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viernes, 4 de agosto de 2017

RESEÑA DE "LO QUE ELLA DIGA" de Rafael Caunedo



El protagonista de esta historia se llama Santiago, pero bien podría llevar el nombre de cualquiera de nosotros. Nadie está exento de que nos pueda suceder lo que nos cuenta el autor en su novela “Lo que ella diga”.




Un título muy acorde con lo que nos vamos a encontrar nada más zambullirnos en el libro porque ella, la ELA, es la que gobierna, condiciona, hostiga y, al final, doblega no solo a su protagonista sino al resto de los personajes principales que en él aparecen; es obvio que aquí no hay secundarios.

La Esclerosis Lateral Amiotrófica es una enfermedad degenerativa que afecta a las células nerviosas situadas en la parte lateral de la médula espinal y que son las responsables del control de movimientos. Cuando estas células, llamadas motoneuronas, disminuyen su funcionamiento, provocan una parálisis muscular progresiva de pronóstico mortal. La esperanza de vida tras el diagnóstico suele ser de unos cinco años en los casos en los que la enfermedad se presenta en su versión más virulenta.

La lectura comienza poniendo al lector en antecedentes sobre cómo es la vida del protagonista hasta el momento en el que la enfermedad hace acto de presencia; sus amigos, su familia, sus estudios, su posición económica, su matrimonio y su trabajo. Y sobre todo, su pasión por el deporte. Un hombre absolutamente privilegiado en todas las vertientes de su vida. Tal vez por ello, o a pesar de ello, el impacto sobre el lector cuando recibe la noticia resulta todavía más demoledor.

Caunedo va incorporando a los personajes de manera natural, sin exigencias. Y los describe con detalle, realistas, próximos y bien perfilados, tanto su continente como su contenido. De esta manera, moldeas una idea  tan real en tu cabeza, que cada vez que irrumpe uno en escena, eres capaz de imaginarlo igual que un holograma sentado en tu salón. Es como si jugara con el lector y se adelantara a él con una sola idea: provocar una sensación de cercanía y familiaridad de tal calado que al final, mientras dura la lectura, tanto la familia como los amigos de Santiago se convierten en los tuyos por derecho propio y por sutil, pero eficaz, imposición del autor. Personalmente me gustan los autores que describen así a sus personajes, que no pasan de puntillas por ellos y que se centran exclusivamente en la trama. Una historia va zurcida indefectiblemente a unos personajes. Lo uno no existiría sin lo otro. Pero, por supuesto, aquí entran en juego mis gustos personales, tanto en mi faceta de lectora como de escritora.

Y de esta manera nos va deslizando por la historia con elegancia, sin altibajos ni sobresaltos. Nos habla de la enfermedad y de sus consecuencias a corto y medio plazo sin omitir lo importante, pero sin profusión de explicaciones irrelevantes o morbosas que lo único  que hubieran conseguido sería aniquilar de un plumazo la cualidad de exquisito a un libro que lo es.  

El autor pretende emocionar, acercar y concienciar. Y en su plano más pedagógico, mostrarnos un poco, la punta del iceberg, de una perversa y devastadora dolencia que jamás tiene un final feliz. Y lo consigue. Al menos en mi caso, así ha sido. Sabía de la ELA lo que la inmensa mayoría de la gente cuando no hay un caso que te toque la fibra de cerca. Así somos los humanos. Lo poco que lees, los casos que son noticia en la televisión y alguna información periférica de amigos o familiares que conocen a alguien que atraviesa por ese drama. Este libro me ha hecho consultar páginas dedicadas a esta enfermedad, querer saber más sobre ella y ante todo, volver a tomar conciencia de algo que todos deberíamos tener muy presente cada día que amanece: la salud es por encima de todo, lo más importante que tenemos en nuestra cuenta corriente de la vida. Sin ella, todo lo demás ni existe ni tiene valor alguno. Escenas cotidianas como pasear, sonarse la nariz, leer, llamar al ascensor o comer, se convierten en abismos insalvables para Santi. ¿No os parece suficiente motivo para pararse a pensar unos minutos en lo verdaderamente importante?

Y al hilo de esta reflexión, el autor nos relata como la ELA  pone el mundo de Santi, y el de todos los que le rodean, del derecho y del revés. Boca arriba y boca abajo. Y la pluma de Caunedo se desliza por las páginas describiendo con la precisión de un cirujano las etapas de esa maldita enfermedad: la incertidumbre, la angustia, el miedo, el sufrimiento, la impaciencia, las transformaciones en el carácter, el deterioro físico y emocional y los inevitables daños colaterales. Una amalgama de emociones que sacuden tu interior como un tsunami. Eso sí, el autor ha tenido la inteligencia y la sensibilidad de no sucumbir a la ñoñería, añadiendo dosis extra de dramatismo ni sentimentalismo de saldo. De hecho, yo no he derramado ni una sola lágrima. Y no, no es que  yo sea fría, indolente o inhumana. Es que ha conseguido algo más poderoso y turbador. Desde las primeras páginas el texto, en clara confabulación con el autor, te está pidiendo que atesores todo el aire que puedas, porque es el único del que vas a disponer durante el tiempo que dure la lectura, que en mi caso fue apenas un día y medio. Leer sabiendo que te falta el oxígeno y que no vas a contar ni con respiración artificial de urgencia.

A medida que avanzas en su lectura has pasado por todo el abanico de estados anímicos posibles, has sido Santi durante un día y medio, pero también has sido Celia, Laura, Gonzalo, Joaquín, Aitana…Te has puesto en la piel de todos y cada uno de los personajes y te has preguntado una y mil veces qué harías tú en su lugar sin llegar, claro está, a ninguna conclusión solvente.

Cuando llegas al final, que no por conocerlo desde inicio deja de ser un balazo en el alma cargado de tristura, recuperas de golpe el aire y el ánimo. Y suspiras. Y en ese suspiro va una mixtura de sentimientos contradictorios; no deseas que se muera, pero sabes que morir es el único final.  Un final tan necesario como redentor.

Toda la tragedia que puede encerrar este libro queda absolutamente compensada con la calidad humana que reflejan los personajes. Su generosidad, sus principios inamovibles, su empatía, el amor,  la renuncia a su propia felicidad, la integridad y la entrega incondicional para que el último trayecto de Santi sea digno y pacífico. Harta de leer y ver comportamientos atroces en la gente, esta historia es, paradójicamente, un soplo de aire fresco que me hace recuperar un poquito la fe en el ser humano y que vuelve a ubicar mis prioridades en su legítimo lugar. Suficientes motivos para recomendar con énfasis su lectura.

Es el primer libro de Rafael Caunedo que leo, pero le seguiré la pista muy de cerca.


lunes, 24 de julio de 2017

RESEÑA DEL RESTAURANTE LA CLAVE


RESTAURANTE LA CLAVE

Calle Velázquez, 22

Madrid

Teléfono: 910 53 20 31




Una de las calles más señoriales de la capital, alberga desde hace muy poco tiempo un restaurante del que hoy os hablo en mi blog.




Muchos son los elementos que valoro cuando visito un local para escribir una reseña, y La Clave tiene al menos tres fundamentales:

Recupera las recetas tradicionales de la cocina española con una calidad               soberbia, tanto en materia prima como en elaboración.

El trato hacia el cliente es inmejorable.

Y el amplio horario y los distintos ambientes del restaurante, permiten desde un almuerzo a un picoteo informal o un cóctel después del trabajo







Hay una más, que terminó de enamorarme. Pero de esa joya os hablaré al final, igual que se deja el postre para poner la guinda a un delicioso almuerzo.

Magníficamente comunicado, además del transporte público, cuenta con un aparcamiento público cuya salida da directamente al restaurante. Eso también es de agradecer.

Cuatrocientos metros cuadrados, dos plantas, dos salones, un reservado, una terraza y un secreto. Mucho de lo que hablar así que, vayamos por partes.


Nosotros comemos en uno de los salones; amplio y decorado de forma minimalista. Correcto y elegante, pero carente de calidez. Falta color y calor; unas velas, flores frescas o cortinas de encaje blanco a media altura en las ventanas ayudarían bastante. La luz con la que iluminan el espacio, tampoco colabora. Bastante más tenue o pequeñas lamparitas en las mesas pondrían el punto acogedor que invita a alargar la sobremesa y a compartir confidencias. Detalles que marcan la diferencia.



A cambio, compensan con el suelo de madera, mantelería de tela y paredes forradas con delicados motivos florales. Y algo a lo que yo personalmente otorgo mucha importancia: mantienen la suficiente distancia entre las mesas de manera que tu conversación queda en el ámbito de lo privado. Podría parecer un detalle baladí, pero no lo es. Son muchos los restaurantes a los que no he regresado precisamente por esa falta de intimidad, sin poder hablar sin que te escuche el vecino de mesa y, a la vez, enterándote de todo lo que dice él.



Nos recibe Juan Ramón Aparicio y nos atiende con la clase y profesionalidad de quien lleva muchos años en la élite del sector. Encantador, amable y educado.
El menú degustación que nos han preparado consta de los siguientes platos:

Croquetas de pringá, carpaccio de salmón, habitas tiernas con foié, huevos rotos con aceite de trufa, bacalao a la vizcaína y entrecot de vaca gallega.

Croquetas de pringá




Habitas tiernas con foié


Huevos rotos con aceite de trufa



Si dijera que todo es un puro placer para el paladar, me quedaría muy corta. Más bien, activa todos los sentidos. Desde la presentación del plato, pasando por el olor hasta que llegas a saborearlo. No podría decantarme por  ninguno porque todos me han gustado por igual, pero sí hacer hincapié en varias cosas. Las croquetas, ¡cómo se nota cuando son caseras! Realmente exquisitas. La carne, cocinada exactamente al punto, riquísimo sabor, tierna, jugosa y de agradable textura. Los huevos rotos, una auténtica perdición para mí y para todo el que se decida a probarlos. Y lo que más me llamó la atención fue el bacalao. ¿Por qué?

Bacalao a la vizcaína


Sencillamente era el bacalao que preparaba mi madre. En el momento en el que probé el primer bocado, me transporté  a mi adolescencia y recordé, con cariño y nostalgia,  cómo lo dejaba desalando la noche anterior y la forma que me enseñó de elaborar el tomate casero. Por un momento no estaba en la mesa de ese restaurante, sino en casa de mamá, con su vajilla, su olor y su voz. Y esa salsa de tomate artesana, tan idéntica a la de ella…


A veces, la comida posee esa magia. Ese eslabón que enlaza presente con pasado en cuestión de segundos. Solo puedo decir que no había vuelto a probar un bacalao así en los últimos doce años. Este plato, por sí solo, ya merece una visita al lugar.

Debo añadir que volví a almorzar allí una semana después. Iba con un amigo periodista. En esta ocasión decidí probar el pollo de corral con salsa pepitoria y…¡otra vez ese déjà vu! Volvía ser el pollo de mamá. Desde luego si su finalidad era recuperar la comida casera, lo han conseguido con creces. ¡Enhorabuena!


Terminamos con un magnífico arroz con leche, servido de forma muy original, como podéis observar en las fotos que tomé.

Las raciones son muy generosas, por lo que aconsejo ser moderados al pedir si no sois muy comilones, como es mi caso.
 
Arroz con leche de manera asturiana


Juan Ramón nos enseña el resto del local, explicándonos con paciencia cada detalle. La planta de arriba dispone de otros dos salones más. Uno de ellos privado para celebrar comidas de empresa o celebraciones familiares.

El otro, contiguo al que hemos comido y que manteniéndose dentro de la misma línea decorativa, incorpora elementos diferenciadores que dan un giro radical al ambiente. La luz, las sillas tapizadas en tono frambuesa y los sillones en terciopelo. Infinitamente más bonito.




Inevitablemente, tengo que visitar el baño y hacer fotos. Los que me seguís en el blog desde hace tiempo ya conocéis mi querencia por este rincón de los restaurantes. Todo deja de tener importancia, si los baños no alcanzan mis altas expectativas. Por fortuna, en La Clave se cumplen.

Gran espejo y perfecta iluminación en el baño



Paredes con motivos florales. ¡Delicioso!


Detalles en el baño que aportan calidez


Pequeño, pero coqueto. Mármol negro y misma línea de motivos florales en las paredes, acorde con el resto del local. Un amplio espejo (que las mujeres agradecemos), toallitas dentro de un cesto, una buena iluminación y maravillosamente limpio. Mi nota: un 8.


Vamos llegando al final y con él, al lugar que da nombre al sitio. En planta baja nos espera su coctelería. Ubicada en lo que fue una antigua carbonería de principios del siglo XX, el nombre de La Clave proviene precisamente de esa dovela o pieza central que tiene forma de arco o bóveda y que los dueños han querido mantener a mi parecer, de forma acertadísima.




Es sin duda alguna, la joya del local. Tan diferente a la planta superior, que no parece pertenecer al mismo restaurante. Ladrillo visto, sillas forradas de preciosas telas, luz tenue, velas, hornacinas, pequeñas mesitas y una zona con taburetes altos. Ambiente mágico que se respira en cada poro de este delicioso rincón. “El secreto de Velázquez”, así se llama, será inaugurado próximamente y, por supuesto, estoy invitada. Tendréis la crónica completa, tranquilos.




Cóctelería El secreto de Velázquez

De momento podéis disfrutar de él desde las 12 de la mañana hasta las 12 de la noche. Allí se puede almorzar de forma informal, tomar un picoteo rápido, un aperitivo, probar un vino dentro de las más de 60 referencias con las que cuenta o uno de sus cócteles a media tarde.







Juan Ramón nos despide, encantador, invitándonos a venir de nuevo y probar dos de sus platos estrella: el cocido en cuatro vuelcos y el cachopo de merluza. También a disfrutar de su terraza de verano con capacidad para más de 40 personas.

¡Quién se puede negar!

La Clave, un sitio al que siempre hay que volver.










miércoles, 12 de julio de 2017

EVA, SU PORTAL DE CITAS Y LOS QUERUBINES RUBIOS





Mujer, 45 años, atractiva, divorciada sin hijos, profesional liberal pero ser humano sin liberar. ¿Contradictorio? Eso ya lo valorareis vosotros al final de esta entrada que escribo.

Vamos a llamarla Eva, por ejemplo. Más que nada porque ambas nos conocemos y no quiero ofrecer demasiadas pistas. No vaya a ser que me detengan por perfilar un retrato robot de la interfecta tan redondo, que la reconozcáis por la calle.

De carácter cordial pero sin grandes algazaras, ni distante ni cercana, ni empática ni ajena, ni insumisa ni dúctil. Unos pilares, los de su carácter, que parecen hechos a medida para sustentar, acometer y defender la difícil profesión a la que se dedica con éxito. Sin embargo, esos mismos rasgos en su vida personal, son hechuras que no combinan con los deseos de los hombres con los que se relaciona. Hombres cercanos a la cincuentena que arrastran divorcios, hijos, relaciones conflictivas, decepciones, miedos y fantasmas. Hombres que no quieren bises  ni cartas de reclamación. Que no desean pagar más tributos por una relación porque todavía siguen sufragando la hipoteca de todas las anteriores. Hombres que han perdido la ilusión de conquistar a fuego lento. Pero especialmente, hombres que no aspiran a más compromiso que el que te anuda por unas horas de diversión y placer.




Eva lucha cada día, desde hace tres años, contra un inexorable y universal enemigo; el tiempo. Siente que pierde la batalla cada día que pasa. Y le apremian las manillas del reloj y las hormonas. Ambas, con esa insolencia chulesca y retadora de los que se saben vencedores en cualquier tablero. Presiente que el jaque mate está al caer. Y me pregunta con ojos anhelantes si es posible ser madre por primera vez a su edad. Cómo si ella no supiera la respuesta. ¡Claro que lo es! Yo misma soy fruto de una madre que me tuvo con esos años, le contesto. Es la verdad, pero no es menos verdad que cada minuto que pasa es un tiempo infértil y desaprovechado que va generando pérdidas; como esa cuenta bancaria que abriste para no sé qué hace mil años y que por pereza u olvido no cancelas pero que incrementa, sin darte cuenta, los intereses a su favor.

Si yo me encontrara en su situación y deseara ser madre fervientemente, no lo dudaría; me lanzaría a ello en solitario. Y así se lo hago saber. Y Eva, me fustiga con su indignación. ¡De ninguna de las maneras! Ella quiere un marido, una boda, un embarazo y un hijo. Todo previsible y tradicional. Quiere repetir el modelo de sus adorables, aunque anticuados padres, que no conciben que se pueda empezar la casa por el tejado o por el sótano. O simplemente, que no haya casa. Que los tiempos, los esquemas y los patrones de vida y de comportamiento han evolucionado. Y Eva vive ahí, en casa de sus papis. Coaccionada y condicionada. Porque claro, es una mujer adulta, con ideas propias y que gana mucho dinero, pero incapaz de mutilar de una vez por todas el cordón umbilical que conserva con ellos, por temor o por amor. Un cordón que hace tiempo ya que dejó de aportar nutrientes para convertirse en un principio de célula cancerígena.

La mujer que sale cada día a devorarse el mundo con su cerebro privilegiado, es la misma que no sabe utilizarlo para desertar, para soltar lastre, para romper obstáculos…Incapaz de tomar la decisión de ser madre sin un hombre al lado, por el qué dirán de unas mentes encorsetadas que han terminado por aniquilar la suya. Aunque la última y única responsable de no cumplir su sueño, es ella y nadie más.

Hoy, igual que cada día, Eva llega a casa tras una larguísima y dura jornada de trabajo. Enciende el ordenador y revisa todas las peticiones de hombres que han llegado a su correo. Está inscrita en tres páginas punteras de contactos. En ellas aparece con pose de diva, escote de vértigo y mirada libidinosa. Probablemente ni sus más cercanos la identificarían en esa foto que está en la antípodas del estilo que luce a diario; clásico, monjil y hasta con un punto paleto. Irreconocible.

Desde que se inscribió, hace tres años, ha tenido citas reales con una media de 10/12 hombres al año. Le duran un mes o dos. Tres a lo sumo. Es una experta en el arte de la seducción y el sexo y por ahí se dejan atrapar. Pero le pierde la impaciencia  y en cuanto deja entrever que lo suyo es un anillo de oro y querubines rubios correteando por el jardín, los señores salen huyendo para no volver.

Ayer cumplió 46. Y en las redes sociales aparecía una Eva sonriente y radiante dando las gracias a todos los que la felicitaban. Aseverando una y mil veces lo feliz que era, el momento maravilloso que atravesaba y todos los proyectos que tenía en marcha.

Sonreía abiertamente. Ese tipo de sonrisa que lleva implícita una petición urgente de socorro.


Texto propiedad de Susana Cañil
Derechos Reservados




jueves, 29 de junio de 2017

FALSAS APARIENCIAS



Me reúno con un grupo de mujeres para comer. No pertenecen ni mucho menos a mi círculo de amigas íntimas, pero tampoco están incluidas en la categoría de conocidas. Vamos, en tierra de nadie. No nos une nada, más allá de haber coincidido en un momento dado todas juntas en una determinada actividad y el hecho de no querer perder cierto contacto.


De esas con la que te juntas muy de vez en cuando, conversas de temas normalmente intrascendentes, y en ocasiones, vas un poco más allá e incluyes cuestiones personales, pero de charla ligera y sin matizar en exceso. Pasando de puntillas por todo lo que suponga un atisbo de topless emocional. 

Todas son listas, preparadas, capaces, y algunas, muy divertidas. Y físicamente, hay de todo; desde la fea de manual a la rubia de mechas californianas.




Oteadas desde fuera, siempre me habían parecido mucho más centradas que yo. Sus trabajos de nivel, sus casas maravillosas, sus maridos perfectos, sus inteligentes y adorables hijos que aprueban todo con nota y nunca se meten en líos… De esas que nunca se quejan por nada y a las que el tiempo les concede la bula de una prórroga constante con el fin de poder abarcar para ir tres veces a la semana al gimnasio, a talleres para hacer magdalenas, llevar a sus niños a clases de hípica y tiro al pichón, a cantar en el coro de la iglesia y realizar labores sociales. Y todo ello sin perder un ápice de glamour, porque ellas no sudan, no tienen canas ni arrugas, llegan con holgura a final de mes y visten ropa y joyas de marca.

Vamos, que cada vez que almuerzo con ellas pienso en lo mal repartido que está el mundo y en lo imperfecta que soy yo.

Empezamos con un aperitivo y cañas del tamaño de un trasatlántico. Yo no bebo alcohol, así que me pido mi inevitable Coca Cola. Pasamos a la comida que deciden regar con un buen vino, mientras yo me decanto por agua (sí, para algunas cosas puedo resultar sosita). Tras dos botellas, los estragos comienzan a notarse y las lenguas se sueltan, soberanas y dichosas, como niños en un parque. 

Y ahí viene mi sorpresa. Es una de ellas la que primero rompe el fuego y nos cuenta la situación personal que está atravesando, digna de una telenovela, pero en absoluto envidiable. Me quedo estupefacta escuchándola; su marido tiene una amante desde hace tiempo, pero ella lo acaba de descubrir. El marido, lejos de negarlo, le ha propuesto seguir como están. Dice que la quiere, que es guapa y buena madre y que no desea el divorcio, pero que tenga claro que habrá más amantes. Si se divorcia, amenaza con echarla de la empresa (él es el dueño) y hacerle la vida imposible con la custodia de los niños.  Ella, una solvente psicóloga con mucha experiencia a sus espaldas ayudando a salir del pozo a tantos pacientes y, sin embargo,  incapaz de gestionar la montaña rusa de emociones a la que está siendo sometida.

Poco a poco las demás se van animando, tanto que casi se quitan las palabras las unas a las otras. Allí se escucha de todo. Y cuando digo de todo, no os podéis ni imaginar. Yo no doy crédito, aunque tomo notas mentales. Es obvio que alguna de estas historias tenía que contarlas en este mi pequeño espacio, mi blog.

La siguiente está yendo a terapia desde hace meses. Nos cuenta que es muy infeliz. Personalmente soy incapaz de empatizar con ella y la escucho con distancia y desafecto. No trabaja por decisión propia, aunque posee estudios superiores,  tiene solo una hija que estudia en el extranjero, un marido que la adora y que gana dinero para que puedan vegetar con holgura las próximas tres generaciones. Vive en lo que ella llama casita y yo denomino palacete. Contemplo la posibilidad de que mi condición de escritora haya terminado por desvirtuar mi visión de las cosas pero, francamente, 500 metros cuadrados de vivienda, dos piscinas, cancha de tenis, un invernadero y un pequeño refugio maravillosamente acondicionado para que la hija pueda reunir a sus amigos cuando viene de visita a España, a mí no me parece que sea una “casita”. Además de eso, goza de buena salud, es mona y se dedica a cultivar el cuerpo y a viajar.

La tercera se quedó viuda hace diez años, con 38, y nos confiesa que desde entonces no ha catado varón. Eso sí que es una tragedia, expreso en voz alta dando rienda suelta a mi impulsividad. Me mira con mala cara y yo me disculpo atropelladamente intentando quitar hierro al asunto. Y nunca mejor dicho, hierro. Porque eso es lo que va a tener que atravesar el que se decida a entrar ahí…

Desparraman durante un buen rato, entre lágrimas, suspiros, sentencias y algún que otro grito. Menos mal que ya nos hemos quedado solas en la terraza del restaurante y solo el camarero, que nos escucha estratégicamente situado, es testigo de tanto desahogo. Entre la cerveza, el vino, el chupito y la liberación que ha supuesto narrar sus cuitas en primera persona, no hay manera de levantarse de allí.

Me preguntan si yo no tengo nada que confesar. ¡No, no! Mi vida es previsible y aburrida, les digo absolutamente convencida. Por suerte, dan por buena mi respuesta.

Deciden continuar su particular fiesta en otro local donde, dicen, van a tomar unas copas. No quiero pensar  en cómo acabarían.

Yo me marcho a buscar a mis hijos al colegio más contenta que nunca. Soy la única que no está borracha, que no visita al loquero, que no llega a fin de mes, que tiene hijos normales y que viste de Primark con más clase que todas ellas juntas. Tengo material para varias entradas en el blog y he podido comprobar que la imagen, aparentemente ideal que transmitían, solo era una barata capa de esmalte. Un barniz tan inconsistente y espurio que con un solo soplido, se desintegra.


Texto escrito por Susana Cañil
Derechos Reservados


jueves, 15 de junio de 2017

¿TIENE EDAD EL AMOR?



Retorna estos días, de la mano de Risto Mejide, la inmortal polémica sobre si la diferencia de edad exagerada que exista entre una pareja puede ser un inconveniente, incluso un motivo de ruptura, a corto o medio plazo.

Él tiene 44, ella 21. Si analizo la noticia desde una frialdad siberiana, despojada de guarnición y ornamentos, sin conocer nada sobre cómo se gestó su historia, tan solo con los gélidos dígitos que asoman insolentes desde la pantalla del ordenador pues resulta, al menos, inquietante.
¿Qué puede aportar una veinteañera a un hombre que se acerca a los 50, aparte de lo evidente? Creo que poco o nada. Aun en el hipotético caso de que esta chica fuera el colmo de la madurez, que las hay, no posee, por escaso recorrido vital, un bagaje emocional, sentimental, sexual ni intelectual como para entender y afrontar con sabiduría el comportamiento de un hombre de esa edad y poder salir airosa de todas las vivencias y situaciones que le tocará vivir. Muchas de las cuales, por cierto, serán primeras veces para ella pero no para él, con el  consiguiente riesgo de convertirse en un desagradable y continuado  deja vu sin anuncios en el intermedio para tomar aliento.





Lo mismo si hablamos de ella. Por lo general este tipo de mujeres busca refugio y seguridad en un hombre mucho mayor porque lo que desea es más un padre que un compañero. Al final lo más normal, es que se imponga un rol paternalista que definirá inevitablemente la relación. Personalmente creo que este tipo de uniones vienen marcadas por carencias, por conflictos no resueltos tanto en la niñez como en la adolescencia, tal vez por la falta de una presencia paterna, escasa autoestima o la búsqueda insistente de una tutela, de un abrigo en el que sentirse a salvo.
Ahora bien, si hacemos caso al dicho de que el amor no tiene edad y a las propias experiencias, entonces el análisis varía radicalmente. Y ahí entra en juego mi yo más sentimental, más pasional y, tal vez más ingenuo, del que me es imposible prescindir.
Porque es cierto que cuando el amor llega arrasa, arrastra, trastorna, enloquece, desata, libera...Porque el amor de verdad es loco, irracional, apasionado, irreverente, único, creativo, sorprendente, real y feliz.

Y cuando llega lo hace igual que un ladrón de guante blanco, sin avisar, de puntillas y con un claro objetivo; saquearte el corazón. Y estás perdida porque nada de lo que hagas para evitarlo repelerá el ataque. El mundo desaparece para dar paso a un universo en el que solo habitan dos personas y otras cientos de miles que son espectros, sin rostro, sin voz, sin sexo, con los que en ocasiones no te queda más remedio que relacionarte, pero maldita la gracia que te hace. Las horas son segundos cuando estás con él pero cuando no, un minuto se convierte en un lustro. Y echas de menos tanto que crees que vas a morir. Y en realidad, mueres. Lo haces en cada suspiro, en cada pensamiento, en cada recuerdo, en cada deseo. Solo piensas en su mirada, en su aroma, en su manera celestial de pronunciar tu nombre, en esos chistes malos que cuenta y que te arrancan carcajadas solo porque los cuenta él. En su manera única y peculiar de hacerte el amor unas veces y otras, de follarte sin piedad. Porque te gusta del derecho, del revés, triste, enfadado, preocupado, durmiendo o recién levantado. Y te imaginas con él haciendo la compra, discutiendo por quien baja la basura o buscando los calcetines desparejados de la colada. Y todo te apetece en la misma medida. Visitar una exposición o ir a contar hormigas al campo. Ver una película desde el sofá o discutir porque dice que no sabes poner las comas al escribir. En realidad todo está ahí, el paisaje nunca cambia, lo que cambia, y mucho, es nuestra percepción de él. Detectas colores, olores y sabores nuevos que, por supuesto, no lo son; estaban ahí, parapetados tras el gris macilento de la rutina, del desuso y el automatismo.

Y  un metro que te alejes de él, te parece un viaje de larga distancia.

Da igual lo que dure; tres semanas, tres años o tres vidas. Si es de verdad, no se puede confundir con ningún otro sentir. El amor es el único invitado que aunque no anuncie su visita, siempre es bienvenido. Y no entiende de edades, de físico, de clases sociales, de finanzas o distancias.

Lo idílico sería que durara toda la vida, pero si no es así, sabrás que todo lo que llegue después serán sucedáneos con los que, tal vez, no te quedará más remedio que conformarte. Cuando has vivido eso, ya nada vuelve a ser igual. Lo mismo que ese jersey que te pones en invierno, calentito, con rotos, descolorido y con varios siglos encima que no cambiarías por otro ni por todo el oro del mundo, porque ningún otro te va a abrigar el cuerpo y el alma de la misma manera.

Si tuviera que hacer una quiniela, no les doy ni dos años. Ojalá me equivoque y triunfe el amor. El de verdad, el que tan solo te saluda una vez en la vida.

Texto escrito por Susana Cañil
Derechos Reservados


lunes, 5 de junio de 2017

LOS VERANOS DE MI VIDA


El verano siempre ha sido mi estación favorita del año. Le profeso tanto amor como odio le consagro al invierno o al otoño.  Y, lógicamente, ellos, el verano y el invierno, sabedores ambos de la posición que ocupan en mi particular repertorio de  afectos, me responden cada uno en los mismos términos. Igual que si gozaran de vida propia, intuición o alma, deben percibir con nitidez mi animadversión hacia el uno y mi querencia natural hacia el otro. Fiscalizan mi carácter, influyen  en mis ganas, en mi pereza o mi predisposición, en mi regocijo o mi disgusto. Barajan mi talante y mi apetito a su antojo y me reparten las pasiones y las voluntades igual que los naipes marcados de antemano. Quedo desnuda y a su merced, rendida ante sus trampas.





El frío, la lluvia y la nieve, voltean mi carácter. Una mirada de soslayo al jardín recién duchado, un súbito escalofrío o el fleco de una bufanda asomando indebidamente, me transmutan en plomiza y  apática unos días,  tormentosa y colérica, otros. Destemplada y desapacible, siempre.

Por no hablar de la pereza que me produce el ropaje invernal. Botas, guantes, gorros, jerseys de cuello alto, abrigos...Un aterrador prontuario de accesorios que calcinaría uno por uno en una hoguera si pudiera y desterraría de mi  armario por siempre jamás.  Aunque hay dos que, a mi juicio, se llevan la palma. El insufrible, y siempre molesto, paraguas y las medias. ¡Quién inventaría las medias! Antiestéticas, disformes, opresoras y en las antípodas de poder provocar cualquier deseo sicalíptico en un hombre. Y ni siquiera abrigan. Que alguien me explique su supuesta utilidad, porque yo, al hecho de no llevarlas, solo le veo ventajas de todo tipo. Sí, la que estáis pensando también, canallas.

Pero aterriza el verano y de la misma manera que cambia el perfume en el ambiente, la luz por la mañana y el esmalte del cielo al atardecer, yo comienzo a reverdecer. Una plétora de sensaciones tan placenteras e indescriptibles, imposible de dibujar aquí, en tan solo unas líneas.

Terrazas en las que sentarme a leer  mientras el sol, descocado, se entretiene en mis mejillas, flores por doquier, chiquillos en los parques, bullicio por las calles, jornadas que se alargan, cenas en el jardín, baños en el mar… El mercurio escalando con la misma celeridad que yo cuando me apasiono con algo o con alguien.

La vida, esa que habíamos confinado junto con la ropa impregnada en naftalina,  se escapa de los armarios en forma de sexys y vaporosos vestidos, de jornadas interminables, de pamelas y bikinis, de libros que apetece devorar, de planes aplazados, de confidencias bajo la luna,  de musas que retornan con brío y exigencias, de atrevimiento en las miradas y deseos urgentes e inaplazables. Y de canciones, claro. Porque cada verano está ligado forzosamente a una canción.

Hay un día en el que abro la ventana y el paisaje que me devuelve la vida es el verano de mi infancia y adolescencia, como una película a cámara lenta y subtítulos expresados en emociones. Esos días sin colegio, sin prisas, sin obligaciones, jugando en la calle o en la playa con mis amigos. El bocata, las dos horas de digestión antes de poder volver a bañarte, el primer beso, el octavo o noveno amor, que en realidad siempre era como el primero, las diez como hora límite para llegar a casa, el cine de verano, tu vecino el buenorro o la bronca de tu padre si sospechaba que tonteabas con algún chico.  No podría afirmar con rotundidad si fueron los mejores veranos de mi vida, ha habido muchos especialmente felices y maravillosos, pero sin duda estaban preñados de ilusión, de sueños, de despreocupación, de euforia, de godeo y hasta de cierta desvergüenza, en algunos momentos.

Aunque si tuviera que quedarme con alguno, siempre apostaré por el que está por llegar.

El espíritu del estío se aproxima. Inexorablemente. Y llega para quedarse una temporada. Con él, otro año más, podré seguir llenando mi baúl de intentos, presencias, tanteos, imágenes, besos y vivencias. 

Con el tiempo los recuerdos se deforman, se alteran y, en cierto modo, se falsean. Prescindimos de lo feo y, en defensa propia nuestra memoria, avispada y selectiva, nos incita a subirnos al tren de los momentos amables y dichosos. Mejor. El trayecto se hará corto y el paisaje, inmejorable.

Lo anticipo, lo presiento y lo deseo.

¡Ven pronto! Te estoy esperando.





Texto escrito por Susana Cañil
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