Seguidores

Mostrando entradas con la etiqueta identidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta identidad. Mostrar todas las entradas

domingo, 15 de enero de 2023

LA VENGANZA


LA VENGANZA



“La venganza es el manjar más sabroso condimentado en el infierno”. 
Walter Scott


Fantástica la frase de este escritor británico. Aunque más bien suena a sentencia.

Sobre el sentimiento de la venganza cada uno tiene su propia opinión. Casi todo el mundo dirá que no merece la pena. Y en cierto modo, estoy de acuerdo. Si tuviéramos que ir devolviendo con la misma moneda cada vez que alguien nos provoca sufrimiento o nos ofende, nos pasaríamos media vida invadidos de odio, rencor y sentimientos negativos. Por no mencionar la pérdida de tiempo que supone invertir en malquerencias pudiendo hacerlo en emociones que regocijen tu alma y te reconcilien con el entorno.





Pero por supuesto, una cosa es la teoría y otra muy distinta, la práctica. Aquí todos somos muy comedidos y políticamente correctos hasta que nos toca a nosotros. O nos tocan a los nuestros. O a nuestro honor, o a nuestro dinero o a nuestra dignidad. Hasta que un hijo o hija de puta se cruza en nuestro camino dispuesto a machacarnos a fuego lento porque se cree con el derecho de poder hacerlo y salir impune. Entonces damos un giro copernicano y descubrimos que ese sentimiento de venganza es puro instinto radical, visceral, profundo y endémico que habita con naturalidad en cualquiera de nosotros, y late con desesperación desde las entrañas de nuestro ser queriendo aflorar en su peor versión. Pocas veces en mi vida he sentido ese furor, esas ganas insensatas, pero irrenunciables, de que otra persona experimentara sufrimiento. Y aquí no me refiero al físico, sino al emocional que es mucho más pernicioso. Y lo digo sin remilgos. 

Muchos expertos han estudiado y analizado el comportamiento de las personas a lo largo de la historia, llegando a la conclusión de la que la venganza “tiene una función de protección dentro de una comunidad”.

Pensad, por ejemplo, en alguien que hiciera daño a vuestros hijos, que os involucre en un delito que no habéis cometido o que os haya humillado hasta perder toda vuestra autoestima. Quien diga que no tiene sed de venganza, sencillamente está mintiendo.
Yo aquí distinguiría entre desquite o desagravio, que viene a ser algo más reposado y socialmente aceptado, y la venganza pura y dura, que  no consiste en resarcir el daño que nos han hecho, sino que lo que persigue no es otra cosa más que el otro padezca en sus propias carnes el dolor que te ha ocasionado a ti. Una réplica exacta. Y si puede ser más intensa, tanto mejor.

A lo largo de nuestra vida, el impulso de revancha  (yo abogo por diseñar por una creativa, elegante, planificada) es ineluctable y yo diría que hasta necesario. Es humano y es legítimo sentir y pensar así. El daño, el dolor ocasionado de forma gratuita por gente mezquina requiere una respuesta en la misma línea. Que el otro sienta en su propia piel el padecimiento que infligió. Es cierto que con ello se persigue un objetivo más humillante que reparador, pero ¡qué placer tan increíble cuando lo consigues! Efímero, sí, pero placer al fin y al cabo. Porque eso de poner la otra mejilla me parece tan absurdo como imposible de cumplir.

No creo que el ser humano esté dispuesto ni capacitado para perdonar todo. Ni siquiera considero que sea sano hacerlo. Y con esto no hablo de acumular rencores, de fomentar enemistades o sentarse a descansar en la inquina de forma permanente, hasta verse apresado en un bucle del que ya no puedas escapar. No. Simplemente hay ocasiones en las que hay que dar salida en forma de malevolencia y que esa persona sepa que no se ha salido con la suya. Que ser malvado y retorcido tiene un precio.

Con los años he aprendido dos cosas fundamentales; una, tener paciencia. Saber que no todo llega en el momento y las circunstancias que uno desea. Que por mucho que quieras y provoques una situación, sólo pasará cuando tenga que pasar. Porque a cada cerdo le llega su San Martín, de eso no me cabe ninguna duda. La otra es que he aprendido a canalizar mi furia a través de la escritura. Escribir relaja, sana, desatasca, estimula, libera, emociona, divierte. Escribiendo puedes contar, criticar, evaluar, despellejar, maquinar, transgredir. Escribir es una magnífica y saludable terapia y si sabes hacerlo bien, la mejor venganza puede ser la literaria. O la peor, según se mire. Tan chispeante como demoledora, porque te puedes permitir cualquier licencia.

La capacidad para perdonar no nos viene de serie en los humanos. Hay que ejercitarla, pero eso sí, focalizada solo hacia aquellas personas que merecen ser perdonadas.

Es necesario saber distinguir entre perdonar y pasar página para no hacerte a ti mismo más que el daño indispensable.

El perdón no debe ser forzado ni tampoco fingido, porque entonces ni sirve ni resuelve  nada. Se convierte en un sentimiento vacuo y carente de credibilidad.

 Y tú, ¿perdonas, te vengas o escribes? Yo escribo mucho.





miércoles, 25 de julio de 2018

MUERTE A LA TALLA 36




Ya estamos inmersos en el verano y como cada año por esta época, volvemos a ser bombardeados con mensajes a través de los medios de comunicación sobre cómo conseguir un supuesto cuerpo 10 de cara al estío. Da igual el esfuerzo que emplees en querer obviarlos; te atosigan desde la televisión en forma de cremas milagrosas, dietas infalibles y potingues variados. Te asaltan en cada esquina con carteles de dimensiones gigantescas mostrando chicas anoréxicas en bikini como estereotipo de belleza ideal, en la parada del autobús, en las páginas de cualquier revista, seria o menos seria, que hojeas mientras esperas en la consulta del médico. La radio no se queda atrás. También insisten con sus machacones anuncios de gimnasios, clínicas o soluciones estéticas invasivas, en las que el bisturí es el arma menos letal; todo para conseguir el trasero perfecto o el pecho ideal.


Y yo me pregunto, ¿Ideal para quién? ¿Quién marca los cánones de belleza? ¿Por qué si no utilizas una talla 36 te quedas fuera del circuito de “las elegidas”?

100%  Ideal = 100%  Irreal 

@susanacañil


Estar delgada se ha convertido en una obsesión para muchas niñas, adolescentes o, incluso, mujeres hechas y derechas. A base de hacerlas creer, erróneamente, que convertir el cuerpo de una mujer en un amorfo saco de huesos les hará ser la reina del baile, han conseguido transformar sus prioridades e inocular en su cerebro ese enfermizo mensaje que tiene gravísimas consecuencias en muchos casos.




Y lo peor es que, en más ocasiones de las que creemos, la coerción parte del entorno más cercano; la familia y el círculo de amistades, de forma intencionada o no, se encargan subrepticiamente de intoxicar la relación que uno mantiene con su cuerpo conviviendo, de ese modo, con el enemigo en casa. Incluso para las que siempre hemos sido de carácter sólido, con ideas claras e impermeables a las influencias, ha habido momentos en los que hemos flaqueado ante esa presión. En mi caso cuando tenía unos diecisiete años. Tan solo fue un período corto y puntual, hasta que interioricé y asumí que yo era una chica con curvas y que esas curvas volvían locos a la mayoría de los hombres. En el mismo momento en que dejé de hostilizar con ellas, queriendo transformar  mis ondulaciones en aburridas líneas rectas, se acabó el conflicto; las incorporé a mi vida como aliadas y no como enemigas.

Quiérete, cuídate, valórate. Eres la persona que más se va a necesitar.

@susanacañil


Pero no todo el mundo posee, por desgracia, esa fortaleza. Si hablamos de adolescentes o jóvenes cuyo débil carácter se rige por la permeabilidad y la inmadurez y, además, da pábulo a toda información externa que aterriza en su cerebro, nos encontramos de frente con toda esa parte de la población femenina susceptible de caer en las peligrosas redes de la bulimia, la anorexia y todo tipo de desórdenes alimenticios que las llevarán a arrastrar secuelas irreversibles el resto de su vida.

Suspendes si necesitas el aprobado ajeno.

@susanacañil


Son muchas las razones que pueden llevar a una persona a sentir verdadera obsesión por mantenerse delgadas o prestar una desmedida atención por su aspecto exterior. Algunas de carácter físico y/o emocional y otras como producto de etapas complejas en su vida que no saben asimilar y reconducir: carencias afectivas, pérdidas de seres queridos, sucesos traumáticos, fracasos escolares, decepciones amorosas, la propia genética de la persona o el hecho de necesitar la aprobación a toda costa de una sociedad cada vez más mórbida que ensalza y premia el continente por encima del contenido.


Todos deberíamos colaborar para exterminar esa presión que nos imponen para sentirnos desdichados con nuestro cuerpo. Nuestra autoestima NO depende de los estándares establecidos por un colectivo al que le mueve más los números y la fama que la salud. Atentos a toda la gente de nuestro entorno que nos importa y que dan señales de alarma con cambios sustanciales en su comportamiento. Siempre es mejor prevenir que curar, por lo que el primer ejercicio que propongo para todos nosotros es el de no juzgar, no insultar, no suponer, ni coaccionar y, mucho menos, ridiculizar. Cada uno de nosotros somos únicos con nuestras taras y nuestras virtudes. No tenemos ninguna obligación de gustar a todo el mundo ni de encajar en ningún perfil. Nadie nos va a querer más por ser más altas, más guapas o más delgadas. Y si ese es el criterio que un hombre utiliza como medida del amor…¡sal huyendo de inmediato!


Mujeres del mundo, dejemos de preocuparnos tanto por el número de la talla que usamos o el que marca la dichosa báscula y centrémonos en otras cifras mucho más importantes: la de kilómetros recorridos disfrutando de paisajes, la del número de “te quieros” con que obsequias a tu gente, el número de libros que lees cada año, la puntuación de tu examen, los metros que te separan de tu tienda de chocolate favorita o el número de amigos que pondrían siempre la mano en el fuego por ti. Hay muchas más cifras. Pensad en ellas. Son las que de verdad importan.

La única persona que va a pasar el resto de mi vida conmigo soy yo misma.
Por lo tanto, voy a empezar a llevarme bien con ella.

@susanacañil

viernes, 2 de diciembre de 2016

MUJERES CON MAYÚSCULAS



MUJERES CON MAYÚSCULAS



Las mujeres que merecen la pena, nunca son fáciles de entender ni sencillas en su proceder.
Ese tipo de mujeres tienen aristas, esquinas, recovecos y  meandros. Soles y lunas.  Tinieblas, negruras  y albores.

Atesoran un pasado preñado de ilusiones traspapeladas, de catástrofes emocionales, de batallas libradas y de guerras perdidas. De sueños profanados y  anhelos logrados.

Sobradas de imaginación y delirios, exportadoras de pasiones y expertas en cultivar la esperanza, aunque las tormentas y las heladas jueguen en contra y casi siempre germinen derrotas.

Fuertes, solventes, divertidas, atrevidas y extremas. Decididas a todo si la causa merece la pena. Dispuestas a subirse en una nave espacial, en un unicornio o en una alfombra voladora.

Si te acomodas en su columpio, te empujará el candor de la niña que fue, te elevará la frescura de su adolescencia y alcanzarás a tocar el cielo con la rebeldía de la mujer en la que se ha convertido.
Dispuestas a equivocarse porque les da la gana y a amar prendiéndole fuego a todo.
Las mujeres que merecen la pena llevan determinación en la mirada, picardía en la sonrisa, intenciones en la piel y varios trucos en la manga.

Ellas te llevarán de paseo por las calderas de abismo un día y al siguiente, te transportarán al Edén en un delicioso seísmo de lujuria y placer.
Hoy tsunami y mañana quietud. Hoy agua brava y mañana mansa.

Perfecta dicotomía. Dulce o salvaje. Impetuosa o reflexiva. Pasional o serena. Moderada o excesiva. Pero en todos los casos, siempre en estado puro.





Colonizadoras de un infierno que convierten en Olimpo por pura supervivencia. Vendedoras de almas y almacenistas de desaciertos.

Aliadas de Lucifer o del Señor, según requieran las circunstancias. Amigas leales, soberbias amantes, sacrificadas madres, siempre contoneándose en la cuerda floja entre lo que se debe y lo que se quiere. Lanzarse con red o sin ella. Lo prohibido o lo aceptado. Siempre políticamente incorrectas. Todo al rojo o todo al negro. Sin términos medios.
Ese tipo de mujer es colosal, asombrosa y extraordinaria. Si es así, el camino  no será fácil.  Y si  es fácil, ella no será fascinante.

Vale la pena. No te rindas.

Y si se rinde, el que no merece la pena es él.




Derechos Reservados

lunes, 7 de noviembre de 2016

LOS ENIGMAS DE MAMÁ Y UN VESTIDO AMARILLO

LOS ENIGMAS DE MAMÁ Y UN VESTIDO AMARILLO



Estoy en el Teatro Real, sentada en una butaca y en breve dará comienzo la ópera que he elegido para esta ocasión. A mi lado, mamá. En su caso es la primera vez que va a disfrutar de un espectáculo así y la percibo alegre y expectante. Sigue bellísima a sus 82. Su cutis níveo sin una sola mácula, su pelo negro, sus rasgos perfectos, su elegancia natural…Está claro que la que tuvo, retuvo. Ha elegido un vestido precioso que no conozco y lleva un par de joyas muy sencillas pero exquisitas. Mamá nunca ha sido de baratijas ni charoles. Siempre escaso y de calidad, si se podía. Y si no se podía, pues nada. Siempre menos, me repetía hasta el desmayo. Detestaba a esas mujeres que se volcaban encima el joyero y salían a la calle vestidas de árbol navideño o lámpara Chandelier. Odiaba la vulgaridad en todas sus manifestaciones.

De ella he heredado sus rasgos, su carácter indómito y su fortaleza. Y por supuesto, su gusto por vestir bien en forma de lecciones diarias. Asignatura que, por fortuna, siempre atendí con interés y disciplina y que, pasados los años, me fue de inestimable ayuda en la vida, tanto en la profesional como en la personal.





Antes de que nos queramos dar cuenta, la función ha terminado. Aplausos, lágrimas, emoción, gentío…El telón desciende y con él, la tramoya, los artistas y la magia. Las luces se atenúan y la gente va esfumándose, hasta extinguirse por completo. Nos quedamos solas, pero nadie nos invita a marcharnos. Tampoco deseamos hacerlo.

Y ahí, en medio de una absoluta oscuridad y un silencio inquietante, mamá y yo hablamos de todo. Sin aspavientos, sin acritud y sin reservas. Me dice que la vida es una catarata constante de aciertos y desaciertos, de hermosura y fealdad, de trayectos con paisajes áridos, que mudan en un instante con un simple aleteo de pestañas, a otros fértiles y agradables por los que transitar. Que nada es eterno, ni definitivo, ni tan siquiera la verdad, porque la verdad es subjetiva y habita en cada uno de nosotros. Me dice que debo tener paciencia y fe. ¡No fastidies, mami! Lo de la paciencia podría entenderlo a duras penas, pero lo de la fe, mamá si tú eres atea, ¡joder!  Y aquí le ensarto sin piedad dos de mis Cañilismos  para que no vuelva por ahí.

Le he puesto un chip a mi paciencia, por si la pierdo.

La fe. Esa prostituta que debería perder su empleo.

Ignora por completo mis lúcidas frases e interrumpe su discurso para darme una dirección, por si se le olvida, dice. Típico de ella. No entiendo muy bien a qué viene eso, pero me lo apunto en un papel porque todo lo que dice mi madre, tarde o temprano encuentra su sentido y su acomodo en un minúsculo recodo del intrincado universo. No del Universo, de MI universo que es el que a ella le desvela.

Después del inciso con la misteriosa dirección, me regala un último consejo: Hija, nunca te vistas con ropa que no es de tu talla.
Me quedo un poco perpleja con su comentario, pues estamos en una charla seria y trascendental, pero en cuanto continúa  hablando,  ya sé por dónde va.

Si te pones una prenda que te queda pequeña solo porque te gusta, pensarás que con el uso reiterado podrás domarla y te quedará perfecta. Nunca será así. Lo único que conseguirás es que salten las costuras, que te apriete, te incomode y que al final, la deformes y ella, por despecho, altere tu figura y tu ánimo. Terminareis odiándoos mutuamente. Si por el contrario la prenda es demasiado ancha, ésta, jamás encontrará su sitio en tu cuerpo, perdida, insegura e incapaz de satisfacerte cada vez que te reflejes en el espejo. La ropa y las personas deben encajar en ti con naturalidad y sin constreñir, igual que si fueran piezas de un puzle.  Que ambas saquen a relucir lo mejor de ti y tú, lo mejor de ellas. Igual que un traje confeccionado a medida.

Voy a decir algo sobre eso, cuando de repente las luces vuelven a encenderse. El patio de butacas abarrotado aplaudiendo como si no hubiera un mañana. Me miro y para mi sorpresa llevo puesto un espectacular vestido amarillo en seda salvaje que no sé de dónde ha salido, porque yo no he llegado vestida de esa guisa. No doy crédito. Me giro buscando una respuesta pero… ¡mamá ya no está! Ya lo ha vuelto a hacer. Aparece y desaparece a su antojo y voluntad, dejándome enfrascada entre consejos, enigmas e interrogantes, hasta la próxima visita. No importa. La quiero, me quiere y no hay distancia, tiempo ni orfandad entre nosotras.

Salgo al exterior entre la muchedumbre  y me doy cuenta de que además llevo puestas las dos alhajas de mi madre; un anillo y unos pendientes. Mis talismanes.
En la calle es de día y la gente me mira sin recato. No me extraña, soy una figura anacrónica paseando en pleno día vestida de gala. El vestido es precioso, largo hasta los pies, llamativo y yo me encuentro bella, liberada y briosa. Me voy parando en cada escaparate para mirarme, porque sí. Porque me da la gana y porque me lo he ganado. Desprendo tanta luz que hasta el sol me va a denunciar por competencia desleal. Que lo haga. ¡Desplegaré mis alas y planearé hasta él para responder con insolencia!

Ya no importa. Mirada alta y al frente, paso seguro desde mis siempre puntuales diez centímetros con los que hoy podría escalar el K2, mis labios frambuesa y mi melena al viento. Camino en busca de esa dirección que ya me intriga y dejo atrás todo lo que impedía que fuera yo al cien por cien.

Despierto del agradable sueño y me acuerdo de todo, lo cual es rarísimo porque prácticamente nunca me sucede. Son las cuatro de la mañana, pero no puedo permitir que ni un solo detalle de este ensueño se evapore. Desciendo las escaleras con sigilo, enciendo el ordenador y preparo la entrada que hoy leéis en mi blog. Mis dedos vuelan por el teclado a tal velocidad que mis palabras van a necesitar una camisa de fuerza para que no desborden. Ya dormiré mañana o pasado.

Continuará…


miércoles, 10 de febrero de 2016

HOMBRES MALTRATADOS

No sabe si han sido quince años o dieciocho los que han pasado juntos. Aunque hubieran sido cinco. ¡Qué más da! Hace tiempo que perdió la cuenta, aunque hoy, a él, le fatigan como cien. Hasta ahora, no había reparado en ello. Sólo hasta que tuvo el arrojo y el motivo, potente motivo, para poner fin a esa absurda historia que se había zampado media vida. La suya.

Cien. Y en cada uno de ellos cien toneladas de inapetencia, de infecundidad y de sinsabores. Cien toneladas de reproches y censuras. De sentirse un liliputiense cuando era un gigante. De muchas humillaciones en privado y algunas en público. De escuchar muchos “cállate” o  “no sabes de lo que hablas”. De miradas que no necesitaban ser arropadas con palabras, porque en sí mismas, eran balas exterminadoras directas al corazón. De falta de comunicación y silencios atronadores. De confundir prudencia con miedo y amistad con amor.

Ella preñó su vida de incomodidad y descontento. De horas desiertas y jornadas eternas. Le confinó en una cueva, lóbrega y húmeda, sin camino de retorno ni llave de repuesto. No sólo le privó de luz, sino que poco a poco, consiguió asfixiar la que él poseía en su interior. Liquidó sus fantasías y le vistió con el uniforme color ceniciento de la invisibilidad. En su armario, desierto, ya no colgaban perchas con ilusiones, empeños ni voluntades. Ya tan sólo era un androide cuyo único rastro de pasión palpable se lo proporcionaba su profesión. ¡Bendita profesión! Al menos le ataba a la vida con un hilo de angosta esperanza.

A sus más de cincuenta, él no sabía nada del amor. Del de verdad, claro. Del que te atropella y te arrasa invadiendo tu torrente sanguíneo. Del que llega sin pedir permiso por triplicado y se abre paso a codazos. Del que tumbó sus muros defensivos a golpe de caricias y certidumbres. Pero todo cambió aquel día de noviembre en el que cruzó su mirada con aquella mujer. Entonces ese adventicio equilibrio que gobernaba  su vida, ese statu quo que reinaba en  su hogar, se quebró peligrosamente, inclinando la balanza un poquito. Sólo un poco al principio, pero lo suficiente para volver a poner en marcha la maquinaria de su cerebro y el pulso de su corazón. El hombre que un día fue, había resucitado y no existía espacio para una vuelta atrás.

Y ella, la de verdad, la que le amaba, la que se había enamorado locamente de él, con cariño y paciencia entraba cada día en su caverna y le sacaba de paseo. Un día le enseñaba la luz del sol, otro a caminar sin miedo entre la gente, otro a disfrutar de una charla sin más. Tantos pequeños detalles que él ni sabía que existían, porque jamás habían estado presentes en su tóxica relación.

Han pasado quince meses y él no es ni la sombra de lo fue al lado de aquella bruja con aspiraciones de mujer. Resplandece por todos los poros de su piel. Ha cambiado su forma de vestir y hasta de reír. Y ha vuelto a estudiar.  Ahora enciende la chimenea de su casa, esa que jamás fue utilizada, y pone velas de colores y olores atrayentes, viste su baño de malva, escribe canciones para ella y  hace el amor con su chica en  sitios insospechados. Y disfruta como un quinceañero lamiendo un helado por la calle y luciendo camisas rosas y pajaritas de Zara. Ya nunca volverá a ser el mismo, porque ella le ha enseñado a vivir sin respiración artificial. A quererse y valorarse. A comprender que las mujeres baratas salen muy caras. A entender el inmenso valor de vivir solo antes que hacerlo con una enferma mental que anule tu identidad y te convierta en un zombi o peor aún, en una réplica de ella misma.  Ahora podría arrojarse al precipicio sin miedo, porque sabe que ella estaría abajo en forma de malla redentora. Ya ha aprendido la lección: sabe que no todas las mujeres son iguales ni merecen el mismo trato.

Hoy se ha mirado al espejo y un rostro familiar le ha saludado a través de él. Ha tardado unos minutos en reaccionar, pero al fin se ha dado cuenta.

¡Cuánto me he echado de menos!, le ha dicho al tipo confiado que le sonreía.

Por fortuna, esta es una historia con final feliz. Otras no lo son. Muchos son los hombres que por cobardía o vergüenza, por temor a no volver a ver  a sus  hijos, por ausencia de apoyo familiar o falta de recursos económicos no son capaces de enfrentarse a este tipo de mujeres amargadas, manipuladoras  e inseguras que terminan carcomiendo la voluntad más férrea que pueda tener un ser humano.
Hoy voy a romper una lanza a favor de todos esos hombres que están pasando por situaciones parecidas o peores, y de los que no se habla.
A menudo estos hombres viven en un permanente infierno diario bajo el yugo de mujeres, si es que podemos llamarlas así, que solo encuentran el placer en la tarea de socavar, dinamitar y demoler la autoestima de la persona con la que conviven, en algunos casos con consecuencias dramáticas.

Existe un infierno para todas esas mujeres. 

Se llama soledad y es el que merecen.

Autora del texto: SUSANA CAÑIL - Derechos Reservados



viernes, 17 de julio de 2015

COSAS NORMALES EN UN MUNDO ANORMAL

Me gusta dar los buenos días al vecino, cuando me lo encuentro en el garaje a las ocho de la mañana, aunque sea un antipático. Siempre saludo por sus nombres de pila al carnicero y al charcutero de mi barrio, cuando voy a hacer la compra los fines de semana. También cuando subo al autobús saludo al conductor, aunque no le conozca de nada. Doy las gracias cuando me hacen un favor, cuando me atienden en un comercio o cuando un camarero me sirve en un restaurante. 

Contesto siempre los mensajes y los correos electrónicos, lo más rápido que puedo. Pero nunca dejo nada sin responder de forma deliberada ni por dejadez. Si prometo algo, lo cumplo. Si sospecho que no voy a poder cumplirlo o que voy a tener dificultades para hacerlo, lo advierto de antemano para que nadie se llame a engaño. Lo que me cuentan en privado, se queda en el ámbito de lo privado. Si algo o alguien no me gusta, lo digo en el momento. ¿Por qué esperar? 
Procuro respetar las ideas de los demás, pero defiendo las mías con fiereza porque son mías y creo en ellas. Digo "te quiero" a diario a toda la gente que me inspira el ánimo para pronunciar esas palabras. Escribo felicitaciones de Navidad de mi puño y letra y las envío por correo postal. 

Prefiero una charla cara a cara frente a un café, con gestos, miradas y complicidad más que hablar por teléfono o escribir parcos y anodinos mensajes por whatsapp. Practico la lealtad y la fidelidad con quien se las gana. Me entrego en cuerpo y alma cuando la persona o la causa merecen la pena, aunque tenga que sufrir o morir en el intento. Detesto la mentira, la hipocresía y la impostura. Procuro no estar en deuda con nadie y por supuesto, no creo en aquello de “el fin justifica los medios”. Mi traje favorito es la pasión y de ella me visto cada día. 

¡Y claro que vendería mi alma al diablo! Pero solo por una razón. Y esa no la voy a desvelar.



Me gusta hacer cosas normales en un mundo cada vez más defectuoso, adulterado y tóxico.