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sábado, 20 de febrero de 2021

NO LES DEMOS TODO



Lo más pernicioso que puede hacer una persona con otra, es darle todo. Y en especial, los padres con los hijos, una querencia a la que tendemos con escasas posibilidades de reconducción. Es una opinión personal, como todo lo que escribo. No tenéis que estar de acuerdo, ni lo pretendo. Solo seguir leyendo, si lo estimáis oportuno.

No hay fórmula más eficaz para transformar en piltrafa a un ser humano que proporcionarle todo: comida, casa, diversión...Liquidar sus deudas, alimentar sus vicios, encontrar solución a sus problemas y hasta donarle ideas. Que no tenga que pensar, ni combatir, ni decidir. Que no sepa lo que es sufrir y enfrentarse cara a cara con las dificultades, ni plantarle pelea al miedo, ni reventar obstáculos. Cuando alguien se acostumbra a recibir todo, se acomoda con rapidez en una cálida y adictiva (pero bien peligrosa) zona de confort, que impide ni siquiera imaginar que, a corto o largo plazo, puedan ser provechosos para la sociedad y para ellos mismos.  




Normalmente estos individuos juegan magistralmente con los sentimientos de los demás. Son expertos en aporrear la moral ajena en beneficio propio y asumen con naturalidad el rol de víctima. Consideran que los demás son los responsables de suministrarles todo y si en algún momento esa ayuda deja de llegar a sus manos, siempre culparán al destino, a la fatalidad, al horóscopo,  al vecino, al gobierno, a la virgen del botijo o al sursuncorda de sus desatinos, sus carencias, sus limitaciones y sus temores en una suerte de ejercicio diario, estéril, inicuo y perezoso, con tal que no mirarse al espejo y presentarse.

Instintivamente todo el mundo se sitúa de parte del débil, del frágil, del necesitado. Y sí, es lógico. Especialmente si esa persona es un familiar, un amigo o alguien con el que te une un vínculo de amistad, cariño o amor.   Pero como todo en la vida, también en eso es obligado dibujar los límites; por el bien de esa persona y por el tuyo propio. Debemos, aunque en algunos casos nos cueste muchísimo, establecer fronteras que no se puedan traspasar. Fronteras electrificadas, si fuese preciso. Especialmente en los casos en los que tu equilibrio emocional, familiar o económico amenazan con suicidarse. Y con esto no quiero decir que no haya que ser solidario y generoso. Lo que digo es que hay que socorrer en momentos puntuales y con carácter temporal. Si lo convertimos en algo habitual, evitaremos que saquen a la luz sus capacidades y sus talentos. Y los llevaremos de cabeza a ese particular cadalso en el que malviven los parásitos que habitan esta sociedad.

Cuidado con ciertos personajes, esos que llevan la etiqueta de “frágil” colgando y a la vista, los que asumen como algo intrínseco y natural el estatus de víctima, los que se aseguran de tener asiento vitalicio en la queja, los que creen que los demás hemos nacido con la obligación de solventar sus penas y depositar todo en sus manos, sin seguro a todo riesgo. Este tipo de sujetos suelen encajar en un patrón perfectamente definido. Nos hacen creer en su debilidad, nos trabajan la moral a conciencia y tratarán de convencernos, sin tregua,  de que el mundo ha conspirado en su contra.
Mucho cuidado con ellos, porque en la caída te arrastrarán.

Conozco varios casos muy cercanos. Todos acabarán mal. De hecho, ya caminan por un sendero escabroso. Una calle sin salida. Y no, no me he vuelto pitonisa. Es sentido común y analítico. En ambos casos son madres. Madres con hijos que traspasan los cuarenta, hombres hechos pero no derechos. Inteligentes, preparados, capaces y sin limitaciones físicas y/o mentales que les impidan llevar a cabo un trabajo. En algún momento de sus vidas, como en la de todos nosotros, no supieron o no quisieron sortear los obstáculos que les abordaron por el camino. Recibieron ayuda, física, económica y emocional. Se les enseñó el camino correcto a seguir. Y aunque en un principio parecía que sí, que habían salido del fango, resultó que sólo era un espejismo. Una y otra vez volvieron a las andadas y una y otra vez siempre había, y hay, quien les sostiene. Ambas madres han quedado arruinadas financieramente, devastadas emocionalmente y ahora tienen auténticos indigentes por hijos. Seres que han perdido la capacidad de ilusionarse y de pelear. Creen estar haciéndolo bien y lo único que han conseguido es anularlos del todo por ese exceso de cobijo, de proteccionismo y de amor mal entendido. Por no saber ver que un "no" a tiempo, supone la diferencia entre la salvación o la total perdición.

Y llegados a este punto yo me pregunto. ¿Quién tiene más culpa? ¿El que quiere vivir a costa de los demás, sin enfrentarse a  los problemas y escondiendo la cabeza como el avestruz o el que le ha dado todo permitiendo que se llegara a esa situación, sin posibilidad de vuelta atrás?

Cuántos errores se cometen en nombre del amor. Pensadlo.


Derechos Reservados
Autora del texto: Susana Cañil


jueves, 19 de marzo de 2020

BUSCÁIS MAL; LO EXTRAORDINARIO RESIDE EN LO COTIDIANO.



Llevo un rato largo dando vueltas en la cama sin poder dormir. Son las 3:42 de la mañana y decido aprovechar mi estado de vigilia para hacer lo que mejor se me da, escribir. Ordeno a mis dedos que surquen veloces las letras del teclado de mi ordenador, y a mi mente que no tropiece hoy con la falta de inspiración, pues son muchas las reflexiones que quiero plasmar.




Esta crisis sanitaria global y sin precedentes del coronavirus en la que nos hallamos inmersos, debería hacernos recapacitar de forma inmediata sobre los valores en los que nos apoyamos para transitar por la vida. Me decía un amigo días atrás que este tipo de situaciones hacen aflorar lo peor  y lo mejor del ser humano; le dije que no estaba de acuerdo. La esencia del ser humano siempre es la misma, al margen de los acontecimientos. Los malos, los egoístas, los arrogantes, los amorales, la chusma, la tarasca inhumana…esos van a seguir sin modificar ni una coma de su comportamiento. Tratarán de sobrevivir a costa de lo que sea, manteniéndose a salvo (o eso creen ellos) dentro de su anticuado y quebradizo caparazón, más rancio que el abolengo. La brújula de su moral sólo les indica un camino; el de su ombligo. Una caterva de ingratos e indolentes  que suele tener muchas máximas, siendo tan mínimos. Hedonistas con brillo de garrafón. Los vemos a diario en las redes sociales, ahora que estamos, incluso, más pendientes de ellas; los que salen a correr, montan fiestas, a pasear en bicicleta, a arrasar en el supermercado hasta con lo que no necesitan, los que pasean una mascota de peluche o se bañan en una piscina pública, sin respetar la consigna de quedarse en casa. Si su vida les importa una mierda, imaginaos las ajenas. Siempre hay un tonto de guardia.

Otro ejemplo es nuestra nauseabunda clase política, que en vez de permanecer unidos, para sacar a flote a la gran nación que es España, sólo piensa en su arribismo de burdel, su mórbido ego y en cómo salvaguardar  sus sueldos y sus poltronas con el único fin de convertirlos en vitalicios.  Sus discursos nacen con vocación de tesis doctoral con sobresaliente Cum Laude, pero se quedan en apenas unos garabatos escritos en papel higiénico de marca blanca. Y nunca mejor dicho. Individuos incapaces de empatizar con causas ni personas. Para ellos, la mentira es su filosofía de vida, la humildad el traje de los pobres y el corazón de los demás su particular retrete.

Y de la testa coronada ya ni hablo. Dándonos consejos desde su plácida y ventajosa burbuja, desde esa atalaya con la que se cree por encima del bien y el mal, con un discurso ñoño, perezoso, fuera de tiempo y preñado de demagogia de saldo que no me transmite ninguna tranquilidad y toda la intranquilidad. ¿Con qué autoridad moral se dirige a los españoles cuando guarda tanta inmundicia en la trastienda?  Estuve a punto de sacar el árbol de navidad y cantar un villancico. Que donen a la ciencia algo de su patrimonio. Sus cuerpos no, gracias. A ver si mejoramos las generaciones venideras.
Todos estos indeseables no calibran que esta vez viajamos bien juntitos en la misma patera, vestidos de gris ceniciento y con la diana pintada en la frente. Políticos, deportistas, actores, la chica del súper, tu vecino del quinto, emperadores o mendigos. Todos, por fin, con las mismas posibilidades; las de enfermar. Ahora somos un poco África, con sus epidemias, su hambruna, sus calamidades…esas que contemplábamos con aire de superioridad desde nuestro confortable sofá pensando en lo lejos que nos pillaba todo. Ahora, el azote es mundial. Han sacado a ventilar la alfombra y los piojos nos han alcanzado, a pesar de que  no saben volar.
Y aquí sí hago distinciones. El inteligente sabrá percibir la trascendencia tan grande de este momento y practicar una cura de humildad.  Los limpios de alma, sabrán reconducir comportamientos, agradecer esas pequeñeces de la vida a las que no solemos dar importancia, hasta que las perdemos; dar un paseo, sentarte en una terraza al sol, viajar, ir al cine o a un concierto, salir el domingo al Rastro madrileño, estar con tus amigos o con tu amor, hasta discutir (con la consiguiente reconciliación) se me antoja una belleza. Desde siempre he mantenido mi particular discurso de que sólo hay dos cosas importantes en la vida: la salud y los afectos. Ahora más que nunca me reafirmo en ello.
La vida nos ha penalizado con tarjeta roja, en clave de aviso, en múltiples ocasiones y nosotros haciendo la vista gorda. Nos hemos burlado de ella. En justo castigo a nuestro desdén, nos envía esta plaga con posdata adjunta: “Ahí os apañéis, humanos. A ver cómo salís de esta”. Nos ha mostrado, en una única clase magistral, lo vulnerables que somos. El desafío está servido.
Nadie imagino jamás vivir una debacle de este calibre. Todo lo que nos parecía hercúleo  se ha tambaleado. Hoy, sin espectáculos, ni cines, ni fútbol, ni bares, sin centros comerciales en los que gastar dinero en cosas absolutamente prescindibles, sin salida de emergencia, nos toca vivir mar adentro y fabricar nuestra propia fuente de felicidad. Nos han extirpado la prisa y ahora no sabemos vivir. ¡Qué torpes somos!
Es mucho lo que se puede hacer. A menudo, lo que nos salva de las catástrofes personales son los pequeños gestos y no las grandes gestas. Llama a tus amigos y familiares; preocúpate por ellos y ocúpate de ellos. Hazle la compra a tu anciano vecino o saca a pasear a su perro si él no puede. Regala tus libros, tu música, tu risa o tus letras. Reparte alegría y aísla el egoísmo. Todo suma. Todo es importante. Toda colaboración es bienvenida siempre que nazca del corazón, siempre que sea auténtica y sentida, porque entonces, será eficaz  y perdurable en el tiempo.
Y cuando volvamos a nuestra vida normal, recuerda dar las gracias cada día por todo lo bueno que tenemos que parece invisible, pero no lo es. Será una victoria pírrica, pero aniquilaremos al enemigo, no me cabe duda.
Y recordad: lo extraordinario habita en lo cotidiano. No perdáis el tiempo buscando dónde no es.

Autora el texto: Susana Cañil
Todos los derechos reservados







martes, 21 de noviembre de 2017

EL HURACÁN Y LOS SALVADORES DEL MUNDO



EL HURACÁN Y LOS SALVADORES DEL MUNDO


No me acuerdo del año y tampoco del nombre del huracán porque entre que mi memoria es selectiva y ella por su cuenta mezcla fechas, datos y episodios a su libre albedrío,  siempre termino por imaginar cosas que nunca ocurrieron y marginando otras que fueron realidad. Mejor para mí. Solo sé que era uno de esos que ocupan portadas  y titulares en los periódicos y con el que abren tres días seguidos las noticias en todos los telediarios porque al cuarto, ya no le interesa a nadie. Siempre habrá una noticia política, deportiva o amarilla más apasionante de la que ocuparse.

Miles de muertos y desaparecidos, daños materiales, hambre, caos, incontables estragos, pero sobre todo, destrozos en el alma. De eso, sí me acuerdo. Nada nuevo ni distinto de todos los desastres naturales que hemos tenido que ver en casa después, desde nuestro confortable sofá.

Yo trabajaba por entonces en una gran empresa, en el departamento de recursos humanos que, precisamente de humano, tenía más bien poco, por no decir nada. Un trabajo que daba de comer a mi siempre mermada cuenta corriente, pero que dejaba hambrienta, huérfana y desolada a mi pobre almita, que reclamaba a todas horas creatividad y emociones fuertes.

En todas partes existe la figura del salvador del mundo. Ese que se convierte en adalid de las contiendas perdidas, el que toca el timbre de tu conciencia porque se cree con derecho a ello, el que hace de las supuestas causas justas su bandera y estandarte y pretende arrastrar al resto en su particular cruzada. Y allí, como no, teníamos el nuestro. En este caso, nuestra. Todo un lujo, la pava.

La noticia había saltado a primera hora de la mañana y ella que era de las que siempre llegaba la primera y se iba la última como si fuera a heredar la empresa, ya había movilizado a todo su ejército de escasas neuronas para ser la estrella del día, antes de que pusieran las calles. 






Rápidamente y sin encomendarse a nadie, redactó una breve nota en la que nos “invitaba” a colaborar con una donación destinada a todos los damnificados del huracán. La circular ruló por la empresa entre las casi cuatrocientas personas que formábamos parte de la plantilla, tanto en Madrid como en las distintas delegaciones provinciales con la que contaba la compañía. Desde el presidente hasta el chaval que se ocupaba de los recados, todo el mundo leyó la dichosa notita.

Visto el empeño que la muchacha mostraba en el tema, parecía como si toda su familia hubiese fallecido víctima del ciclón. Pero no, claro. Ella poseía esa temible mezcla de afán de protagonismo, combinada con un puntito de fanatismo por ciertas causas y ese aire de superioridad moral que se gasta este tipo de gentecilla que se cree por encima del bien y del mal. Y todo ello aderezado con un carácter infernal y aspecto a caballo entre un gnomo y la señorita Rottenmeyer. Adorable de pies a cabeza.

Y claro, llegó la hora de la recaudación.
Ni corta ni perezosa estableció un mínimo, según su particular criterio, que por supuesto a todos nos parecía demasiado. Como suele suceder en estos casos, la mayoría de la gente por no enfrentarse, por falta de decisión o valor, por quedar bien o por no tener que aguantar su careto diariamente ante una negativa, aceptó la propuesta y soltó la pasta, no sin antes criticarla y despotricar como hacemos los españoles, en la sombra. ¡Para qué hacerlo a la cara!

Todos, menos yo. Cuando tocó el turno de desfilar por mi despacho le dije simplemente que yo no colaboraba. Su mirada inquisitoria y penetrante se topó unos segundos, que a las dos se nos hicieron eternos, con la mía a la espera de una excusa convincente por mi parte que, por supuesto, jamás llegó. Porque yo no suelo dar explicaciones, casi nunca y a casi nadie, y mucho menos a personas que no forman parte de mi más estricto círculo personal.
Y lo que no tolero jamás es que nadie me sugiera en qué debo gastar, invertir o donar mi dinero.

Cada persona tiene sus razones personales, legítimas e intransferibles para hacer o dejar de hacer ciertas cosas. Razones que los demás ignoramos pero que cuando no coinciden con nuestros intereses, criticamos sin medida, arrojándonos a degüello del que no te sigue el juego; su juego.

Su comportamiento conmigo después de ese incidente no me sorprendió. Como corresponde a todas las personas pequeñas, insignificantes, inseguras y orgullosas, me ignoró y me retiró la palabra, amén de poner un anuncio luminoso en toda la empresa encargándose de que no quedara nadie sin saber que yo era la única que me había negado a colaborar. En vez de tratar de averiguar la causa, a solas conmigo en una conversación. Pero eso hubiera sido pedir peras al olmo.

Curioso que muchos años después me pidiera amistad en alguna red social con un mensaje de alegría inmensa por reencontrarme. Nunca supe si era falta de memoria o la personificación de la hipocresía hecha materia humana. Por supuesto, acepté su petición.

Y a estas alturas del texto os estaréis preguntando por qué razón no contribuí ni con un céntimo.
Hace más de 25 años que dono una cantidad a Cruz Roja. Cantidad que he ido aumentando con el paso de los años y según mi disponibilidad financiera en cada momento. Ni tan siquiera en épocas económicamente muy difíciles para mí o incluso en las que he estado sin trabajo, se me ha pasado por la cabeza eliminar esa donación. Aunque me hiciera falta. He prescindido de otras cosas alegremente. No es una cantidad elevada ni tampoco una miseria, pero es lo que puedo ofrecer y me siento bien haciéndolo porque me sale del corazón.

Yo colaboro todo el año, independientemente de las tragedias puntuales que nos puedan salpicar a todos, que siempre las habrá. No necesito limpiar mi conciencia con nada. Hago lo que puedo, cuando puedo y con quién quiero. Duermo muy tranquila sabiendo que salvar al mundo no es mi misión diaria porque para eso ya tenemos a estos iluminados. ¡Y qué felicidad!



martes, 3 de octubre de 2017

SÓLO SE VIVE UNA VEZ



Cuando era pequeña existía la costumbre, que muchos recordaréis, de tener unos pocos vestidos destinados solamente a los domingos o a ocasiones señaladas. Los niños crecíamos a un ritmo vertiginoso y apenas nos daba para dos puestas. Quedaban sin amortizar, pues, por ese tipo de conductas absurdas que acompañan a una época y que visto ahora desde la distancia me resulta hasta cómico recordar.  Y en el caso de los adultos, me vienen a la memoria trajes maravillosos de mi madre, confeccionados a medida por su modista personal, que acumulaban polvo y estaciones en los armarios, a la espera de  que llegara el  ansiado domingo o esos días "especiales" para lucirlos en su majestuosa belleza, que en el caso de mi madre era inconmensurable.

Este carácter mío, rebelde e inconformista, un cincuenta por cien como resultado del intercambio del material genético de mis padres y el otro cincuenta como decisión personal, provocaban irremediablemente que me sublevara ante tamaña estupidez con apenas cuatro años. Si me gustaba un vestido… ¿por qué no podía ponérmelo cuando me diera la gana? 

Aquí me tenéis de pequeña, posando feliz para el fotógrafo que vino a casa a inmortalizarme ese día. Dicen mis hermanos que luego la lié cuando tuve que desprenderme de uno de mis vestidos favoritos. Y les creo.




Hace cuatro años, tras una desgracia personal, entendí, o mejor dicho, por fin interioricé, la esencia de cuán efímera es nuestra existencia, pero sobre todo, como puede dar la vuelta tan solo en el tiempo en el que centellea un relámpago. No somos conscientes de que estamos de paso por esta calle llamada Vida, y durante un tiempo tremendamente limitado en el mejor de los casos, siempre que Don Destino no decida abordarte en mitad del paseo para invitarte sin miramientos a cruzar al otro lado de la vía.

Fue entonces cuando algo en mi cerebro mutó. Los cables se desconectaron o, tal vez, se conectaron por fin, ¡quién sabe!

El caso es que mis coordenadas vitales se vieron alteradas bruscamente. Había perdido irremediablemente a un ser cercano y querido. Mi hermano ya no volvería nunca más a hacerme morir de la risa con sus chistes malos que él convertía en geniales, ni a recomendarme libros para leer. Ya no discutiríamos sobre política o cine, ni iríamos de excursión por los pueblos de la sierra madrileña. Se iba a perder  el crecimiento de mis hijos, jugar al Trivial en navidad y ver mis libros publicados. Precisamente él, lector voraz y la persona clave en mi vida que sembró en mí la semilla de la curiosidad la primera vez que me puso un libro en las manos.

Siempre he querido que mis días fueran especiales, pero desde entonces lo son todos y cada uno de ellos, según me levanto por la mañana.

No digo que no a ningún plan que me apetezca por muy cansada que esté. He triplicado el número de veces que digo “te quiero” a las personas que me importan. No basta con que ellos lo sepan, hay que verbalizarlo, porque tal vez mañana sea muy tarde y lo que no se dice en alto, no existe. No guardo ropa, perfumes o joyas sólo para lucirlos en días destacados. Los utilizo cada vez que quiero. Mi mente y mi cuerpo están alerta, receptivos y dispuestos para que me sucedan cosas, buenas y malas. He perdido el miedo a los errores y no malgasto mi tiempo con la gente equivocada. Me bebo la vida a granel y por descontado, ya no hago planes más allá de veinticuatro horas.

Si esperamos el momento ideal, las circunstancias propicias y el alineamiento perfecto de todos los planetas para afrontar, emprender, cambiar, romper, modificar o mandar al mismísimo carajo a algo o a alguien, nunca lo encontraremos. Siempre nos devorará esa vorágine en la que vivimos inmersos, preñada de amistades por compromiso, de intercambio de hipocresías, de consejos que no has solicitado, de metas que te son ajenas, de gente anónima que, misteriosamente, pulula por tu vida a diario invadiendo tu intimidad sin ningún escrúpulo.

¿Cuántas veces nos hemos preguntado este año a nosotros mismos "pero qué coño hago aquí"?

Hoy es un día extraordinario por la única razón de que estoy viva.

Si hoy brilla el sol, lo quiero entero para mí. Y mañana, ya lidiaré con la tormenta. Pero eso, será mañana.

Autora del texto. Susana Cañil
Derechos Reservados



domingo, 23 de abril de 2017

LOS LIBROS, MI FAMILIA Y OTROS ANIMALES

Los libros han formado parte esencial de mi vida desde que era pequeña. Son casi un apéndice más al final de mis brazos. Sin ellos no entendería mi existencia y mi corazón latiría a medio gas.  
Soy la menor de cuatro hermanos, todos mucho mayores que yo. Digamos que llegué al mundo cuando nadie me esperaba. Cuando parecía que las vidas de mis padres y hermanos estaban encauzadas  y en equilibrio, aterricé yo para alterarlo todo y convertir el orden en desorden. La tranquilidad en agitación. El sueño en vigilia. Un caos, un auténtico galimatías. Ellos dicen que un caos inesperado pero maravilloso, aunque a estas alturas de mi vida,  tengo serias dudas al respecto de que así fuera. Porque yo me pregunto,  ¿a qué hermano con 20 años le apetece de repente tener en casa a un bebé llorón y exigente que reclama atención las veinticuatro horas del día? Por no hablar de mi madre, que con casi 45 años volvía a empezar con biberones, pañales y noches en vela.

La diferencia de edad con mis hermanos, todo un abismo generacional, no supuso una brecha en cuanto a los sentimientos se refiere, no así en mi relación con ellos.  ¿Qué podía tener en común, además del siempre sobrevalorado vínculo de la sangre, con una hermana veinte años mayor que yo? Absolutamente nada. Transitábamos por universos tan ajenos, que cuando fui  realmente consciente de ello, los libros habían desbancado a los que tenían que haber sido mis compañeros de juegos en circunstancias normales.

Recuerdo nítidamente que en mi casa había mucha lectura. Temáticas muy variadas y, en ocasiones, libros poco recomendables  para una mente inquieta y exploradora como la mía, pero aún en proceso de desarrollo. Entonces yo era una catasalsas sin criterio definido, situación que el tiempo se ha ocupado de cauterizar con rudeza, por fortuna.  Si bien no es menos cierto, que al vivir en un ambiente tan “adulto” maduré a una velocidad vertiginosa.  No me quedaba otra. Así fui dejando atrás la infancia e ingresé  de lleno en la adolescencia con matrícula de honor y la señorita  lectura como mi íntima amiga, a falta de una de carne y hueso con la que sintonizara de verdad. Los libros me lo contaban todo, no molestaban, no cuestionaban y no mentían. Todo estaba allí. ¿Qué más necesitaba?

Con la llegada de la juventud, ya había dejado muchos cadáveres en la cuneta: las amistades que más o menos soportaba antaño, ya no me satisfacían.  Por no hablar de los hombres. Con dieciocho años yo salía con chicos diez años mayores que yo y ellos todavía seguían trepando por los árboles y bebiendo Fanta. Un horror.  De nuevo, otro precipicio al que enfrentarme. El segundo de muchos por los que he tenido que arrojarme. Todo eso condicionó, moldeó y determinó  mi carácter, mis gustos y mis amistades. Me volví tan exigente seleccionado  tanto personas como libros.

Amores, desamores, tristezas, alegrías, desengaños, encuentros, desencuentros, amistades, pérdidas, noches en vela, anécdotas… todos ellos siempre vinculados a algún libro.  No hay recuerdo importante, episodio relevante o situación crítica o feliz en mi vida que no pueda emparentar a una lectura en ese momento. Igual que otros ligan recuerdos con canciones, yo lo hago con los libros.

Libros que me han marcado o han dejado una huella indeleble en mi persona, que han sufrido mudanzas, que han cambiado de manos, que se han extraviado temporalmente y que, milagrosamente, han retornado a mis manos y  permanecen conmigo. Libros comprados, prestados, alquilados o regalados. Libros que busqué o que ellos me encontraron. Testigos excepcionales  y mudos que se llevarán a la tumba muchos secretos inconfesables, momentos divertidos, amores de película, viajes exóticos, conversaciones sireneras, sexo intemperante, mentiras temerarias, apuestas arriesgadas y todo lo que aún me queda por vivir.

Tus grandes amigos en cualquier soledad. Incluso cuando estás rodeado de gente. Aliados, silentes, insobornables, fieles, palpables, sabios, oportunos…

LOS LIBROS

Texto escrito por Susana Cañil
DReservados






jueves, 5 de enero de 2017

BYE, BYE NAVIDAD




BYE, BYE NAVIDAD


Llevo desde el día 2 de diciembre escuchando la frase “Feliz Año” y lo que me queda. Porque parece que se abre la veda en el mes noviembre y la gente se cree que puede seguir felicitando el año hasta el mes de abril así, sin ningún pudor.

Feliz año. Dos palabras que encierran una insustancial fórmula de cortesía que repetimos como autómatas a cada persona que nos sale al encuentro. Igual que si nos hubieran programado el cerebro para que en cada época del año soltemos esas expresiones tan trilladas como artificiales, pero tan políticamente correctas. Y luego llegará San Valentín, la Semana Santa, el verano...y en cada una de esas ocasiones nuestra mente se vuelve a reprogramar con nuevas instrucciones para que reemplacemos el “feliz año” por “feliz verano” o lo que toque. Todo tan cumplido, tan urbano, tan disfrazado.




Todas esas personas que no hacen el más mínimo amago por verte o por saber de ti  durante trescientos sesenta y cuatro días y que el 31 de diciembre se descuelgan deseándote paz y amor con un mensaje enlatado y frío,  mil veces repetido y que envían de forma indiscriminada por whatsapp a todos sus contactos…¿a quién creen que engañan? ¿a qué juegan y qué pretenden?

Porque la realidad es que cuando llega el momento de la verdad, y necesitas el apoyo, la ayuda o la atención de alguien es entonces, y sólo entonces, cuando te das cuenta de que la apariencia es el bello y primoroso papel de regalo que envuelve a nuestra sociedad. Tan hermoso como postizo. Tan delicado como peligroso.

Conozco a personas que mutan en navidad. Por unos días el espíritu navideño se apodera de ellos, incomprensiblemente. Y si eres todavía inocente y aun  crees en los cuentos de hadas, hasta podrías pensar que los milagros existen y la gente puede invertir su esencia. Mentira. Solo espejismos. Cuando llega el 7 de enero vuelven a ser los mismos mezquinos, deshonestos e hijos de puta de siempre. Auténticos canallas. Y aquí aplico el término canalla en la peor de sus versiones.

Este año he podido comprobar todo esto más que nunca. Los reveses de la vida te golpean inevitablemente pero, a la vez, destapan esa venda de tus ojos ubicando a cada uno en el lugar que legítimamente le corresponde, ya sea éste un palacio, un circo, la esquina de un polígono industrial, las cloacas o el mismo Olimpo.

Este año que se ha ido he constatado que la familia no es con la que compartes lazos sanguíneos ni el cordero navideño, sino con la que compartes transfusiones de risas, de momentos, de favores, de charlas y de felicidad. Que los amigos de verdad, estaban, están y estarán. Y que los que han salido de mi vida, es porque no merecían estar en ella.

Que hay personas que llegan a tu vida para enseñarte que otras sobran.

He entendido que el amor tiene que ser el intercambio de generosidad, de ganas y de detalles en dos direcciones y que cuando sólo transita por una, está condenado al fracaso.

Y he comprobado, para mi desgracia, como el ego y la vanidad son capaces de dirigir la existencia de alguna persona.

La vida es un juego de intenciones, de intereses y de intercambios. De réditos y créditos. De envites arriesgados y puertas con llave maestra. De rivalidades y desafíos, en donde tanto el debe como el haber deben estar en perfecto equilibrio si no deseamos naufragar. En realidad eso es así durante todo el año, pero en esta época se camufla en forma de generosas intenciones. Pura y repugnante comedia.

¡Cuántas cosas tendríamos que dejar de hacer por educación, por miedo, por comodidad o por satisfacer a alguien! ¡Cientos! Ya os lo digo con absoluta certeza. Podría hacer una lista tan larga como para empapelar mi casa. No voy a mencionar ni una. Prefiero que las personas que lean esta entrada recapaciten sobre ello.

Y luego está la dichosa palabra. Feliz. Cuando alguien te desea felicidad,  ¿a qué se refiere exactamente? La felicidad es algo tan intangible, tan fugaz e impreciso, tan abstracta e indefinible. Lo que a mí me inunda de energía, de ánimo y de entusiasmo, puede estar en las antípodas de lo que impulse y motive a otra persona. Y la gente menciona la palabra felicidad con esa liviandad… ¡Insensatos!

Al año que comienza sólo le pido que no me robe nada, que me sume y no me reste. Que me permita seguir disfrutando de salud y de los afectos de la gente que me importa de verdad. Todo lo que le pido no tiene precio pero sí un incalculable valor.

No puedo intervenir en la salud, pero sí puedo cuidar y mimar a la gente que quiero y que me quiere y también puedo volcar mis esfuerzos en encontrar todos los días un momentito de felicidad. Simplemente eso, ya es una victoria.

Todo lo demás, es lo de menos.



miércoles, 16 de noviembre de 2016

ZOMBIES


ZOMBIES


Esa gente que opta por cómodas alianzas en vez de por enfrentamientos sinceros.

Que prefiere cuevas seguras y cálidas en donde nunca acontezca nada, a hogares que parezcan hoy una verbena y mañana un manicomio, pero siempre una descarga eléctrica de vida.

Esas personas que eligen transitar por una existencia lineal a tener que abonar el  oneroso arancel de vivir en una montaña rusa.

Que prefieren compartir su vida con una persona por la que no sienten nada, al desafío de tener que amar a alguien de verdad con todas sus consecuencias, porque eso significa que habrá momentos de dolor, desazón y fluctuaciones.

Los que presumen de ser arriesgados porque surcan un océano en calma durante un crucero vacacional, cuando los verdaderos valientes lo atravesamos en una  rudimentaria balsa y bajo la tormenta del siglo, dispuestos a fenecer si la causa nos parece apropiada.

Los que mienten una y otra vez, a sí mismos y a los demás, haciendo del disimulo toda una filosofía de vida y del subterfugio su espuria coraza. Y además, insultan la inteligencia ajena pensando que el resto se lo cree solo porque, prudentemente, silencian.

Los que por temor no expresan lo que sienten, no sea que el otro no comparta las mismas emociones y quede por tonto. ¡Cómo si eso fuera lo importante!

A los que por un orgullo mal entendido no dan el primer paso y se quedan sin saber para siempre qué hubiera sucedido en caso de hacerlo. Y lo más grave, como hubiese transformado su existencia esa palabra, ese beso, esa llamada, ese mensaje, ese intento, esa disculpa…Ese “no me rindo”.

Los que se refugian entre amistades de interés, su particular coro de palmeros, porque de ellos siempre escucharán todo lo que desean oír, ya que la verdad es una invitada  demasiado incómoda para que se quede a cenar.

Esos cuyas vidas están preñadas de actividades y personas que ocupan espacio pero no llenan vacíos.

Los que confunden deliberadamente excusas con razones para no afrontar la realidad y tener un lujoso y falso titular en el que apoyarse.

Los que culpan al destino, a la fatalidad, al horóscopo,  al vecino, al jefe, a la virgen del botijo o al sursuncorda de sus desatinos, sus carencias, sus limitaciones y sus temores en una suerte de ejercicio diario, estéril, inicuo y perezoso, con tal que no mirarse al espejo y presentarse.






Los que solo saltan con red, los que nadan en la orilla, los que colorean sin salirse de la línea, los que rechazan la belleza de lo imperfecto, los que apuestan solo si saben que van a ganar, los que tienen querencia a su zona de confort, los que no infringen normas, los que  nunca pierden los papeles ni asaltan jardines, los que llevan paraguas en agosto, los que nunca improvisan ni franquean vallas, los que no acceden por puerta traseras ni se cuelan en el metro, los que solo viajan con billete de ida y vuelta, los que no creen en la magia, los que viven con un corazón artificial y guardan otro de repuesto en la nevera. Muchos. Demasiados…Por cobardía o por miedo, que viene a ser lo mismo. Zombies. Muertos en vida, los llamaba mi madre. Gente que ha perdido la capacidad de ilusionarse y de pelear. Que prefiere dejarse abrazar por la rutina y el tedio porque es más cómodo que tener que palpitar y menos doliente.

Que no se trata de ser temerario, sino valiente. Pero es que la valentía es un valor que no cotiza en bolsa, ni se hereda, ni puntúa, ni cuenta como un plus en tu nómina, ni te asegura un sitio en el cielo, ni te procura dividendos. La valentía no es tendencia. El riesgo, el arrojo y el coraje son los ingredientes del puchero donde se nutren los valientes. Y para los que no lo son, esa mixtura les provoca una severa alergia, en los casos más leves y muerte súbita en los corazones más pusilánimes. Ya he visto a varios morir así y los que me quedan.

La cobardía de escoger vivir en reposo, sin altibajos, sin portazos al corazón. Esa existencia gris vecina de rellano de la muerte. El horrible caos de vivir en calma. 


Yo prefiero vivir sin hacer pie.

lunes, 7 de noviembre de 2016

LOS ENIGMAS DE MAMÁ Y UN VESTIDO AMARILLO

LOS ENIGMAS DE MAMÁ Y UN VESTIDO AMARILLO



Estoy en el Teatro Real, sentada en una butaca y en breve dará comienzo la ópera que he elegido para esta ocasión. A mi lado, mamá. En su caso es la primera vez que va a disfrutar de un espectáculo así y la percibo alegre y expectante. Sigue bellísima a sus 82. Su cutis níveo sin una sola mácula, su pelo negro, sus rasgos perfectos, su elegancia natural…Está claro que la que tuvo, retuvo. Ha elegido un vestido precioso que no conozco y lleva un par de joyas muy sencillas pero exquisitas. Mamá nunca ha sido de baratijas ni charoles. Siempre escaso y de calidad, si se podía. Y si no se podía, pues nada. Siempre menos, me repetía hasta el desmayo. Detestaba a esas mujeres que se volcaban encima el joyero y salían a la calle vestidas de árbol navideño o lámpara Chandelier. Odiaba la vulgaridad en todas sus manifestaciones.

De ella he heredado sus rasgos, su carácter indómito y su fortaleza. Y por supuesto, su gusto por vestir bien en forma de lecciones diarias. Asignatura que, por fortuna, siempre atendí con interés y disciplina y que, pasados los años, me fue de inestimable ayuda en la vida, tanto en la profesional como en la personal.





Antes de que nos queramos dar cuenta, la función ha terminado. Aplausos, lágrimas, emoción, gentío…El telón desciende y con él, la tramoya, los artistas y la magia. Las luces se atenúan y la gente va esfumándose, hasta extinguirse por completo. Nos quedamos solas, pero nadie nos invita a marcharnos. Tampoco deseamos hacerlo.

Y ahí, en medio de una absoluta oscuridad y un silencio inquietante, mamá y yo hablamos de todo. Sin aspavientos, sin acritud y sin reservas. Me dice que la vida es una catarata constante de aciertos y desaciertos, de hermosura y fealdad, de trayectos con paisajes áridos, que mudan en un instante con un simple aleteo de pestañas, a otros fértiles y agradables por los que transitar. Que nada es eterno, ni definitivo, ni tan siquiera la verdad, porque la verdad es subjetiva y habita en cada uno de nosotros. Me dice que debo tener paciencia y fe. ¡No fastidies, mami! Lo de la paciencia podría entenderlo a duras penas, pero lo de la fe, mamá si tú eres atea, ¡joder!  Y aquí le ensarto sin piedad dos de mis Cañilismos  para que no vuelva por ahí.

Le he puesto un chip a mi paciencia, por si la pierdo.

La fe. Esa prostituta que debería perder su empleo.

Ignora por completo mis lúcidas frases e interrumpe su discurso para darme una dirección, por si se le olvida, dice. Típico de ella. No entiendo muy bien a qué viene eso, pero me lo apunto en un papel porque todo lo que dice mi madre, tarde o temprano encuentra su sentido y su acomodo en un minúsculo recodo del intrincado universo. No del Universo, de MI universo que es el que a ella le desvela.

Después del inciso con la misteriosa dirección, me regala un último consejo: Hija, nunca te vistas con ropa que no es de tu talla.
Me quedo un poco perpleja con su comentario, pues estamos en una charla seria y trascendental, pero en cuanto continúa  hablando,  ya sé por dónde va.

Si te pones una prenda que te queda pequeña solo porque te gusta, pensarás que con el uso reiterado podrás domarla y te quedará perfecta. Nunca será así. Lo único que conseguirás es que salten las costuras, que te apriete, te incomode y que al final, la deformes y ella, por despecho, altere tu figura y tu ánimo. Terminareis odiándoos mutuamente. Si por el contrario la prenda es demasiado ancha, ésta, jamás encontrará su sitio en tu cuerpo, perdida, insegura e incapaz de satisfacerte cada vez que te reflejes en el espejo. La ropa y las personas deben encajar en ti con naturalidad y sin constreñir, igual que si fueran piezas de un puzle.  Que ambas saquen a relucir lo mejor de ti y tú, lo mejor de ellas. Igual que un traje confeccionado a medida.

Voy a decir algo sobre eso, cuando de repente las luces vuelven a encenderse. El patio de butacas abarrotado aplaudiendo como si no hubiera un mañana. Me miro y para mi sorpresa llevo puesto un espectacular vestido amarillo en seda salvaje que no sé de dónde ha salido, porque yo no he llegado vestida de esa guisa. No doy crédito. Me giro buscando una respuesta pero… ¡mamá ya no está! Ya lo ha vuelto a hacer. Aparece y desaparece a su antojo y voluntad, dejándome enfrascada entre consejos, enigmas e interrogantes, hasta la próxima visita. No importa. La quiero, me quiere y no hay distancia, tiempo ni orfandad entre nosotras.

Salgo al exterior entre la muchedumbre  y me doy cuenta de que además llevo puestas las dos alhajas de mi madre; un anillo y unos pendientes. Mis talismanes.
En la calle es de día y la gente me mira sin recato. No me extraña, soy una figura anacrónica paseando en pleno día vestida de gala. El vestido es precioso, largo hasta los pies, llamativo y yo me encuentro bella, liberada y briosa. Me voy parando en cada escaparate para mirarme, porque sí. Porque me da la gana y porque me lo he ganado. Desprendo tanta luz que hasta el sol me va a denunciar por competencia desleal. Que lo haga. ¡Desplegaré mis alas y planearé hasta él para responder con insolencia!

Ya no importa. Mirada alta y al frente, paso seguro desde mis siempre puntuales diez centímetros con los que hoy podría escalar el K2, mis labios frambuesa y mi melena al viento. Camino en busca de esa dirección que ya me intriga y dejo atrás todo lo que impedía que fuera yo al cien por cien.

Despierto del agradable sueño y me acuerdo de todo, lo cual es rarísimo porque prácticamente nunca me sucede. Son las cuatro de la mañana, pero no puedo permitir que ni un solo detalle de este ensueño se evapore. Desciendo las escaleras con sigilo, enciendo el ordenador y preparo la entrada que hoy leéis en mi blog. Mis dedos vuelan por el teclado a tal velocidad que mis palabras van a necesitar una camisa de fuerza para que no desborden. Ya dormiré mañana o pasado.

Continuará…