Cuál es el momento adecuado para hacerlo y ser una dama” o “Si intuyes que te vas a enamorar, es mejor esperar”.  Para mí ser una dama no depende de eso. Ni siquiera el hecho de nacer mujer te concede la distinción de dama. Esa alcurnia hay que ganársela cada día con tus actos, tu comportamiento, tus gestos… Hay que serlo las veinticuatro horas del día, en público y, especialmente,  cuando estás a solas contigo misma. Y por otra parte, habrá otras mujeres que ni deseen ni pretendan ser unas damas. En mi modesta opinión, igual de respetables.

¿Enamorarse en la primera cita? ¿Quién hace eso? De acuerdo que enamorarse es un acto irracional que no responde a ninguna lógica (yo misma  siempre me he enamorado de hombres que estaban en las antípodas del modelo que me atraía) pero no es menos verdad que es un proceso que requiere un cierto tiempo, roce, conocimiento, atención, entrega, valor, predisposición… Eso de amor a primera vista no existe. Existe atracción a primera vista, que es algo completamente diferente. ¡Y menos mal! Porque si tuviéramos que practicar sexo solamente teniendo la certeza absoluta de que es el amor de nuestra vida, algunas morirían vírgenes.


A veces, una conexión física brutal es suficiente para iniciar una relación  placentera sin vislumbres de un ulterior amor auténtico  y pluscuamperfecto, sin intrincadas y absurdas lazadas que incluyan en la ecuación a nuestro caprichoso corazón al que, en ocasiones, deberíamos dejar castigado en el banquillo. Ya habrá ocasión de sacarlo al campo de juego, si él mismo lo relama.

Cuando termino de leer el ¿artículo? me ha brotado urticaria por todo el cuerpo. Está escrito por una mujer, lo cual es aún peor. Corrobora mi teoría de que las mujeres somos nuestras peores enemigas.  Se pone en tela de juicio la honradez o decencia de una mujer, dependiendo de si se va a la cama con un hombre en la primera o en la quinta cita. ¡Vaya!  Desconocía que la dignidad o la virtud de una mujer se midieran por esos parámetros. Por otro lado, me gustaría saber la razón por la que no plantea los mismos interrogantes referidos a un hombre. ¿O es que a ellos se les presupone la decencia o la falta de ella de antemano?

El discurso es arcaico, decimonónico,  un fósil  con tintes rancios acorde con el periódico en el que se publica.  Mientras existan mujeres que escriban así, todo lo demás no valdrá para nada. No avanzaremos  si tenemos que luchar contra mentes estrechas y apolilladas  de nuestro propio género que van prendiendo etiquetas tan pasadas de moda como la vajilla de mi bisabuela  ¡El enemigo en casa!
Hoy en día una mujer toma sus propias decisiones, libres y  basadas en sus apetencias. Ajenas a cualquier comentario, crítica o posterior repercusión que pueda generar su comportamiento. Lo importante es  hacer las cosas cuando una quiera, en el momento que quiera y con quien quiera. Si está enamorada o si no lo está,  si responde a un acto de amor sublime  o a un puro instinto carnal, son detalles irrelevantes que en ningún caso definen la respetabilidad de una mujer ni la incluyen en ninguna categoría o clasificación. ¡Faltaría más!

¿Decencia? ¿Qué me decís de esas monjitas a las que se les descubrió una cuenta oculta en Suiza? ¿Acaso eso no es una obscenidad infinitamente más intolerable? A mí me lo parece, por mucho que presuman de vírgenes y castas, en el  hipotético caso de que lo sean. 
Obsceno, absurdo e indecente se me antoja el que a esta señora la permitan publicar algo así y encima la remuneren por ello.

Considero tan legítimo y natural que una mujer se vaya a la cama con un hombre en la primera o en la décima cita. Dependerá del momento, de la situación, del hombre, de las ganas, de las circunstancias y de mil factores maravillosamente incontrolables e imprevisibles… ¡o no! Pero sobre todo, que sea cuando a nosotras nos dé la real gana.

Y por otra parte, a veces es mejor en la primera cita porque… ¿quién te asegura que habrá una segunda?


Postdata: nunca más he vuelto a comprar ni a leer ese suplemento.

Autora del texto: Susana Cañil
Todos los derechos reservados

viernes, 7 de diciembre de 2018

EL SECRETO DE GRETA


EL SECRETO DE GRETA


Todo se remontaba a diez años atrás. Entonces Greta llevaba poco tiempo casada. Ella y Daniel se habían conocido a través del grupo de amigos que frecuentaban. Aunque inicialmente hubo un cruce de miradas intensas que dejaban entrever la posibilidad de un chispazo, la combustión jamás llegó a producirse. Ni tan siquiera se cayeron bien. Tuvieron que volver a coincidir muchas más veces, debido a las amistades comunes que compartían, para que se desencadenaran los acontecimientos futuros que marcarían esa relación.




De ese modo, y poco a poco, fueron descubriendo, casi por  obligación, no solo el continente sino el contenido. Ambos se mostraron sinceros en su manera de ser, pues ninguno de los dos estaba interesado en seducir al otro. Así que dejaron aparcado ese tono relumbrón y disfrazado con el que los humanos de todo el planeta solemos actuar cuando queremos impresionar o conquistar a alguien, tratando ridículamente de encubrir defectos y magnificar las supuestas virtudes. Siempre me ha parecido que la estrategia del disimulo, además de ociosa, posee una parte cómica y otra, inquietantemente aterradora. Igual que si pretendes vestirte con un traje confeccionado a base de ligeros hilvanes, puntadas sin hilo y alfileres ocultos. Tal vez te aguante un rato, pero más pronto que tarde,  el traje se deshilachará y quedarás expuesto y en cueros en la peor de las ocasiones. Con las mentiras, ocurre lo mismo.
Pero a pesar de ello, o tal vez por ello, entre los dos se fue fraguando una relación basada sobre todo en la complicidad, las afinidades y las ganas, cada vez mayores, de estar juntos.

La relación derivó por los canales naturales y habituales por los que se suele navegar cuando dos personas se conocen, se tratan y se gustan, y tras un breve noviazgo, y sin ningún obstáculo económico o familiar que lo impidiera, se casaron una soleada mañana de mayo con todos los ingredientes tradicionales de una boda convencional. Transcurridos unos meses la relación seguía siendo buena. Apenas discutían, el humor y las risas siempre  estaban presentes,  ambos gozaban de un alto nivel de vida debido a sus profesiones y seguían saliendo, cada fin de semana, con el grupo común de amigos; un vínculo que les consolidaba aún más.
Si bien no era menos cierto que las expectativas de Greta con respecto a las relaciones íntimas nunca se cumplieron en la medida esperada. Menos habituales y apasionadas de lo que habría deseado y de lo que cabría esperar de una pareja en los albores de su relación. Greta era una mujer ardiente, liberada y con permanentes ganas de experimentar.  Daniel siempre estaba cansado, ocupado, distraído… Hoy le dolía la cabeza, mañana el pie. Hoy había trabajado catorce horas y al día siguiente tenía sueño o tarea laboral que terminar en casa. Las veces que coincidían eran a petición de ella. O más que petición, exigencia. Pero estaba tan enamorada y él era tan detallista y cariñoso,  que no le otorgó mayor trascendencia. Para ella lo que importaba era el cómputo general de la relación, en bloque, no por parcelas. Y el resultado se le antojaba satisfactorio.

Pero toda su idílica existencia hasta ese momento iba a dar un giro copernicano. Un día en el que Greta se sintió indispuesta en el trabajo, llegó antes de lo previsto a casa. Teóricamente Daniel estaba trabajando, pero como bien pudo comprobar ese día al llegar a su domicilio, no era así. La estampa que contempló al abrir la puerta del dormitorio de su casa, quedaría grababa a fuego en su memoria, en su retina y en su alma hasta la eternidad. Daniel la engañaba. Pero es que además su traición era doble. Su marido le era infiel…con otro hombre.
El mazazo fue brutal, inesperado y violento. La escena, escabrosa, inmoral, chocante. No es que Greta tuviera nada en contra de la homosexualidad, ni mucho menos. Su mente era abierta, moderna  y exenta de cualquier prejuicio estúpido y detestaba cualquier manifestación de conductas coercitivas. Pero haber vivido con un hombre que era un fraude, era algo muy distinto. La había hecho  creer que era el centro de su universo, para luego darse cuenta de que había vivido en una mentira continua. ¿Cuánto tiempo hubieran durado así si ella no lo hubiera descubierto? ¿Acaso Daniel pretendía mantener esa doble vida de forma permanente?  ¿Y sus amigos comunes? ¿Sabrían ellos algo de sus tendencias y se lo habían ocultado deliberadamente? Greta pensó que ya nada de eso importaba, puesto que además ni tan siquiera tenía una sola posibilidad de ganar. Enfrentarse a otra mujer hubiera resultado doloroso, pero, al menos, podría  haber desplegado toda su artillería pesada, batallar con las mismas armas, jugar en un campo conocido, pero siempre con el acicate de una posible victoria sobre el rival. ¿De qué encantos podría echar mano cuando el adversario era otro hombre? Haciendo uso de la lógica y la prudencia, se batió en retirada inmediata. Abandonó el piso alquilado donde vivían y solicitó el divorcio y también la nulidad de su matrimonio por causas más que justificadas.

Después de eso se compró un ático en el barrio de Argüelles, en el que reside en la actualidad.
Greta, cuál desertora, dejó atrás su vida pasada, y por ende, todo lo relacionado con ella, abandonando voluntariamente a toda su pandilla de amigos. Éstos nunca le confesaron nada acerca de Daniel, pero la sombra de la duda era demasiado vasta y la desconfianza siempre estaría flotando en el ambiente, cual  enemigo perverso y al acecho.  Se volcó en su trabajo y en sus nuevas amistades. Su humor, su inteligencia y  sus ansias de superar todo en el mínimo tiempo posible, fueron claves para que saliera airosa de una experiencia tan traumática. Hoy me lo cuenta con una taza de café en las manos, sus dos querubines rubios danzando por el salón e interrumpiéndonos cada dos por tres y con ese destello en la mirada de quien recuerda sin rencor, en color sepia, un pasaje borroso de su vida. De una vida tan lejana que casi resulta ajena.
Me confiesa que él sigue sin salir del armario. Ocupa un altísimo cargo político y está casado con una mujer de bandera con la que tiene cuatro hijos. Su fama de mujeriego le precede, me dice entre irónicas risas.

Y yo pienso mientras escribo este relato en la vida tan vacua de ese hombre. Que teniéndolo todo, no posee nada.

Autora del texto: Susana Cañil
Todos los derechos reservados


miércoles, 25 de julio de 2018

MUERTE A LA TALLA 36




Ya estamos inmersos en el verano y como cada año por esta época, volvemos a ser bombardeados con mensajes a través de los medios de comunicación sobre cómo conseguir un supuesto cuerpo 10 de cara al estío. Da igual el esfuerzo que emplees en querer obviarlos; te atosigan desde la televisión en forma de cremas milagrosas, dietas infalibles y potingues variados. Te asaltan en cada esquina con carteles de dimensiones gigantescas mostrando chicas anoréxicas en bikini como estereotipo de belleza ideal, en la parada del autobús, en las páginas de cualquier revista, seria o menos seria, que hojeas mientras esperas en la consulta del médico. La radio no se queda atrás. También insisten con sus machacones anuncios de gimnasios, clínicas o soluciones estéticas invasivas, en las que el bisturí es el arma menos letal; todo para conseguir el trasero perfecto o el pecho ideal.


Y yo me pregunto, ¿Ideal para quién? ¿Quién marca los cánones de belleza? ¿Por qué si no utilizas una talla 36 te quedas fuera del circuito de “las elegidas”?

100%  Ideal = 100%  Irreal 

@susanacañil


Estar delgada se ha convertido en una obsesión para muchas niñas, adolescentes o, incluso, mujeres hechas y derechas. A base de hacerlas creer, erróneamente, que convertir el cuerpo de una mujer en un amorfo saco de huesos les hará ser la reina del baile, han conseguido transformar sus prioridades e inocular en su cerebro ese enfermizo mensaje que tiene gravísimas consecuencias en muchos casos.




Y lo peor es que, en más ocasiones de las que creemos, la coerción parte del entorno más cercano; la familia y el círculo de amistades, de forma intencionada o no, se encargan subrepticiamente de intoxicar la relación que uno mantiene con su cuerpo conviviendo, de ese modo, con el enemigo en casa. Incluso para las que siempre hemos sido de carácter sólido, con ideas claras e impermeables a las influencias, ha habido momentos en los que hemos flaqueado ante esa presión. En mi caso cuando tenía unos diecisiete años. Tan solo fue un período corto y puntual, hasta que interioricé y asumí que yo era una chica con curvas y que esas curvas volvían locos a la mayoría de los hombres. En el mismo momento en que dejé de hostilizar con ellas, queriendo transformar  mis ondulaciones en aburridas líneas rectas, se acabó el conflicto; las incorporé a mi vida como aliadas y no como enemigas.

Quiérete, cuídate, valórate. Eres la persona que más se va a necesitar.

@susanacañil


Pero no todo el mundo posee, por desgracia, esa fortaleza. Si hablamos de adolescentes o jóvenes cuyo débil carácter se rige por la permeabilidad y la inmadurez y, además, da pábulo a toda información externa que aterriza en su cerebro, nos encontramos de frente con toda esa parte de la población femenina susceptible de caer en las peligrosas redes de la bulimia, la anorexia y todo tipo de desórdenes alimenticios que las llevarán a arrastrar secuelas irreversibles el resto de su vida.

Suspendes si necesitas el aprobado ajeno.

@susanacañil


Son muchas las razones que pueden llevar a una persona a sentir verdadera obsesión por mantenerse delgadas o prestar una desmedida atención por su aspecto exterior. Algunas de carácter físico y/o emocional y otras como producto de etapas complejas en su vida que no saben asimilar y reconducir: carencias afectivas, pérdidas de seres queridos, sucesos traumáticos, fracasos escolares, decepciones amorosas, la propia genética de la persona o el hecho de necesitar la aprobación a toda costa de una sociedad cada vez más mórbida que ensalza y premia el continente por encima del contenido.


Todos deberíamos colaborar para exterminar esa presión que nos imponen para sentirnos desdichados con nuestro cuerpo. Nuestra autoestima NO depende de los estándares establecidos por un colectivo al que le mueve más los números y la fama que la salud. Atentos a toda la gente de nuestro entorno que nos importa y que dan señales de alarma con cambios sustanciales en su comportamiento. Siempre es mejor prevenir que curar, por lo que el primer ejercicio que propongo para todos nosotros es el de no juzgar, no insultar, no suponer, ni coaccionar y, mucho menos, ridiculizar. Cada uno de nosotros somos únicos con nuestras taras y nuestras virtudes. No tenemos ninguna obligación de gustar a todo el mundo ni de encajar en ningún perfil. Nadie nos va a querer más por ser más altas, más guapas o más delgadas. Y si ese es el criterio que un hombre utiliza como medida del amor…¡sal huyendo de inmediato!


Mujeres del mundo, dejemos de preocuparnos tanto por el número de la talla que usamos o el que marca la dichosa báscula y centrémonos en otras cifras mucho más importantes: la de kilómetros recorridos disfrutando de paisajes, la del número de “te quieros” con que obsequias a tu gente, el número de libros que lees cada año, la puntuación de tu examen, los metros que te separan de tu tienda de chocolate favorita o el número de amigos que pondrían siempre la mano en el fuego por ti. Hay muchas más cifras. Pensad en ellas. Son las que de verdad importan.

La única persona que va a pasar el resto de mi vida conmigo soy yo misma.
Por lo tanto, voy a empezar a llevarme bien con ella.

@susanacañil

viernes, 15 de junio de 2018

LOS VERANOS DE MI VIDA


El verano siempre ha sido mi estación favorita del año. Le profeso tanto amor como odio le consagro al invierno o al otoño.  Y, lógicamente, ellos, el verano y el invierno, sabedores ambos de la posición que ocupan en mi particular repertorio de afectos, me responden cada uno en los mismos términos. Igual que si gozaran de vida propia, intuición o alma, deben percibir con nitidez mi animadversión hacia el uno y mi querencia natural hacia el otro. Fiscalizan mi carácter, influyen en mis ganas, en mi pereza o mi predisposición, en mi regocijo o mi disgusto. Barajan mi talante y mi apetito a su antojo y me reparten las pasiones y las voluntades igual que los naipes marcados de antemano. Quedo desnuda y a su merced, rendida ante sus trampas.





El frío, la lluvia y la nieve, voltean mi carácter. Una mirada de soslayo al jardín recién duchado, un súbito escalofrío o el fleco de una bufanda asomando indebidamente, me transmutan en plomiza y  apática unos días,  tormentosa y colérica, otros. Destemplada y desapacible, siempre.

Por no hablar de la pereza que me produce el ropaje invernal. Botas, guantes, gorros, jerseys de cuello alto, abrigos...Un aterrador prontuario de accesorios que calcinaría uno por uno en una hoguera si pudiera y desterraría de mi  armario por siempre jamás.  Aunque hay dos que, a mi juicio, se llevan la palma. El insufrible, y siempre molesto, paraguas y las medias. ¡Quién inventaría las medias! Antiestéticas, disformes, opresoras y en las antípodas de poder provocar cualquier deseo sicalíptico en un hombre. Y ni siquiera abrigan. Que alguien me explique su supuesta utilidad, porque yo, al hecho de no llevarlas, sólo le veo ventajas de todo tipo. Sí, la que estáis pensando también.

Pero aterriza el verano y de la misma manera que cambia el perfume en el ambiente, la luz por la mañana y el esmalte del cielo al atardecer, yo comienzo a reverdecer. Una plétora de sensaciones tan placenteras e indescriptibles, imposible de dibujar aquí, en tan solo unas líneas.

Terrazas en las que sentarme a leer  mientras el sol, descocado, se entretiene en mis mejillas, flores por doquier, chiquillos en los parques, bullicio por las calles, jornadas que se alargan, cenas en el jardín, baños en el mar… El mercurio escalando con la misma celeridad que yo cuando me apasiono con algo o con alguien.

La vida, esa que habíamos confinado junto con la ropa impregnada en naftalina,  se escapa de los armarios en forma de sexys y vaporosos vestidos, de jornadas interminables, de pamelas y bikinis, de libros que apetece devorar, de planes aplazados, de confidencias bajo la luna,  de musas que retornan con brío y exigencias, de atrevimiento en las miradas y deseos urgentes e inaplazables. Y de canciones, claro. Porque cada verano está ligado forzosamente a una canción.

Hay un día en el que abro la ventana y el paisaje que me devuelve la vida es el verano de mi infancia y adolescencia, como una película a cámara lenta y subtítulos expresados en emociones. Esos días sin colegio, sin prisas, sin obligaciones, jugando en la calle o en la playa con mis amigos. El bocata, las dos horas de digestión antes de poder volver a bañarte, el primer beso, el octavo o noveno amor, que en realidad siempre era como el primero, las diez como hora límite para llegar a casa, el cine de verano, tu vecino el buenorro o la bronca de tu padre si sospechaba que tonteabas con algún chico.  No podría afirmar con rotundidad si fueron los mejores veranos de mi vida, ha habido muchos especialmente felices y maravillosos, pero sin duda estaban preñados de ilusión, de sueños, de despreocupación, de euforia, de godeo y hasta de cierta desvergüenza, en algunos momentos.

Aunque si tuviera que quedarme con alguno, siempre apostaré por el que está por llegar.

El espíritu del estío se aproxima. Inexorablemente. Y llega para quedarse una temporada. Con él, otro año más, podré seguir llenando mi baúl de intentos, presencias, tanteos, imágenes, besos y vivencias. 

Con el tiempo los recuerdos se deforman, se alteran y, en cierto modo, se falsean. Prescindimos de lo feo y, en defensa propia, nuestra memoria, avispada y selectiva, nos incita a subirnos al tren de los momentos amables y dichosos. Mejor. El trayecto se hará corto y el paisaje, inmejorable.

Lo anticipo, lo presiento y lo deseo.

¡Ven pronto! Te estoy esperando.





Texto escrito por Susana Cañil
Derechos Reservados







domingo, 31 de diciembre de 2017

COSAS QUE APRENDÍ EN 2017



Es irremediable. Cada  diciembre, involuntaria e inevitablemente, vuelvo a hacer balance del año.  De todos esos momentos, convertidos ya en pura historia; una plétora de  vivencias que van a parar a mi mochila, tan rebosante a estas alturas, que tendré que trasladarlas a un trasatlántico o mejor, comprar un nuevo continente para que quepan todas holgadamente.



Este 2017, al que ya le han dado la extremaunción, deja tras de sí su particular testamento y un raudal de sensaciones. Algunas de difícil clasificación. Alegrías, kilos de risas compartidas, decepciones y traiciones, sorpresas, oportunidades, lágrimas, muchos desvaríos, envidias, grandes descubrimientos, amor…También certezas. La de saber que puedo con todo y que jamás renunciaré a ser como soy por intentar agradar a nadie. También esa otra, tan liberadora, de comprobar que todo pasa y que lo que ayer era una montaña de aspecto perverso y tránsito insalvable, hoy es un insignificante pellizco de arena  resbalando entre mis dedos.

No soy de las mujeres que dejan pasar los trenes. Yo me subo a casi todos, sin billete ni destino, aunque de algunos me vea obligada a arrojarme en marcha. Cualquier experiencia, por infernal que sea, contiene su cuota de positivismo y enseñanza. Y en estos 365 días he aprendido muchas cosas:

A no juzgar sin conocer.
Que las personas se delatan cuando no eres tú el que das el primer paso.
Que nadie se muere de amor.
Que la amistad es una carretera de doble sentido.
Que no hay verdades, hay versiones.
Que las acciones, y no el tiempo, sitúan a cada uno en su legítimo lugar, ya sea éste un palacio, un circo o el contenedor de los residuos tóxicos.
A huir de inmediato de todo lo que suponga alejarse de uno mismo.
Que los grandes momentos se esconden tras los pliegues de la cotidianidad.
Que quien no sabe reconocer errores ni pedir  perdón, no puede enseñarte nada.
Que todo lo importante llega cuando ya casi lo diste por perdido.
Que tengo mucha munición, pero no cualquiera merece que la gaste.
Que París valió esa misa.

La pasión, la impetuosidad y las ganas, son mis  fieles compañeras de viaje, desde que me levanto hasta que el sol se oculta. Eso me lleva a pisar muchos charcos, a atravesar jardines con cactus, a bucear entre tiburones y a tener que tratar con serpientes pitones. Por no hablar de los demonios y animales salvajes que habitan dentro de mí. Con tanto peligro, fuera y dentro, salir indemne es misión imposible. Es el precio a pagar por ser inconformista, curiosa y rebelde. Merece la pena. No cambio nada si la otra opción es vivir bajo el paraguas de la molicie, de las normas establecidas, las escritas y las que no, sobrevivir en  color gris… ¡No! Prefiero morir en rojo escarlata.

Hasta llegar a la persona que soy en la actualidad he tenido que degollar Trolls, disparar a Minotauros y comerme unos cientos de Pitufos, y lo que me queda.

El nuevo año que se nos echa encima será a ratos hostil, difícil e insoportable. Y por momentos, placentero, luminoso y transitable. Vamos, lo de siempre. Porque eso es la vida. Una de cal y una de arena. Porque si todo en ella fueran experiencias positivas, ¿qué espacio quedaría para el aprendizaje?
Tendrá de todo, ya que más de 8000 horas dan para un cóctel en el que participan todos los estados anímicos. Como debe ser.
Y así lo afronto. Con cautela y en estado de alerta. Sin grandes expectativas para no caer en el pozo del desencanto y las frustraciones. Pero también con mi paraguas para las tormentas, mi capa protectora para las decepciones, mi vestido de pasión para todos los días del año y la ilusión como ingrediente básico de mi alimentación.

El año se salda con momentos memorables. Los mejores no se pueden contar, ni siquiera imaginar. Tengo alguna cana más, fruto de los disgustos, de las preocupaciones y de las noches en vela. También unas cuantas arrugas que antes no estaban, producto de risas descontroladas, de enfados, de proyectos que nunca cristalizaron, de sorpresas inesperadas, de desencantos, de locuras…de pura vida.
Gracias a todos los que habéis estado a mi lado este año cuando realmente lo he necesitado.

A los que quieran seguir conmigo el camino el próximo año, que me acompañen. Yo sólo les prometo entregarme de la única forma que sé hacerlo: con pasión.
Y a los que no, buen viaje.


¡Feliz año, mis canallas!