Me gusta dar los buenos días al vecino, cuando me lo encuentro en el
garaje a las ocho de la mañana, aunque sea un antipático. Siempre saludo por
sus nombres de pila al carnicero y al charcutero de mi barrio, cuando voy a
hacer la compra los fines de semana. También cuando subo al autobús saludo al
conductor, aunque no le conozca de nada. Doy las gracias cuando me hacen un
favor, cuando me atienden en un comercio o cuando
un camarero me sirve en un restaurante.
Contesto siempre los mensajes y los
correos electrónicos, lo más rápido que puedo. Pero nunca dejo nada sin
responder de forma deliberada ni por dejadez. Si prometo algo, lo cumplo. Si
sospecho que no voy a poder cumplirlo o que voy a tener dificultades para
hacerlo, lo advierto de antemano para que nadie se llame a engaño. Lo que me
cuentan en privado, se queda en el ámbito de lo privado. Si algo o alguien no
me gusta, lo digo en el momento. ¿Por qué esperar?
Procuro respetar las ideas
de los demás, pero defiendo las mías con fiereza porque son mías y creo en
ellas. Digo "te quiero" a diario a toda la gente que me inspira el
ánimo para pronunciar esas palabras. Escribo felicitaciones de Navidad de mi
puño y letra y las envío por correo postal.
Prefiero una charla cara a cara
frente a un café, con gestos, miradas y complicidad más que hablar por teléfono
o escribir parcos y anodinos mensajes por whatsapp. Practico la lealtad y la
fidelidad con quien se las gana. Me entrego en cuerpo y alma cuando la persona o
la causa merecen la pena, aunque tenga que sufrir o morir en el intento.
Detesto la mentira, la hipocresía y la impostura. Procuro no estar en deuda con
nadie y por supuesto, no creo en aquello de “el fin justifica los medios”. Mi
traje favorito es la pasión y de ella me visto cada día.
¡Y claro que vendería
mi alma al diablo! Pero solo por una razón. Y esa no la voy a desvelar.
Me gusta hacer cosas normales en un mundo cada vez más defectuoso, adulterado y tóxico.