Seguidores

lunes, 13 de marzo de 2017

RESEÑA DE LA OBRA "QUIÉN PIDIÓ POLLO"





RESEÑA DE  LA OBRA “QUIÉN PIDIÓ POLLO”

No me canso de decirlo y siempre lo diré. Si ya de por sí salir a un escenario y enfrentarse con el público me parece algo digno de admiración, hacerlo solo, durante una hora y media y sin más compañía que un micrófono, es un acto de valentía y amor a tu profesión.

El colombiano Antonio Sanint aterriza por primera vez en España con su espectáculo “Quién pidió Pollo” y elige el Nuevo Teatro Alcalá para ello.

El título hace referencia a esa frase típica que se utiliza en su país para referirse a situaciones incómodas, pero siempre con un trasfondo humorístico.

Rey de la comedia en su país pero por suerte, no sólo es profeta en su tierra. Con su larga trayectoria en cine, teatro y televisión ha recorrido países como Perú, Ecuador, EE.UU o Canadá, entre otros.

Él se define como comediante, palabra que, particularmente, me encanta. Ni monologuista, ni cómico, ni humorista. Aunque en el mismo momento en el que las luces se encienden y él sale a escena, resulta ser todo eso y mucho más.
En su introducción nos desvela las distintas formas de hablar de su país y sus diferentes acentos dependiendo de la zona. Explicaciones que acompaña de divertidos y expresivos gestos corporales que anuncian, tímidamente, lo que nos espera.

En “Quién pidió pollo” se exponen, no todas, pero sí muchas de las inseguridades del ser humano, independientemente de razas, países, género o culturas. Porque las situaciones que nos muestra son universales. El miedo a acudir a la consulta del dentista, a no ser suficiente para tu pareja, a no dar la talla en el sexo, a no entender nada cuando nos hablan en otro idioma, a una entrevista de trabajo o a quedarte sin papel higiénico en una casa que no es la tuya, por citar algunos de los que podréis ver en la obra. Los miedos, las inseguridades que todos tenemos y que al final, son el denominador común de todo ser humano. Da igual lo fuerte que puedas parecer, porque al final, todos sin excepción, las padecemos.


Siempre he pensado que todo con humor se puede contar y Antonio Sanint  me demuestra, en esos 90 minutos, que así es. Humor más allá de cualquier frontera, divertido, irónico a ratos, canalla pero no chocarrero, hilarante e inteligente. Momentos en los que yo he llorado de pura risa y el resto del público, creo que también, simplemente imaginándonos en ese tipo de situaciones cotidianas que todos vivimos, y sufrimos,  a diario.

Reír es la mejor terapia para el espíritu, un bálsamo al alcance de cualquiera con efectos inmediatos y milagrosos. Y esta obra tiene ese poder.

¿Te la vas a perder? Yo no lo haría.

¡Absolutamente recomendable!

La obra se representará del 10 al 26 de marzo de 2017.
Viernes y sábados a las 23,00 hrs.
Domingos a las 20,30 hrs.
Nuevo Teatro Alcalá – Calle Jorge Juan, 62, esquina calle Alcalá.







viernes, 10 de marzo de 2017

RESEÑA: RESTAURANTE "EL OCHENTA".

RESTAURANTE EL OCHENTA

Calle Norias, 80

Majadadonda

Madrid

Teléfono: 91 485 97 62


Hoy me alejo un poco del centro de la ciudad y os llevo de paseo por Majadahonda con destino a un lugar, que aunque ya lleva un tiempo abierto, yo he descubierto ahora.




"El Ochenta" es un lugar que te atrapa nada más entrar por la puerta. Lo primero que llama la atención es la luz, casi cegadora, que invade el amplio local a través de sus enormes ventanales de suelo a techo con vistas al Monte Pilar. Suelo de tarima, madera decapada en las mesas, cómodos sillones y cuadros, carteles y botellas como elementos decorativos, excelentemente escogidos y distribuidos.





Tres espacios bien diferenciados marcan la atmósfera del lugar. Una sala/bar que dispone de mesas bajas o altas para poder desayunar, comer o picar algo  de manera informal. 



Una terraza para los días de sol, que como hoy, he tenido la inmensa suerte de poder disfrutar. 






Y lo que para mí es la joya del local; un pequeño y elegante salón privado con capacidad para unas 30 personas destinado a comidas privadas o celebraciones.
Éste último, al que se accede a través de un corto tramo de escaleras que hay junto a la barra, nos lleva a un lugar que podría ser el salón de una casa cualquiera. Un espacio delicioso y acogedor, envuelto de un cierto aire retro, con sillones Chester, cojines, estanterías de madera con libros y otra con una colección de botellas de vidrio en color verde.








Su carta, muy completa y apta para todo tipo de paladares, nos muestra una cocina tradicional con productos de primera calidad y cocinados de manera sencilla y sana, pero sabrosa.




Entre sus propuestas nos encontramos con las alcachofas confitadas, mollejitas crujientes de ternera con ali oli de aceitunas verdes, el bacalao con ali oli de miel, el tartar de atún o el risotto de arroz negro, entre otras cosas.
Para los carnívoros como yo, toda una selección de carnes cocinadas sobre brasas de encina.




Sus postres, todos caseros, te van a sorprender; sus tartas, de queso, de zanahoria o de manzana o el coulant de chocolate están para relamerse. Pero su postre estrella es, sin duda, el mango con yogurt al chocolate blanco.

Más de 15 referencias vinícolas provenientes de toda la geografía española y su amable personal de servicio, terminan por completar la inmejorable oferta de este restaurante.

De lunes a viernes disponen de un menú al precio de 12 euros. Abren desde la 8 de la mañana. Ideal para ir a desayunar y disfrutar de unas vistas maravillosas.
Volveré dentro de unos meses para disfrutar de la terraza en esas noches estivales que tanto me gustan.




En resumen, un lugar que ya forma parte de mis rincones favoritos en Madrid.





lunes, 6 de marzo de 2017

Y TÚ...¿CUMPLES LO QUE PROMETES?


Hace tiempo que descubrí que dar tu palabra, para ejecutar, consumar o cumplir una cosa a la que previamente te has comprometido, ya no es tendencia en ningún ámbito de la vida.

Dar tu palabra y asumir con madurez, compromiso y dignidad las consecuencias de respetar un pacto, no está moda. Y me refiero a compromisos escritos. Contratos, firmas, acuerdos, alianzas, transacciones…Con nombres y apellidos. Con procedencia y rúbrica. Con marca de agua y sello lacradoDe esos de los que no puedes desertar alegremente  sin secuelas, sin daños colaterales y sin el honor un poco tiznado. Y en algunos casos, sin implicaciones legales.





De los otros, de los compromisos desnudos de cualquier carácter legal, ya ni hablo. Me refiero a esas promesas que hacemos espontáneamente, aunque sean relativas a temas triviales o domésticos. Con buena voluntad o a lo loco. Con el clandestino deseo de obtener algo…o no. Porque lo  que uno dice por quedar bien, el otro puede que reciba el mensaje con una percepción muy distinta. Que se lo tome en serio, vamos. ¡Fíjate qué tontería! Por ello, hay que ser extremadamente cuidadoso y noble con las cosas con las que uno se compromete. Porque también tu honor y tu credibilidad se juegan el tipo. 

Aquí es donde entra en juego la terapia de aprender a decir no. Si decimos que no, argumentando ese “NO” (no puedo, no quiero, no tengo tiempo, no me reporta nada...) ni perdemos el tiempo ni se lo hacemos perder a los demás y la imagen que transmitimos es franca y sin repulgos. Si por el contrario  faltamos a nuestra palabra, naufragan irremediablemente tu seriedad y  tu credibilidad, generando un estado de desconfianza que a la larga te salpicará negativamente en otros momentos de tu vida.


Es cierto que a todos nos puede suceder alguna vez, pero cuando se convierte en tu “modus operandi”  diarioen tu filosofía  para circular por la vida, te ganarás una fama de insolvente, incapaz y deshonesto que te precederá en tu vida social, familiar y profesional. Y eso es muy, muy feo.

¿Cuánto vale nuestra palabra hoy en día?  ¿Qué valor le otorgamos a lo que prometemos o decimos en un momento dado? ¿Qué necesidad hay de mentir si desde el principio sabes que no hay en ti la más mínima intención de mantener un acuerdo? ¿No sería más fácil decir que no desde el principio sin recurrir a excusas de saldo que te convierten en una persona barata y tramposa?

Recuerdo con claridad la primera vez que tuve conciencia tajante de algo así, porque marcó un antes y un después en mi biografía. Supuso una aflicción para mi alma, inocente y aun casi virgen. Pero con un acentuado sentimiento de incomodidad y de rechazo profundo. Y la sacudida, evidente y rotunda de que, partir de ese momento, tendría que ponerme en guardia contra el mundo si no quería sangrar más de la cuenta. Me hice mayor de golpe.

Tenía apenas 18 o 19 años y estaba estudiando. Mi sentido de la responsabilidad, pero sobre todo de la independencia, me llevó a querer ganar mi propio dinero desde muy joven. Me negaba a pedirles a mis padres para salir, o para ir al cine o para comprarme un vestido, que además, para colmo, tenía que pasar la censura de mis hermanos mayores.

Así que, a través de un amigo, comencé a trabajar en un pequeño y familiar bufete de abogados donde atendía labores administrativas y similares que compatibilizaba con mis estudios. Al principio, el dueño de la empresa, un abogado de aspecto prepotente y maneras chulescas, me dijo que estaría en período de prueba un tiempo por si no le gustaba y que, si no era así, me haría un contrato de trabajo. Y yo le creí, claro. Lo había prometido y yo pensaba entonces que lo que se promete, se cumple. ¡Ingenua de mí!

Y así pasaron los meses, hasta seis. Ellos me pagaban, poquísimo y en negro. Y cada vez que reclamaba mi contrato, me daban una excusa distinta prometiéndome que lo iban a hacer. Tenía dos compañeras de trabajo, una de ellas en las mismas condiciones que yo, pero que ya acumulaba cuatro años allí. Yo era joven, pero ni tonta ni ajena a lo que sucedía. Y por supuesto, me daba perfecta cuenta de la calaña del sujeto.

Tras un año trabajando allí, decidí buscarme un abogado (uno íntegro y  con ética, me refiero) y denunciar mi situación. No voy a adentrarme en detalles, pero perdí mi pequeña batalla. Mis estupendas compañeras negaron todo, hasta conocerme y él, también. Me quedé sin trabajo, sin la amistad del amigo que me introdujo allí y con mi dignidad por el suelo. Pero sobre todo,  preñada de ira. Porque no entendía que reclamar lo que habíamos pactado, fuese casi un delito. Tenía todo el derecho a molestarme y, como mínimo, a recibir una explicación. Ni llegó el contrato, ni la explicación, ni siquiera alguna falsaria disculpa. Pero me fui con la lección bien aprendida.

No ha cambiado casi nada desde entonces. O sí. Si acaso, ahora todo es más palmario en las reacciones y fusco en las intenciones. Ya no queda, en general, voluntad de cumplir y menos de agradar. Cualquier pretexto es válido, por muy cerril, irrisorio, inverosímil  o improvisado que sea. Eso en el mejor de los casos, cuando la otra persona te importa un poco o simplemente te interesa conservar la relación por puro egoísmo.
En el peor de los escenarios, es decir, cuando el otro te importa un carajo, lo único que recibes como respuesta es un silencio atronador y huérfano de elegancia.

A partir de entonces me he tenido que enfrentar a  muchas situaciones así. ¡Y las que me quedan! Con amigos, con jefes, con la familia, con conocidos… Y con cada una de esas decepciones he ido confeccionando mi particular blindaje para que me afecte lo menos posible y se escurran por mi traje hasta acabar en la alcantarilla, cuál cucarachas ahogadas. Todos ellos. Las promesas incumplidas y los que las incumplen.

Cuando te comprometes a algo, debes cumplirlo hasta el final. Cueste lo que cueste.

No hay mayor compromiso moral que el que se rubrica con un apretón de manos, un abrazo, un beso, una mirada o una sana intención,  sin necesidad de un incómodo papel firmado con siete copias compulsadas y entregadas por un emisario atravesando montañas y valles.


¡Cuántos acuerdos importantes se han cerrado con unas palabras escritas atropelladamente en una servilleta!

¡Dónde han quedado aquellos pactos entre caballeros, en los que SÓLO se necesitaba ser un caballero! (aquí, por supuesto, también incluyo a las damas).

Y tú... ¿en cuánto valoras tu palabra?

Texto escrito por Susana Cañil
Derechos Reservados


jueves, 2 de marzo de 2017

LOS PEORES ESTILISMOS. OSCAR 2017

JESSICA BIEL


No sabría muy bien qué decir de este vestido firmado  por  KAUFMAN FRANCO. Tan sólo se me ocurre que podrían haberla confundido con la propia estatuilla. Excesivo en brillos y dorados a todas luces. Y ella lo remata con un collar de Tiffany bien discreto, por cierto.
Sencillamente, espantosa.







TARAJI P. HENSON


Un diseño de ALBERTA FERRETTI con el que no acertó. La primera regla básica de la elegancia es que si enseñas escote no enseñas pierna, y viceversa.  Parece que alguien debería darle alguna clasecilla y no le vendría mal dejarse asesorar por una estilista de las de verdad.





HALLE BERRY


Lució una pieza de ATELIER VERSACE o eso dicen, porque podría ser un vestido comprado en cualquier establecimiento de quinta mano. Asimétrico, con brillos y degradados, absolutamente horrendo de principio a fin e indefendible. ¿Y el peinado a lo afro? El ejemplo más claro de cómo una mujer guapísima puede estropearse ella solita. O tal vez la vistió su peor enemiga.





GINNIFER GOODWIN



Encaje, plumeti y transparencias en este traje que lleva la firma de ZUHAIR MURAD, un diseñador que lo mismo me enloquece de gusto o que me espanta de miedo, sin término medio. En este caso concreto, lo último.
Otra regla básica de elegancia: un traje rojo ya es de por sí suficientemente llamativo, por lo que las líneas deben ser depuradas y minimalistas sin asomo de adornos que recarguen innecesariamente el resultado final.  Para lucir el rojo y saber defenderlo hay que poseer mucha clase y elegancia y no es el caso. Y para colmo la cartera del mismo color, que se pierde en el vestido sin ofrecer ningún contraste. Peor, imposible.






SCARLETT JOHANSSON

Vuelve a ser una de las peores vestidas de la alfombra roja con este  modelo de ALAÏA. De gasa rosa y estampado, parece más bien un vestidito para pasear por la playa en verano en una noche romántica con tu amorcito. Insulso. El cinturón y las pulseras con aire rockero son un puro zarpazo a la delicadeza de la prenda.   El pelo que lleva, pasado de moda con ese tupé y rapado en los laterales, no ayuda para nada. Y los múltiples “piercings” en la oreja le aportan un aire macarra intolerable.






SALMA HAYEK


La actriz vuelve a ser el ejemplo más claro de que cuando no se tiene clase ni buen gusto,  da igual el dinero que tengas.  Todo en su estilismo patina: el vestido en sí es horroroso, pero si además le añades ese escote vulgar, las transparencias, los pendientes, el peinado y el maquillaje, se convierte en una pesadilla.





JANELLE MONÁE


Un diseño de ELIE SAAB que me deja sin respiración y me manda a la tumba en un nanosegundo.
La actriz y cantante se decantó por este modelo indescriptible con falda tipo menina. Me pregunto como sería capaz de sentarse... Brillos, transparencias, bordados y hasta una diadema.  Todavía no me he recuperado del sofocón.






domingo, 26 de febrero de 2017

RESEÑA DEL RESTAURANTE LATASIA EN MADRID


RESTAURANTE LATASIA

Paseo de la Castellana, 115

Madrid

Teléfono: 91 555 93 33

www.latasia.es



Los que me seguís en el blog desde hace tiempo ya conocéis mi querencia incontrolable a descubrir nuevos lugares en Madrid en los que poder desayunar, comer o tomar un rico aperitivo, pero también sabéis que no todos son susceptibles de ser reseñados por mí.  Sólo hablo de los que me gustan, como el de hoy. Si, además, en su perfil de Twitter se definen como "la casa de comidas más canalla de la ciudad", ya es una adorable obligación por mi parte.


Casi sin darme cuenta me he convertido en la que decide dónde ir cada vez que quedamos todas las amigas y esta vez, no fue una excepción.

Hacía tiempo que quería probar un restaurante peruano y me decanté por Latasia, una casa de comidas (me encanta que se vuelva a rescatar ese término) ubicado en pleno Paseo de la Castellana, calle emblemática  en la capital y centro neurálgico y financiero de la ciudad con el campo de mi equipo, el Santiago Bernabéu, como testigo de lujo.




En Latasia nos vamos a encontrar con una perfecta mixtura de los sabores más genuinos de Perú y Asia, pero en donde lo español no queda, ni mucho menos, excluido de la ecuación.






El local no es excesivamente grande, pero posee mucha luminosidad que, además, se ve reforzada por los tonos predominantemente claros que han elegido para decorar el lugar. Paredes claras, sillas de diferentes diseños, una colección de botellas, tarros y sifones por doquier y una amplia ventana en medio del espacio que invita a colarnos visualmente en la cocina y ver qué se cuece en ella. Y nunca mejor dicho.







Al fondo del local, justo donde nos acomodaron, un cómodo banco corrido con mullidos cojines que aporta el punto de calidez al local.









En su carta, corta pero muy cuidada, nos encontramos con platos para compartir, ideales  si acudes con un grupo de amigos. Propuestas como el tiradito de lubina, la panceta confitada o los mejillones gallegos con curry y leche de coco.

El día que acudí al local con mis amigas Virginia y Pilar.



Nosotras compartimos dos platos estrella de la casa; la ensaladilla rusa de chicharro marinado, camarones y tobiko y, como no, el ceviche de corvina con aguacate acompañado de unos chips de plátano y boniato. Sin palabras nos quedamos las tres. Sabores auténticos, sin adulterar y con exquisita materia prima con los que te relames de gusto.




De plato principal el ají de gallina, con salsa de ají y arroz chaufa, nos pareció exquisito.

Para los que gusten de la casquería, probad las mollejas de ternera confitadas que me dicen que están de quitar el sentido. Preguntad  por los platos fuera de carta. Siempre hay y os van a sorprender.
Y de postre nos decantamos por la tarta de zanahoria con helado que al igual que el resto, no nos defraudó.



Tienen el delicioso detalle de ponerte un aperitivo al comienzo de la comida y unas riquísimas pastitas acompañando al café.

El servicio, excelente. Amables, pendientes y explicándote cada plato. La cuenta te la entregan en una preciosa mini cazuelita de cerámica, como podéis ver en la foto. ¡Detalles que enamoran! Porque un restaurante para mí es el conjunto de muchas cosas, no sólo de la calidad de la comida, sino de la decoración, el trato, la localización, el horario, los baños…






Entre las cosas mejorables está su horario. Abren de 13,00 a 17,00 y de 20,00 a 12,00 hrs. Cierran los domingos. En estos tiempos que corren se imponen locales “todo terreno” con horarios non stop donde poder dejarse a caer a cualquier hora del día. Ahí lo dejo como sugerencia.

En cuanto al precio, nosotras pagamos 25 euros por persona. Tened en cuenta que las raciones son generosas si coméis poco, como es mi caso.



Por todo lo demás, un sitio al que seguro volveré y que os recomiendo probar.

martes, 21 de febrero de 2017

ENTREVISTA EN METROPOLITAN RADIO ESPAÑA



Ya podéis escuchar la entrevista que Pilar Nogales me hizo para METROPITAN RADIO ESPAÑA el pasado sábado.

Allí tuve que elegir las seis canciones de mi vida.

No os la perdáis porque merece la pena.



http://www.ivoox.com/17087144

miércoles, 15 de febrero de 2017

RESEÑA DEL RESTAURANTE ELEKTRA EN MADRID

RESTAURANTES ELEKTRA

Calle Santa Engracia, 108

Madrid

Teléfono: 912 54 59 11


Lleva abierto tan sólo tres meses, pero ya os auguro que será un lugar de referencia en muy poco tiempo.




¿Los motivos? En cuanto leáis mi entrada los vais a entender todos y querréis volar a conocer este delicioso lugar.
Los que me siguen en mi blog ya sabéis mi querencia a reseñar lugares que cumplan ciertos requisitos indispensables para mí, mucho más allá de precios, alta calidad de la comida o postureo innecesario. Éste es uno de esos rincones madrileños que merecen mi tiempo y mis letras.



Con mi amiga Mª Eugenia el día que comimos en ELEKTRA


Es lunes y quedo con mi amiga María Eugenia allí, pues ella trabaja muy cerca. Como llego la primera, entro en el local y  rápidamente un amable chico se acerca a recibirme. Me gusta que la gente que dirige o atiende un negocio acoja al visitante  con simpatía, educación y amabilidad. Aquí lo hacen desde que entras y con eso, ya me tienen ganada.





Si además echas un vistazo alrededor y descubres un lugar plagado de encanto en cada uno de sus detalles, el flechazo es inmediato. Me encanta su decoración; todas las sillas son distintas, de forja, de madera o tapizadas en terciopelo o con telas con alegres y coloridos motivos. Las mesas, unas redondas y otras cuadradas, también en diferentes materiales y en medio del local, una mesa comunal en madera para grupos o, tal vez, para mezclar a gente que quiera conocerse. Todo destila un cierto aire retro pero actualizado.






El local no es especialmente grande y personalmente ese detalle me gusta. La luz que entra a través de los enormes ventanales que dan a la calle Santa Engracia, el ambiente cálido y acogedor que se respira y la comida, de la que luego hablaré, logran conformar un espacio elegante, moderno y delicado. Tremendamente chic.




Mi rincón preferido: un gran sofá en verde musgo, tipo Chester con alegres cojines, al lado del ventanal con una mesa baja y dos butacones de colores. Encima del sofá, una vitrina/librería que alberga botellas, adornos, libros y un reloj que aconsejo mirar de vez en cuando, si no quieres quedarte a vivir allí. Porque aquí el tiempo vuela como por ensalmo.








Nos acomodan en una mesa redonda al fondo del local. Perfecta para dos amigas que hoy comparten confidencias y charla más que trascendente. Nos encanta la vajilla. También aquí vuelven a sorprenderme con platos y vasos desparejados combinados con tan buen gusto que todo resulta armonioso y original.



En Elektra nos vamos a encontrar con una propuesta diferente. ¿Cuántas veces nos ocurre que al tener amigos veganos o vegetarianos nos cuesta encontrar un restaurante donde poder cenar o comer sin que ninguno tenga que renunciar a sus gustos? Bien, pues aquí vas a encontrar una carta de comida fundamentalmente saludable, en su mayoría para veganos y vegetarianos, pero con la posibilidad de añadir otros ingredientes que permitan, a los que no somos forofos de esta opción, compartir velada sin problemas.



Existe la posibilidad de comer de carta o de menú. Hay dos opciones. Uno por 14 euros que comprende un entrante, un plato principal y un postre y bebida. También la posibilidad de medio menú para los que comemos poco.

Nosotras tomamos un exquisito salmorejo acompañado de berenjena. De segundo, una especie de pastel de bacalao desmigado que estaba exquisito y de postre una copa de fresas. Después como cortesía de la casa nos sirvieron un delicioso digestivo.

Obviamente tenemos que volver para probar el resto de la apetecible carta; Ensalada de judía verde de Kenia, Tagliatelle de calabacín, el Risoto Thai o sus tomates amarillos rellenos de escalibada y stracciatella son algunas de las apetecibles propuestas que hacen de este restaurante un sitio al que volver con frecuencia.
Para los carnívoros como yo existe la hamburguesa de buey, con carne proveniente de la "Finca Jiménez Barbero", o la milanesa de pollo de corral entre otras posibilidades.


Todos sus postres son caseros. Otro punto a su favor. Y por si esto fuera poco, abren todo el día ininterrumpidamente. Puedes pasarte para probar un delicioso desayuno, en el que deleitarse con su muesli preparado por ellos mismos o la codiciada tarta de mandarina. Un café a media tarde con un dulce o uno de sus batidos o zumos preparados en el momento charlando en el rincón del sofá en buena compañía. El paraíso.





El local tiene varios ambientes. Una zona con banquetas altas y barra junto al ventanal, la zona del sofá para cafés, la mesa comunal para grupos y en la planta inferior un pequeño saloncito.




Por si todo esto os parecía poco, dos detalles más a tener en cuenta:
Los fines de semana podéis disfrutar de su brunch y … ¡cómo no hacer mención a uno de los apartados en los que más me fijo cuando acudo a un restaurante! El baño.

También aquí obtiene la nota máxima. Un papel pintado de color caldero con delicados pelícanos de fondo, servilletas, jarrones de cristal con flores, un amplio espejo y todo ello dentro de un espacio cuidado y limpio.






En resumen, lugar precioso para dejarse caer a cualquier hora del día, comida rica y espléndida atención del personal.


Merecía una entrada en mi callejón.