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martes, 8 de septiembre de 2015

MIS DEMONIOS Y YO


Todos tenemos nuestros demonios. Y el que diga lo contrario, miente.
Los míos son viejos conocidos. Los tuteo, los recibo en casa, charlamos, algunos se quedan una temporada, algunos mueren de aburrimiento y entonces vienen otros nuevos a darme el tostón. 
Con alguno he llegado a un acuerdo: yo te ignoro y tú no me molestas.
Con otros mantengo un despiadado litigio, de duración indeterminada y ganador incierto.

A unos pocos he tenido que exterminarlos sin compasión, o la difunta hubiera resultado ser  yo.

He aprendido a torearlos y a tolerarlos. Siempre manteniendo la distancia precisa para que no escapen de mi campo de visión.

Ayer vinieron todos en masa. Visita de cortesía, dijeron.  He hablado con ellos, igual que cuando conversas con el perverso enemigo, al que odias con todo tu ser, pero a la vez respetas e incluso, en algún momento, temes. Marcando mi territorio con el aroma de la arrogancia y el valor, pero haciéndoles un floreado rendibú como corresponde a cualquier anfitrión. 

Anoche durmieron debajo de la cama. De vez en cuando me agachaba y les preguntaba si se encontraban cómodos. Parece ser que sí. Me han dicho que no se quedarán mucho esta vez. Tienen otras almas que visitar. Perfecto. A enemigo que huye, puente de plata.

La relación con los demonios interiores debe ser así. Si tratara de aniquilarlos, perdería toda mi esencia, mi chispa, todo aquello que me hace diferente, briosa y atrayente. Me convertiría en un ser anodino e invisible. Pero sobre todo, me convertiría en una mujer incapaz de inventar armas para gestionar los momentos espinosos con los que la vida te pone a prueba casi a diario.

Mis demonios consiguen que todo lo bueno que hay en mí, brille con mucha más intensidad.

Así que, como dicen, si no vas a amar mis demonios, por favor, no trates de sacarme del infierno.


jueves, 16 de julio de 2015

BIEN VS MAL

Siempre he creído que entre los cuentos y la despiadada  realidad, apenas existe diferencia. Es más, tiendo a pensar que todos los cuentos se basan en historias reales, sufridas y vividas en primera persona.

Cualquier leyenda o historia que se precie cuenta con ese personaje malvado, que por cierto, es el que más nos gusta. Porque, ¿qué interés tendría cualquier relato, historieta o novela, sin el villano o la bruja de turno? Sinceramente, ninguno. No nos engañemos. Es necesaria la presencia del mal para que el bien tenga sentido y justificación. Para calmar conciencias. Para hacernos creer que al final los buenos siempre vencen. Aferrarnos a esa idea para sobrevivir. Pero todos sabemos que, en muchas ocasiones, los finales felices no existen.

Y  yendo un poco más allá, la infelicidad, la tristeza, el dolor y la malicia tienen que existir. Es irremisible, sano y oportuno que así sea.

En la vida cotidiana te los encuentras (a los malos) y los sufres  en todas partes: en forma de novio infiel, jefa tirana, compañera trepa, inútiles ocupando cargos que no les corresponden, ex de todas las calañas, amigas envidiosas, familiares parásitos, trabajadores negligentes, vecinos conflictivos, suegras perversas, aspirantes a gigolós de tres al cuarto y hasta seguidores en el Face a los que solo les interesa cotillearte y, en alguno casos, hasta robarte ideas, por citar un puñado de ejemplos.

Todos albergamos en nuestro interior a uno o varios de esos personajes, que sacamos a pasear a lo largo de nuestra vida cuando las circunstancias nos obligan, en algunos casos. En otros, por puro placer. Y en los menos, porque  en la naturaleza del individuo prevalece la condición de monstruoso y ruin.

La idea es que exista un equilibrio en nuestra personalidad.  Mostrar lo mejor de nuestra esencia con quien se lo merece, pero ser implacable con quien te daña.

Me fío tan poco de la gente  supuestamente buenísima como de la gente  aparentemente malísima.

Es más. Casi me fío más de los malos.