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jueves, 15 de junio de 2017

¿TIENE EDAD EL AMOR?



Retorna estos días, de la mano de Risto Mejide, la inmortal polémica sobre si la diferencia de edad exagerada que exista entre una pareja puede ser un inconveniente, incluso un motivo de ruptura, a corto o medio plazo.

Él tiene 44, ella 21. Si analizo la noticia desde una frialdad siberiana, despojada de guarnición y ornamentos, sin conocer nada sobre cómo se gestó su historia, tan solo con los gélidos dígitos que asoman insolentes desde la pantalla del ordenador pues resulta, al menos, inquietante.
¿Qué puede aportar una veinteañera a un hombre que se acerca a los 50, aparte de lo evidente? Creo que poco o nada. Aun en el hipotético caso de que esta chica fuera el colmo de la madurez, que las hay, no posee, por escaso recorrido vital, un bagaje emocional, sentimental, sexual ni intelectual como para entender y afrontar con sabiduría el comportamiento de un hombre de esa edad y poder salir airosa de todas las vivencias y situaciones que le tocará vivir. Muchas de las cuales, por cierto, serán primeras veces para ella pero no para él, con el  consiguiente riesgo de convertirse en un desagradable y continuado  deja vu sin anuncios en el intermedio para tomar aliento.





Lo mismo si hablamos de ella. Por lo general este tipo de mujeres busca refugio y seguridad en un hombre mucho mayor porque lo que desea es más un padre que un compañero. Al final lo más normal, es que se imponga un rol paternalista que definirá inevitablemente la relación. Personalmente creo que este tipo de uniones vienen marcadas por carencias, por conflictos no resueltos tanto en la niñez como en la adolescencia, tal vez por la falta de una presencia paterna, escasa autoestima o la búsqueda insistente de una tutela, de un abrigo en el que sentirse a salvo.
Ahora bien, si hacemos caso al dicho de que el amor no tiene edad y a las propias experiencias, entonces el análisis varía radicalmente. Y ahí entra en juego mi yo más sentimental, más pasional y, tal vez más ingenuo, del que me es imposible prescindir.
Porque es cierto que cuando el amor llega arrasa, arrastra, trastorna, enloquece, desata, libera...Porque el amor de verdad es loco, irracional, apasionado, irreverente, único, creativo, sorprendente, real y feliz.

Y cuando llega lo hace igual que un ladrón de guante blanco, sin avisar, de puntillas y con un claro objetivo; saquearte el corazón. Y estás perdida porque nada de lo que hagas para evitarlo repelerá el ataque. El mundo desaparece para dar paso a un universo en el que solo habitan dos personas y otras cientos de miles que son espectros, sin rostro, sin voz, sin sexo, con los que en ocasiones no te queda más remedio que relacionarte, pero maldita la gracia que te hace. Las horas son segundos cuando estás con él pero cuando no, un minuto se convierte en un lustro. Y echas de menos tanto que crees que vas a morir. Y en realidad, mueres. Lo haces en cada suspiro, en cada pensamiento, en cada recuerdo, en cada deseo. Solo piensas en su mirada, en su aroma, en su manera celestial de pronunciar tu nombre, en esos chistes malos que cuenta y que te arrancan carcajadas solo porque los cuenta él. En su manera única y peculiar de hacerte el amor unas veces y otras, de follarte sin piedad. Porque te gusta del derecho, del revés, triste, enfadado, preocupado, durmiendo o recién levantado. Y te imaginas con él haciendo la compra, discutiendo por quien baja la basura o buscando los calcetines desparejados de la colada. Y todo te apetece en la misma medida. Visitar una exposición o ir a contar hormigas al campo. Ver una película desde el sofá o discutir porque dice que no sabes poner las comas al escribir. En realidad todo está ahí, el paisaje nunca cambia, lo que cambia, y mucho, es nuestra percepción de él. Detectas colores, olores y sabores nuevos que, por supuesto, no lo son; estaban ahí, parapetados tras el gris macilento de la rutina, del desuso y el automatismo.

Y  un metro que te alejes de él, te parece un viaje de larga distancia.

Da igual lo que dure; tres semanas, tres años o tres vidas. Si es de verdad, no se puede confundir con ningún otro sentir. El amor es el único invitado que aunque no anuncie su visita, siempre es bienvenido. Y no entiende de edades, de físico, de clases sociales, de finanzas o distancias.

Lo idílico sería que durara toda la vida, pero si no es así, sabrás que todo lo que llegue después serán sucedáneos con los que, tal vez, no te quedará más remedio que conformarte. Cuando has vivido eso, ya nada vuelve a ser igual. Lo mismo que ese jersey que te pones en invierno, calentito, con rotos, descolorido y con varios siglos encima que no cambiarías por otro ni por todo el oro del mundo, porque ningún otro te va a abrigar el cuerpo y el alma de la misma manera.

Si tuviera que hacer una quiniela, no les doy ni dos años. Ojalá me equivoque y triunfe el amor. El de verdad, el que tan solo te saluda una vez en la vida.

Texto escrito por Susana Cañil
Derechos Reservados


lunes, 5 de junio de 2017

LOS VERANOS DE MI VIDA


El verano siempre ha sido mi estación favorita del año. Le profeso tanto amor como odio le consagro al invierno o al otoño.  Y, lógicamente, ellos, el verano y el invierno, sabedores ambos de la posición que ocupan en mi particular repertorio de  afectos, me responden cada uno en los mismos términos. Igual que si gozaran de vida propia, intuición o alma, deben percibir con nitidez mi animadversión hacia el uno y mi querencia natural hacia el otro. Fiscalizan mi carácter, influyen  en mis ganas, en mi pereza o mi predisposición, en mi regocijo o mi disgusto. Barajan mi talante y mi apetito a su antojo y me reparten las pasiones y las voluntades igual que los naipes marcados de antemano. Quedo desnuda y a su merced, rendida ante sus trampas.





El frío, la lluvia y la nieve, voltean mi carácter. Una mirada de soslayo al jardín recién duchado, un súbito escalofrío o el fleco de una bufanda asomando indebidamente, me transmutan en plomiza y  apática unos días,  tormentosa y colérica, otros. Destemplada y desapacible, siempre.

Por no hablar de la pereza que me produce el ropaje invernal. Botas, guantes, gorros, jerseys de cuello alto, abrigos...Un aterrador prontuario de accesorios que calcinaría uno por uno en una hoguera si pudiera y desterraría de mi  armario por siempre jamás.  Aunque hay dos que, a mi juicio, se llevan la palma. El insufrible, y siempre molesto, paraguas y las medias. ¡Quién inventaría las medias! Antiestéticas, disformes, opresoras y en las antípodas de poder provocar cualquier deseo sicalíptico en un hombre. Y ni siquiera abrigan. Que alguien me explique su supuesta utilidad, porque yo, al hecho de no llevarlas, solo le veo ventajas de todo tipo. Sí, la que estáis pensando también, canallas.

Pero aterriza el verano y de la misma manera que cambia el perfume en el ambiente, la luz por la mañana y el esmalte del cielo al atardecer, yo comienzo a reverdecer. Una plétora de sensaciones tan placenteras e indescriptibles, imposible de dibujar aquí, en tan solo unas líneas.

Terrazas en las que sentarme a leer  mientras el sol, descocado, se entretiene en mis mejillas, flores por doquier, chiquillos en los parques, bullicio por las calles, jornadas que se alargan, cenas en el jardín, baños en el mar… El mercurio escalando con la misma celeridad que yo cuando me apasiono con algo o con alguien.

La vida, esa que habíamos confinado junto con la ropa impregnada en naftalina,  se escapa de los armarios en forma de sexys y vaporosos vestidos, de jornadas interminables, de pamelas y bikinis, de libros que apetece devorar, de planes aplazados, de confidencias bajo la luna,  de musas que retornan con brío y exigencias, de atrevimiento en las miradas y deseos urgentes e inaplazables. Y de canciones, claro. Porque cada verano está ligado forzosamente a una canción.

Hay un día en el que abro la ventana y el paisaje que me devuelve la vida es el verano de mi infancia y adolescencia, como una película a cámara lenta y subtítulos expresados en emociones. Esos días sin colegio, sin prisas, sin obligaciones, jugando en la calle o en la playa con mis amigos. El bocata, las dos horas de digestión antes de poder volver a bañarte, el primer beso, el octavo o noveno amor, que en realidad siempre era como el primero, las diez como hora límite para llegar a casa, el cine de verano, tu vecino el buenorro o la bronca de tu padre si sospechaba que tonteabas con algún chico.  No podría afirmar con rotundidad si fueron los mejores veranos de mi vida, ha habido muchos especialmente felices y maravillosos, pero sin duda estaban preñados de ilusión, de sueños, de despreocupación, de euforia, de godeo y hasta de cierta desvergüenza, en algunos momentos.

Aunque si tuviera que quedarme con alguno, siempre apostaré por el que está por llegar.

El espíritu del estío se aproxima. Inexorablemente. Y llega para quedarse una temporada. Con él, otro año más, podré seguir llenando mi baúl de intentos, presencias, tanteos, imágenes, besos y vivencias. 

Con el tiempo los recuerdos se deforman, se alteran y, en cierto modo, se falsean. Prescindimos de lo feo y, en defensa propia nuestra memoria, avispada y selectiva, nos incita a subirnos al tren de los momentos amables y dichosos. Mejor. El trayecto se hará corto y el paisaje, inmejorable.

Lo anticipo, lo presiento y lo deseo.

¡Ven pronto! Te estoy esperando.





Texto escrito por Susana Cañil
Derechos Reservados







lunes, 29 de mayo de 2017

TODO LO QUE UNA FOTO CUENTA DE TI.


Recibo una media diaria de 20 solicitudes de amistad en mi cuenta de Facebook. Reviso sus perfiles uno a uno antes de presionar el botón de aceptar. Es decir, no me mueve, ni de lejos, la ambición de acumular seguidores por postureo, provecho o vanidad. No me interesa una plétora de nombres exentos de apellidos, un caudal de forasteros que no aporten, ni un exceso de muchedumbre perdida en el anonimato lo mismo que un transeúnte en la vía principal de cualquier metrópoli.

Dicho esto, os confieso que observo con lupa la foto de perfil, el nombre, a qué se dedica, qué tipo de fotos y contenidos  comparte, qué amigos tenemos en común, etc…Cualquier indicio que me pueda ofrecer una pista, medianamente fiable, de que es un ser que se desliza dentro de unos parámetros que lindan con la normalidad. Aun así, siempre hay alguno que escapa a mi instinto. Pequeños errores que suelo solventar rápidamente, por fortuna.




Y es en ese momento, cuando pondero con despego  e imparcialidad (o al menos, lo intento) todas esas señales que te atraviesan el cerebro  en décimas de segundo cuando ves la foto del sujeto por primera vez. Esa imagen que cada uno elige para presentarse ante el mundo. Unos de forma muy acertada y otros, de manera absolutamente desafortunada. Por supuesto, todo desde mi particular y subjetivo prisma, pero también desde la lógica más aplastante.

Tendemos a pensar, erróneamente, que esa foto solo la verá tu círculo más cercano. No es así. Nunca sabrás las retinas que la escanearán  y el interés o rechazo que puedes generar  con esa portada. Si os pararais a reflexionar apenas unos instantes, seguro que muchos de vosotros la cambiaríais de inmediato.
Vaya por delante mi respeto a que cada uno elija libremente su retrato, pero yo también exijo ese mismo respeto cuando hago uso de mi libertad, de mi criterio y de mis gustos personales para decidir, en pocos segundos, si va a formar parte de mis camaradas virtuales o no. Aunque lo que realmente siempre decide, es mi intuición.

Cuando conoces a alguien en persona, tienes la oportunidad de evaluar cara a cara a ese individuo. Sus gestos, su voz, su manera de mirar, su comportamiento, sus modales…Indudablemente no son señales infalibles con las que puedas forjarte una impresión certera y definitiva, pero es bien cierto que hay personas que te desencadenan un rechazo instantáneo o todo lo contrario. Es decir, hay razones objetivas para tener al menos una opinión limítrofe con la realidad que incline la balanza en un sentido u otro.
En el caso de las redes sociales esa situación se torna inviable y lo único que puedes evaluar es esa dichosa foto de perfil que se convierte en tu inmediata carta de presentación.

Podría escribir un libro con muchas de las recibo a diario; fotos hechas en el cuarto de baño, ahí con las cortinillas de pulpos de fondo,  medio desnudos marcando musculitos, con un cuchillo jamonero en el pecho, portando armas, lavándose los dientes, sujetando el Corán, envueltos en látigos y cueros, haciendo el payaso o muecas extrañas, con aspecto de locos o  con pinta de recién escapados de la serie “Prison Break”, con dibujos animados o citas bíblicas. Puedo continuar, pero seguro que los que hayáis leído hasta aquí, ya habéis captado la idea.

En la sección fauna y flora tenemos a los que consideran que su perro, gato, mandril  o su planta favorita, ya sea un cactus o el manojo de perejil que utiliza para cocinar alcanza el estatus óptimo para figurar en esa foto. ¡No! De ninguna de las maneras. Esto es una red social destinada a que los humanos se comuniquen, intercambien ideas, conocimientos, risas, amistad y lo que se tercie, siempre sin sobrepasar el perímetro del respeto y la buena educación. Lamentablemente, esto no siempre sucede. La foto de tu sapo de Borneo con pedigrí, por mucho que sea el amor de tu vida, no tiene cabida ahí y deberían prohibir tajantemente cualquier perfil cuya imagen identificativa no sea la de un ser humano.
Por supuesto, en las prohibiciones también incluiría a todos los que no  aportan foto de ningún tipo, las que atentan contra el honor y el mínimo buen gusto, las que incitan al odio y/o a la violencia, toda imagen que incluya a un menor  y cualquiera que vaya destilando el más mínimo rastro de falta de veracidad. De este modo ya habríamos liquidado a un buen porcentaje, que buena falta hace.

No comprendo muy bien a todos los que incluyen foto en la que se les ve de espaldas, a lo lejos o solo permiten ver medio rostro. La sensación que me transmiten es de falta de transparencia. ¿Qué quieren ocultar? A no ser que sea alguien a quien conozca, no suelo aceptar estos perfiles.

Navegamos ahora por la siempre incomprensible para mí, y supongo que para muchos más, “sección parejitas”. Nunca he concebido un perfil social así, exceptuando cuando se tiene un negocio o empresa en común. Me parece absurdo, ridículo y exento de madurez y seriedad. Puedo pasarlo por alto cuando eres poco más que un adolescente, pero más allá de ese límite, soy implacable. ¡Es una mamarrachada! Tu pareja no es una prolongación de ti. Es obligado poseer una vida al margen, por muy bien que te lleves con ella, con tus gustos, tus aficiones, tus ideas y con tus propias amistades que no tienen por qué ser las mismas. En definitiva, defender tu identidad por encima de cualquier cosa.
Exponer continuamente lo feliz que eres no hace más que devaluar tu relación igual que si participaras en un mercadillo de baratijas. Publicar de forma continuada fotos de besos, cenas, promesas de amor eterno y cualquier pormenor sobre tu relación, aburre y cansa al personal. Por favor, dejemos de lado el postureo y que el sentido común y la elegancia sean los anfitriones que manejen la fiesta.

Las parejas que más alardean de su relación suelen ser las más inseguras y con la autoestima más baja. Y esto no lo digo yo, sino estudios realizados recientemente a propósito de ciertos hábitos que se repiten en las redes sociales de forma sistemática. Además,  deberíamos ser conscientes de que todo lo publicado en la comunidad virtual ahí queda, In Saecula Saeculorum. Reflexionemos sobre ello, teniendo muy en cuenta que la mayoría de las veces esos amores de película suelen durar menos que lo se tarda en visionarla.

Por último, hablar de qué imagen escogemos cuando lo que queremos es dar a conocer una empresa, actividad o negocio que tengamos. Y ahí sí que es más que conveniente, yo diría obligado, invertir en seriedad. Debe quedar muy claro que detrás de ese negocio hay una persona física y de ese modo asociar el logotipo de tu empresa a un rostro. ¿Pero qué imagen escoger? Hace poco buscaba yo un determinado tipo de empresa para que me hicieran un trabajo. No voy a decir de qué sector para que nadie pueda sentirse herido. Cuando por fin después de ver varias opciones me decanté  por una y vi la foto de perfil que la dueña tiene en Facebook, salí huyendo como alma que lleva el diablo. Con esa imagen lo único que hice fue cuestionar de inmediato su profesionalidad. ¿Precipitado? Tal vez. Un rimbombante nombre para su negocio que no combinaba con la imagen chabacana y jifera que mostraba. Mi primera sensación fue pensar que tenía trazas indiscutibles de loca. Más tarde inspeccioné el resto de sus perfiles en las redes y mis sospechas se confirmaron. ¿Resultado? Pérdida de clientes.

De las descripciones que aportan o el nombre ficticio que escogen para asomarse a esa ventana infinita que es el universo virtual, hablaré en otra entrada, porque el tema da para varios volúmenes.

Texto escrito por Susana Cañil. Derechos Reservados.


martes, 16 de mayo de 2017

¿SEXO EN LA PRIMERA CITA?


¿SEXO EN LA PRIMERA CITA?



Mi entrada de hoy analiza un artículo que leí hace un tiempo en un suplemento femenino, de esos que yo antes admiraba por sus entrevistas y por abordar temas de calidad y  que ahora aborrezco un poquito más cada día. Rellenan sus páginas con reportajes sobre las “cremas milagro”, los secretos de la eterna juventud, avances con el Botox, moda irreal a precios inalcanzables y entrevistas a famosillas, modelos y actrices de dudosa gloria. En definitiva, nada en lo que invertir mi preciado y escaso tiempo.

Pero estoy en la consulta del dentista y lleva un retraso monumental así que, decido entretenerme con algo que no sea de color rosa. Paso las páginas con rapidez, descartando todo aquello que no me interesa a primera vista, con la intención de devolver la publicación al revistero lo antes posible.
De repente un titular me llama la atención y comienzo la lectura. El reportaje plantea el tema de si tener sexo o no en la primera cita con un hombre. Y recalco, hombre. Me parece llamativo el hecho de que se escriba sobre algo así viviendo en el siglo en el que vivimos y que, además, el artículo aborde esa decisión desde el prisma femenino y su abanico de posibles consecuencias.



¿Por qué no desde un punto de vista general que incluya a los hombres también? Porque si es la primera cita, lo es para los dos, digo yo. Primer error o primer horror, que viene a ser lo mismo. La curiosidad me invade, aun cuando sé que todo lo que lea después va a resultar pura sandez.

Según avanzo en su lectura me voy soliviantando.  Plantea cuestiones tales como: “Cuál es el momento adecuado para hacerlo y ser una dama” o “Si intuyes que te vas a enamorar, es mejor esperar”.  Para mí ser una dama no depende de eso. Ni siquiera el hecho de nacer mujer te concede la distinción de dama. Esa alcurnia hay que ganársela cada día con tus actos, tu comportamiento, tus gestos… Hay que serlo las veinticuatro horas del día, en público y, especialmente,  cuando estás a solas contigo misma. Y por otra parte, habrá otras mujeres que ni deseen ni pretendan ser unas damas. En mi modesta opinión, igual de respetables.

¿Enamorarse en la primera cita? ¿Quién hace eso? De acuerdo que enamorarse es un acto irracional que no responde a ninguna lógica (yo misma  siempre me he enamorado de hombres que, a priori, estaban en las antípodas del modelo que me atraía) pero no es menos verdad que es un proceso que requiere un cierto tiempo, roce, conocimiento, atención, entrega, valor, predisposición… Eso de amor a primera vista no existe. Existe atracción a primera vista, que es algo completamente diferente. ¡Y menos mal! Porque si tuviéramos que practicar sexo solamente teniendo la certeza absoluta de que es el amor de nuestra vida, algunas morirían vírgenes.


A veces, una conexión física brutal es suficiente para iniciar una relación  placentera sin vislumbres de un ulterior amor auténtico  y pluscuamperfecto, sin intrincadas y absurdas lazadas que incluyan en la ecuación a nuestro caprichoso corazón al que, en ocasiones, deberíamos dejar castigado en el banquillo. Ya habrá ocasión de sacarlo al campo de juego, si él mismo lo relama.

Cuando termino de leer el ¿artículo? me ha brotado urticaria por todo el cuerpo. Está escrito por una mujer, lo cual es aún peor. Corrobora mi teoría de que las mujeres somos nuestras peores enemigas.  Se pone en tela de juicio la honradez o decencia de una mujer, dependiendo de si se va a la cama con un hombre en la primera o en la quinta cita. ¡Vaya!  Desconocía que la dignidad o la virtud de una mujer se midieran por esos parámetros. Por otro lado, me gustaría saber la razón por la que no plantea los mismos interrogantes referidos a un hombre. ¿O es a que a ellos se les presupone la decencia o la falta de ella de antemano?

El discurso es arcaico, decimonónico,  un fósil  con tintes rancios acorde con el periódico en el que se publica.  Mientras existan mujeres que escriban así, todo lo demás no valdrá para nada. No avanzaremos  si tenemos que luchar contra mentes estrechas y apolilladas  de nuestro propio género que van prendiendo etiquetas tan pasadas de moda como la vajilla de mi bisabuela  ¡El enemigo en casa!
Hoy en día una mujer toma sus propias decisiones, libres y  basadas en sus apetencias. Ajenas a cualquier comentario, crítica o posterior repercusión que pueda generar su comportamiento. Lo importante es  hacer las cosas cuando una quiera, en el momento que quiera y con quien quiera. Si está enamorada o si no lo está,  si responde a un acto de amor sublime  o a un puro instinto carnal, son detalles irrelevantes que en ningún caso definen la respetabilidad de una mujer ni la incluyen en ninguna categoría o clasificación. ¡Faltaría más!

¿Decencia? ¿Qué me decís de esas monjitas a las que se les descubrió una cuenta oculta en Suiza? ¿Acaso eso no es una obscenidad infinitamente más intolerable? A mí me lo parece, por mucho que presuman de vírgenes y castas, en el  hipotético caso de que lo sean. 
Obsceno, absurdo e indecente se me antoja el que a esta señora la permitan publicar algo así y encima la remuneren por ello.

Considero tan legítimo y natural que una mujer se vaya a la cama con un hombre en la primera o en la décima cita. Dependerá del momento, de la situación, del hombre, de las ganas, de las circunstancias y de mil factores maravillosamente incontrolables e imprevisibles… ¡o no! Pero sobre todo, que sea cuando a nosotras nos dé la real gana.

Y por otra parte, a veces es mejor en la primera cita porque… ¿quién te asegura que habrá una segunda?


Postdata: nunca más he vuelto a comprar ni a leer ese suplemento.

martes, 9 de mayo de 2017

UN FLECHAZO


UN FLECHAZO

por Susana Cañil



Llevo más de una hora dando vueltas por la tienda con resultado infructuoso. Y eso que son tres enormes plantas y hay oferta más que de sobra para satisfacer los gustos más exigentes. No sé si será el día, que hoy ha amanecido plúmbeo y con ganas de lloriquear (porque el chirimiri que ha caído no alcanza a ennoblecerse con la categoría de lluvia) o mi ánimo no está hoy para romerías. Tal vez lo segundo es consecuencia de lo primero, pero la cuestión es que no encuentro nada que me atraiga de verdad. Es bien cierto que tengo la exótica costumbre de no buscar, prefiero que todo me encuentre a mí, salvo en casos de urgencia. O en los de necesidad máxima en los que no me queda más remedio que abandonar la aventura y caer en manos de la previsión.  Y hoy, es uno de esos días.




Doy vueltas, recorro estanterías, miro, rebusco…Esto se está poblando de humanidad y yo detesto los aforos que exceden lo razonable, es decir, cuando empiezo a notar que mi espacio vital es invadido con aliento ajeno. Recibo un pequeño empujón con bolsazo incluido de una señora que mientras camina sin rumbo fijo, escribe algo en su móvil. No digo nada, pero la fulmino con una de mis miradas asesinas y la mando a la otra punta del local. Y además, aborrezco la horrible música que suena de fondo; me turba y me desvía de mi misión. Habría que despedir al que la elige. Mi humor acaba de vestirse definitivamente de luto y decido abandonar la búsqueda.

Entonces le veo. Me llama la atención irremediablemente. ¡Qué elegante es! Tiene sus años, se le nota en la presencia, pero también posee el atractivo irrefrenable del que tiene mucho que contar y enseñar. Su aspecto exterior es saludable, tal vez unas arrugas que podrían haberse evitado y un cierto aire maravillosamente decadente en los colores que le visten. ¿De dónde ha salido? Si he recorrido cada centímetro del local y no le he visto. Y desde luego, no pasa desapercibido. El destino, siempre zascandil y juguetón como un revoltoso infante.

Miro a su alrededor y compruebo con alegría indisimulada que está solo. Me acerco poco a poco, con cadencia calculada y un fin premeditado; oler su perfume. Para mí es fundamental el aroma, también  el tacto, claro. Pero eso ahora es inviable. Él me mira. Sí, me está mirando sin disimulo y con cierta insolencia. ¡Y su mirada se traduce en tantas sensaciones! Estoy nerviosa y algo excitada. Esto es un flechazo en toda regla, me digo. ¡Y no lo voy a dejar pasar! Me armo de valor y por fin me sitúo a su lado;  ambos nos medimos en esa distancia tan corta que casi nos rozamos, pero tan eterna cuando dos desconocidos se mueren por dejar de serlo. Aspiro su olor. ¡Joder, qué bien huele! Mil pensamientos cascabelean en mi cabeza. El mundo a nuestro alrededor acaba de desaparecer. Ya no veo a nadie, ni escucho ruidos, la música ha cesado y la señora que me propinó el bolsazo ha pasado a pertenecer a otro universo. Solos él y yo. No hay manera de esquivar el roce, ni lo deseo. Y cuando su tacto se posa sobre mi piel, me encanta; suave, atrayente y muy masculino.  Nos deseamos y no hay vuelta atrás. Le agarro entre mis manos y él se deja guiar hacia la salida sin oponer resistencia. Tengo tantas ganas de llegar a casa y devorarlo que tropiezo al bajar las escaleras por las prisas. Menos mal que el tramo no era excesivo y he podido reconducir la trayectoria de la caída. Aterrizo encima de él y me río a carcajadas. Ambos estamos bien y un señor muy amable me ayuda a levantarme.

Me lo llevo – le digo a la cajera, saltándome la fila para pagar y con el dinero preparado en la mano.

¿Quiere ticket regalo? – me pregunta muy amable.

Oh, no. Muchas gracias. Un libro nunca me va a defraudar hasta el punto de querer devolverlo.

Salgo de la tienda y una escandalosa tormenta de aguanieve ha terminado por tapizar Madrid. Pero ahí está él, esperándome. Ha salido del coche y avanza hacia mí con el paraguas desplegado y su maravillosa sonrisa. Sabe que odio la lluvia, pero más todavía que mi melena se encrespe. Me quedo unos segundos, resguardada debajo  de la marquesina, mirando su estampa. Está arrebatador con ese vaquero que resalta todos sus poderes sobre mí. El libro y él han terminado por empaparme del todo y ahora me asalta la duda de con cual de los dos comenzaré a saciar mi apetito cuando llegue a casa.

Libros y hombres. Hombres y libros. No hay tanta diferencia entre ellos y los dos son capaces de transportarme a los mejores éxtasis.

lunes, 1 de mayo de 2017

RESEÑA DE "LOS NÚMEROS DEL ELEFANTE" de Jorge Díaz.


LOS NÚMEROS DEL ELEFANTE de Jorge Díaz



Tercer libro de Jorge Díaz que reseño. Ya no hay grieta por la que me pueda escapar ni excusa razonable con la que salir del paso. Se me ve mucho el plumero con este autor. Lo confieso: siento especial debilidad por él y por sus libros, que devoro igual que si no hubiera un mañana.
Agradezco profundamente que no escriba uno al mes porque, con total seguridad, dejaría de leer al resto de autores para dedicarme en exclusiva a él. Dicho esto, ya os aviso que intentaré reseñar con toda la objetividad posible.

Es la tercera novela de Jorge que leo pero, curiosamente, la primera que él escribió. Tal vez el destino ha querido que sus libros fueran aterrizando en mis manos en un desorden cronológico que hoy agradezco. Las razones, más adelante.


Las primeras páginas de la novela ya te atrapan irremediablemente. Si hablamos de la historia que nos vamos a encontrar es la de dos amigos gallegos que emigran a Brasil para trabajar como mecánicos con la idea de forjarse un futuro digno y volver a su país, si no millonarios, al menos con una vida resuelta, la cabeza alta para lucir frente a la familia y el orgullo de haber dejado atrás una España de miserias y hambre.

Bernardo o Francisco (así se llama el protagonista de esta historia y ya entenderéis la razón de tener dos nombres) cumple su servicio militar en la Marina, a bordo de un barco que atraca en Río de Janeiro. Allí, y tras matar a un hombre, se ve obligado a desertar para evitar la repatriación a su país y, consecuentemente, una casi segura pena de muerte por asesinato. Oculto, sin documentación ni dinero, malvive en las calles hasta que se encuentra con Albino, un amigo de su infancia que ya lleva tiempo instalado en el país y al que la fortuna, aparentemente, le ha sonreído. Con una nueva identidad y amparado bajo la protección de su amigo, Bernardo/Francisco se verá inmerso en situaciones que jamás hubiera imaginado, en un país tan fascinante como peligroso. 

De la mano de Albino conocerá la parte más sórdida de los negocios de éste último y en los que él mismo deberá trabajar para saldar una deuda y sobrevivir. La prostitución, las luchas de las mafias por controlar la droga y el juego, los asesinatos y el Jogo do bicho (juego de los animales) directamente ligado con el curioso título del libro. Un juego muy popular en Brasil que asocia cuatro números a una serie de animales. Los números junto con el animal poseen un significado particular para cada uno.



Me cuenta Jorge en un almuerzo, que estuvo viviendo un año en Brasil. Conoce el país de primera mano y siempre es un gusto escuchar sus vivencias y anécdotas. Allí tuvo noticia de un español que tras 50 años oculto bajo una falsa identidad, se entrega de manera voluntaria a la policía cansado de esconderse durante tanto tiempo. Nadie pudo contrastar de forma fehaciente que la historia de este hombre fuera verdad o tan sólo un estupendo relato fruto de una mente tan fértil como desequilibrada. ¡Qué más da! Lo importante es que de esa anécdota surge la exquisita novela “Los números del elefante”.

El autor la divide en cuatro capítulos: Getúlio, Juscelino, Jânio y Lula, nombres que pertenecen a los cuatro presidentes, probablemente más influyentes en la historia de ese país y, de paso, sirve para reflejar, en forma de diario, la vida del protagonista en las cuatro etapas de su vida.

En un inciso le comento a Jorge que noto mucha diferencia narrativa entre esta novela y las dos otras dos que he leído de él. Está de acuerdo conmigo y me ofrece la explicación que, implícitamente, le he solicitado. Y claro, lo entiendo todo.
Acostumbrada a sus novelas de diálogos sucintos y al grano, sin profusión de detalles irrelevantes que podrían cansar al lector, teniendo en cuenta que sus novelas traspasan las barrera de las 500 páginas,  plagadas de multitud de personajes  a los que nunca terminas de conocer del todo (aliciente que te deja siempre  con ganas de más y más…) y que generan una tensión emocionante en cada página,  casi me parece estar leyendo a otro autor. De ahí mi comentario al inicio de este texto donde agradezco al destino haber leído sus obras en un orden no convencional. Y con esto que nadie me malinterprete. Me apasiona su forma de escribir, de una manera o de otra. Pero aquí encuentro a un Jorge más pausado, con ganas de explayarse, de explicar  cada detalle, cada situación ( y además la propia historia así lo demanda). Aquí no atisbo al guionista, sino a un magistral narrador, a un escritor con mayúsculas en su debut literario. Aquí vislumbro a un Jorge escribiendo por y para él.

Jorge nos acerca de manera magistral y evocadora a ese Brasil de los años 50 en el que se entremezclan el glamour con la prostitución, el  auténtico amor con los odios más viscerales, el lujo con el submundo de las siempre poco conocidas favelas. Mafias, juego ilegal, las escuelas de samba, el fútbol,  los carnavales, colisión de poderes y pruebas constantes de lealtades que pueden situarte en lo más alto un día y al siguiente, en la misma diana de la muerte. A través de su relato conoceremos el momento político y coyuntural del país en cada período de la novela, sus costumbres, su historia y la de todos aquellos gallegos que emigraron a Brasil en busca de una mejor vida y se encontraron con que no es oro todo lo que reluce.

Una novela con cierto toque costumbrista, preñada de detalles, donde los sabores , los sonidos y los colores saltan desde las páginas de la novela para envolverte, emocionarte, para llorar y disfrutar, pero sobre todo, para aprender. Y todo ello a través de ese protagonista que nos cuenta en primera persona todo su periplo vital en un país que le dio desde lo mejor hasta lo peor, sin término medio.



Apasionante, embriagadora, especial, maravillosa. Bella, sería mi adjetivo final.
Imprescindible novela, imprescindible Jorge Díaz en vuestras estanterías.

Texto escrito por: Susana Cañil



domingo, 23 de abril de 2017

LOS LIBROS, MI FAMILIA Y OTROS ANIMALES

Los libros han formado parte esencial de mi vida desde que era pequeña. Son casi un apéndice más al final de mis brazos. Sin ellos no entendería mi existencia y mi corazón latiría a medio gas.  
Soy la menor de cuatro hermanos, todos mucho mayores que yo. Digamos que llegué al mundo cuando nadie me esperaba. Cuando parecía que las vidas de mis padres y hermanos estaban encauzadas  y en equilibrio, aterricé yo para alterarlo todo y convertir el orden en desorden. La tranquilidad en agitación. El sueño en vigilia. Un caos, un auténtico galimatías. Ellos dicen que un caos inesperado pero maravilloso, aunque a estas alturas de mi vida,  tengo serias dudas al respecto de que así fuera. Porque yo me pregunto,  ¿a qué hermano con 20 años le apetece de repente tener en casa a un bebé llorón y exigente que reclama atención las veinticuatro horas del día? Por no hablar de mi madre, que con casi 45 años volvía a empezar con biberones, pañales y noches en vela.

La diferencia de edad con mis hermanos, todo un abismo generacional, no supuso una brecha en cuanto a los sentimientos se refiere, no así en mi relación con ellos.  ¿Qué podía tener en común, además del siempre sobrevalorado vínculo de la sangre, con una hermana veinte años mayor que yo? Absolutamente nada. Transitábamos por universos tan ajenos, que cuando fui  realmente consciente de ello, los libros habían desbancado a los que tenían que haber sido mis compañeros de juegos en circunstancias normales.

Recuerdo nítidamente que en mi casa había mucha lectura. Temáticas muy variadas y, en ocasiones, libros poco recomendables  para una mente inquieta y exploradora como la mía, pero aún en proceso de desarrollo. Entonces yo era una catasalsas sin criterio definido, situación que el tiempo se ha ocupado de cauterizar con rudeza, por fortuna.  Si bien no es menos cierto, que al vivir en un ambiente tan “adulto” maduré a una velocidad vertiginosa.  No me quedaba otra. Así fui dejando atrás la infancia e ingresé  de lleno en la adolescencia con matrícula de honor y la señorita  lectura como mi íntima amiga, a falta de una de carne y hueso con la que sintonizara de verdad. Los libros me lo contaban todo, no molestaban, no cuestionaban y no mentían. Todo estaba allí. ¿Qué más necesitaba?

Con la llegada de la juventud, ya había dejado muchos cadáveres en la cuneta: las amistades que más o menos soportaba antaño, ya no me satisfacían.  Por no hablar de los hombres. Con dieciocho años yo salía con chicos diez años mayores que yo y ellos todavía seguían trepando por los árboles y bebiendo Fanta. Un horror.  De nuevo, otro precipicio al que enfrentarme. El segundo de muchos por los que he tenido que arrojarme. Todo eso condicionó, moldeó y determinó  mi carácter, mis gustos y mis amistades. Me volví tan exigente seleccionado  tanto personas como libros.

Amores, desamores, tristezas, alegrías, desengaños, encuentros, desencuentros, amistades, pérdidas, noches en vela, anécdotas… todos ellos siempre vinculados a algún libro.  No hay recuerdo importante, episodio relevante o situación crítica o feliz en mi vida que no pueda emparentar a una lectura en ese momento. Igual que otros ligan recuerdos con canciones, yo lo hago con los libros.

Libros que me han marcado o han dejado una huella indeleble en mi persona, que han sufrido mudanzas, que han cambiado de manos, que se han extraviado temporalmente y que, milagrosamente, han retornado a mis manos y  permanecen conmigo. Libros comprados, prestados, alquilados o regalados. Libros que busqué o que ellos me encontraron. Testigos excepcionales  y mudos que se llevarán a la tumba muchos secretos inconfesables, momentos divertidos, amores de película, viajes exóticos, conversaciones sireneras, sexo intemperante, mentiras temerarias, apuestas arriesgadas y todo lo que aún me queda por vivir.

Tus grandes amigos en cualquier soledad. Incluso cuando estás rodeado de gente. Aliados, silentes, insobornables, fieles, palpables, sabios, oportunos…

LOS LIBROS

Texto escrito por Susana Cañil
DReservados






lunes, 17 de abril de 2017

THE GEOGRAPHIC CLUB ESTRENA CARTA


RESTAURANTE  “THE GEOGRAPHIC CLUB”

Calle Alcalá, 141

Madrid

Teléfono: 915 78 08 62


En mi reseña de esta semana no os voy a hablar de algún rincón que haya descubierto recientemente, sino de todo un clásico capitalino ubicado en pleno barrio de Salamanca.




Alguien me decía hace unos días que ya no hay nada que descubrir. No puedo estar más en desacuerdo con esa, más que dudosa y desatinada, afirmación. No sólo hay mucho que descubrir sino que redescubrir, que es casi más apetecible. Y éste, es el caso que me hoy me ocupa.
Inaugurado en el año 1995, no creo que exista algún madrileño que no lo conozca o, al menos, haya oído hablar de él. Y si es así, qué mejor ocasión para leer esta entrada y decidir visitarlo.



The Geographic Club nace con la idea de ser un espacio que represente y rinda culto a los más prestigiosos y veteranos aventureros españoles como Miguel de la Quadra Salcedo, Kitín Muñoz, Ramón Larramendi o Pérez de Tudela entre muchos otros. Se percibe la impronta de todos ellos en el local en forma de recuerdos llegados de los confines más remotos que ellos mismos han donado al restaurante y que con el paso de los años han hecho de este lugar, con su estética y su decoración, un lugar reconocido y reconocible.



El restaurante mantiene, por tanto, esa estética que le otorga su seña de identidad, pero da un giro copernicano en cuanto a su carta. Y sinceramente, creo que han acertado de pleno. Dicen adiós a su carta americana, que tantos buenos ratos nos dio, y nos seducen con una apuesta más sana, más rica y más mediterránea. En definitiva, un giro de 180 grados que nos va a sorprender muy gratamente.



El chef Sherwin Galang ha sido el elegido para dar vida a esta nueva carta mucho más acorde tanto con los nuevos tiempos como con la filosofía del local, que trata de unificar culturas a través de la gastronomía. Y al mando de la repostería continua Miguel Caballero, que lleva elaborando exquisitos postres desde su apertura hace 21 años.

En esta nueva carta nos vamos a encontrar propuestas tan apetecibles como la tortilla de merluza de pincho y puerros, las flores de alcachofas con hummus de calabaza en vinagreta de miel y trufa negra, timbal de boletus, salmorejo cordobés, rollitos vietnamitas rellenos de verdura y pollo, ensaladilla rusa de pulpo de roca con mahonesa de Wasabi, rabo de toro al estilo cordobés o sus pimientos de piquillo rellenos.

Tal vez para recordar antiguas reminiscencias o como guiño a los nostálgicos, la carta mantiene una hamburguesa: La Geographic con carne de vacuno, cebolla caramelizada, queso de cabra, rúcula y kumato. ¡Riquísima!

Materia prima de primera calidad, elaboraciones muy correctas, cuidada presentación y excelente trato.



Tortilla de merluza de pincho y puerros


Rollitos vietnamitas rellenos de verdura y pollo



Timbal de boletus


Salmorejo cordobés


Hay más, mucho más, como sus arroces que no debemos dejar de probar o sus postres caseros. De éstos últimos me quedo con la tarta de manzana casera con helado de vainilla o su torrija con helado de vainilla y frutos rojos. Un deleite para el paladar que pone la guinda a cualquier velada.

Tarta de manzana con helado de vainilla y frutos rojos


El restaurante sigue manteniendo sus tres espacios claramente diferenciados. En la entrada, su señorial barra en donde podrás tomar un cóctel o un combinado siempre acompañado de su famosa bola del mundo, silencioso y mudo testigo de tantas historias y vivencias de las muchas que debe albergar el local. Subiendo un tramo de escaleras, el salón restaurante. Y por último en el sótano, un delicioso pub para reunirte con tus amigos y elegir entre una carta de más de 50 cócteles. Y todo ello con ese estilo british y un toque deliciosamente decadente que te enamora.














En definitiva un lugar excepcional donde se dan la mano gastronomía, cultura y viajes que merece mucho la pena visitar.

¿Os animáis?