Mujer,
45 años, atractiva, divorciada sin hijos, profesional liberal pero ser humano
sin liberar. ¿Contradictorio? Eso ya lo valorareis vosotros al final de esta
entrada que escribo.
Vamos
a llamarla Eva, por ejemplo. Más que nada porque ambas nos conocemos y no
quiero ofrecer demasiadas pistas. No vaya a ser que me detengan por perfilar un
retrato robot de la interfecta tan redondo, que la reconozcáis por la calle.
De
carácter cordial pero sin grandes algazaras, ni distante ni cercana, ni
empática ni ajena, ni insumisa ni dúctil. Unos pilares, los de su carácter, que
parecen hechos a medida para sustentar, acometer y defender la difícil profesión
a la que se dedica con éxito. Sin embargo, esos mismos rasgos en su vida
personal, son hechuras que no combinan con los deseos de los hombres con los
que se relaciona. Hombres cercanos a la cincuentena que arrastran divorcios,
hijos, relaciones conflictivas, decepciones, miedos y fantasmas. Hombres que no
quieren bises ni cartas de reclamación.
Que no desean pagar más tributos por una relación porque todavía siguen
sufragando la hipoteca de todas las anteriores. Hombres que han perdido la
ilusión de conquistar a fuego lento. Pero especialmente, hombres que no aspiran
a más compromiso que el que te anuda por unas horas de diversión y placer.
Eva
lucha cada día, desde hace tres años, contra un inexorable y universal enemigo;
el tiempo. Siente que pierde la batalla cada día que pasa. Y le apremian las manillas
del reloj y las hormonas. Ambas, con esa insolencia chulesca y retadora de los
que se saben vencedores en cualquier tablero. Presiente que el jaque mate está
al caer. Y me pregunta con ojos anhelantes si es posible ser madre por primera
vez a su edad. Cómo si ella no supiera la respuesta. ¡Claro que lo es! Yo misma
soy fruto de una madre que me tuvo con esos años, le contesto. Es la verdad,
pero no es menos verdad que cada minuto que pasa es un tiempo infértil y
desaprovechado que va generando pérdidas; como esa cuenta bancaria que abriste
para no sé qué hace mil años y que por pereza u olvido no cancelas pero que
incrementa, sin darte cuenta, los intereses a su favor.
Si
yo me encontrara en su situación y deseara ser madre fervientemente, no lo
dudaría; me lanzaría a ello en solitario. Y así se lo hago saber. Y Eva, me
fustiga con su indignación. ¡De ninguna de las maneras! Ella quiere un marido,
una boda, un embarazo y un hijo. Todo previsible y tradicional. Quiere repetir
el modelo de sus adorables, aunque anticuados padres, que no conciben que se pueda
empezar la casa por el tejado o por el sótano. O simplemente, que no haya casa.
Que los tiempos, los esquemas y los patrones de vida y de comportamiento han
evolucionado. Y Eva vive ahí, en casa de sus papis. Coaccionada y condicionada.
Porque claro, es una mujer adulta, con ideas propias y que gana mucho dinero,
pero incapaz de mutilar de una vez por todas el cordón umbilical que conserva con
ellos, por temor o por amor. Un cordón que hace tiempo ya que dejó de aportar
nutrientes para convertirse en un principio de célula cancerígena.
La
mujer que sale cada día a devorarse el mundo con su cerebro privilegiado, es la
misma que no sabe utilizarlo para desertar, para soltar lastre, para romper
obstáculos…Incapaz de tomar la decisión de ser madre sin un hombre al lado, por
el qué dirán de unas mentes encorsetadas que han terminado por aniquilar la
suya. Aunque la última y única responsable de no cumplir su sueño, es ella y
nadie más.
Hoy,
igual que cada día, Eva llega a casa tras una larguísima y dura jornada de
trabajo. Enciende el ordenador y revisa todas las peticiones de hombres que han
llegado a su correo. Está inscrita en tres páginas punteras de contactos. En
ellas aparece con pose de diva, escote de vértigo y mirada libidinosa.
Probablemente ni sus más cercanos la identificarían en esa foto que está en la
antípodas del estilo que luce a diario; clásico, monjil y hasta con un punto
paleto. Irreconocible.
Desde
que se inscribió, hace tres años, ha tenido citas reales con una media de 10/12
hombres al año. Le duran un mes o dos. Tres a lo sumo. Es una experta en el
arte de la seducción y el sexo y por ahí se dejan atrapar. Pero le pierde la
impaciencia y en cuanto deja entrever que lo suyo es un anillo de oro y querubines
rubios correteando por el jardín, los señores salen huyendo para no volver.
Ayer
cumplió 46. Y en las redes sociales aparecía una Eva sonriente y radiante dando
las gracias a todos los que la felicitaban. Aseverando una y mil veces lo feliz
que era, el momento maravilloso que atravesaba y todos los proyectos que tenía
en marcha.
Sonreía abiertamente. Ese tipo de sonrisa que
lleva implícita una petición urgente de socorro.
Texto propiedad de Susana Cañil
Derechos Reservados
Texto propiedad de Susana Cañil
Derechos Reservados
