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jueves, 17 de enero de 2019

Cuaderno de bitácora: 20 días con Nicola Di Bari


Cuaderno de bitácora: 20 días con Nicola Di Bari


PUNTA DEL ESTE ( URUGUAY)

Aeropuerto de Barajas, Madrid. Son las diez de la noche y estoy esperando a que llegue el cantante Nicola di Bari procedente de Milán. Me acompaña en la espera Mikel Barsa, su representante y amigo personal desde hace más de veinte años. Éste ya me ha hablado de él;  discreto y reservado como es, apenas ha vertido pequeñas pinceladas en lo que atañe a la parte humana del cantante. Pero cuando me habla del artista, otro Mikel, festivo, elocuente y pasional, aflora al exterior y derrama información inundando a todo aquel que se encuentre en un radio de diez continentes a la redonda. Haciendo gala de una memoria prodigiosa, cita fechas, lugares, teatros, continentes, galas, canciones, compositores y anécdotas maravillosas que atesora junto a uno de los mejores cantantes italianos del mundo. Son dos pesos pesados, cada uno en su terreno, hermanados por una misma pasión: su majestad, la música. 

Punta del Este (Uruguay)


Yo le escucho embelesada y miles de interrogantes se agolpan en mi cerebro, tantos que unos atropellan a otros, pero sé que no le gusta que le interrumpa en medio de su evocación, así que me meriendo las ganas, sin ganas, memorizo las mil y una preguntas que quiero hacer y aguardo la ocasión adecuada para formularle tres o cuatro, que serán las únicas que querrá contestar.

De Nicola conozco sus canciones. Mis hermanos, veinte años mayores que yo, las escuchaban en el tocadiscos de casa. Por eso no me resulta ajeno ni lejano, a pesar del abismo generacional que nos separa. Al menos es algo. Del resto, no conozco nada. A nadie. Me leo todo lo que encuentro sobre el cantante, veo vídeos con  sus actuaciones, entrevistas en televisión y me pongo al día con sus proyectos. Con respeto, pero sin temor, me embarco en esta aventura calzada con mis tacones, vestida con mi cerebro y perfumada de expectación. En mi mochila, muchas horas de radio, tres libros publicados, doce años como responsable de comunicación de una de las mejores diseñadoras españolas, ilusión, ganas, voluntad y curiosidad para exportar.


Nicola Di Bari con mis libros


En medio de todas esas sensaciones me hallo cuando, a lo lejos, lo veo llegar. No hay posibilidad de no percatarse. Una figura delgada y menuda, de marcha inquieta, mirada detectivesca, que se intuye tras sus gafas oscuras, y ese contoneo de cabeza observando todo y a todos, y su sempiterno sombrero, que ha convertido en seña de identidad y marca de la casa, se aproxima.
Me saluda con afecto. Real, no impostado. También me escudriña con curiosidad y lo noto cuando se despoja de sus gafas y me taladra con esos ojos  pequeños y sagaces. Al fin y al cabo vamos a compartir veinte días de gira y necesita  sopesar, a golpe de intuición, qué tipo de persona soy. Siempre a su lado, su fiel compañera; su esposa Agnese. Una figura fundamental en su vida de la que más adelante os hablaré.


En el avión rumbo a Punta del Este

                                


Con Nicola y su esposa Agnese
                                                          

Son trece horas de vuelo las que nos esperan hasta nuestra primera parada en Montevideo y en ellas surgen los primeros tímidos acercamientos por mi parte. Estoy con una estrella de la música a nivel internacional a la que acabo de conocer y eso impone hasta al más pintado. Pero no es menos cierto que yo siempre me muestro tal cómo soy; no está en mi ánimo ni en mis intereses cultivar la impostura sólo por agradar. Rápidamente percibo que compartimos dos rasgos comunes, la sinceridad y la elegancia. Así que, una vez repartida la baraja, sin ases bajo la manga, aflora un Nicola cercano, inteligente, divertidísimo y con mucho bagaje a sus espaldas que dinamita, de un soplo, cualquier barrera imaginaria para hacerme sentir cómoda y confiada en cuanto el avión despega. Gasta bromas, cuenta chistes, tararea canciones, recuerda sus comienzos y se muestra, sin pudor, un devoto enamorado de su mujer. Me ha ganado la partida sin haberla comenzado. A partir de ese momento, todo fluye con admirable naturalidad y se crea un ambiente mágico y entrañable que permanecerá durante toda la gira y más allá.



Maravillosa vista nocturna desde la terraza de mi habitación en el Hotel Enjoy. Foto: Susana Cañil


Hotel Enjoy - Punta del Este



                   
                                  
Este “trotamundos” recuerda con orgullo sus orígenes humildes. Nace en 1940 en la región de Puglia situada al sur de Italia con capital en Bari. Iba para abogado, era lo que deseaban sus padres que, además, le alertaban de que con su voz ronca no tendría mucho futuro. Pero un día, el destino, zascandil pero oportuno, modificó su hoja de ruta sin aviso ni permiso. Un amigo heladero de su pueblo se quedó sin voz un día y él, con ánimo de atraer clientes para el negocio, se puso a cantar.  Un productor discográfico escuchó su voz y apostó por ella. A partir de ahí, todo es historia. Pero como todos los comienzos, nada fue fácil. Hasta que pudo ganarse la vida con la música, trabajó en docenas de oficios y profesiones diferentes.

Dos veces ganador del Festival de San Remo, en 1.971 y 1.972, más de cincuenta millones de discos vendidos, miles y miles de actuaciones por todo el mundo, el calor de un público que le escolta fiel desde hace más de cuatro décadas y nada de ello le ha hecho perder ese fugaz miedo escénico minutos antes de saltar al  ruedo. Ese que sólo conservan los grandes de verdad. En cada concierto, antes de empezar, me pongo muy nervioso; parezco un auténtico debutante al respecto de mis nervios. Esa asignatura nunca la aprobé; mis miedos son evidentes cada día antes de salir a escena. ¿Qué hago? Para calmarme y tranquilizarme, me fumo un cigarrito, me tomo un whisky y ya salgo al escenario como nuevo”.

Su esposa, Agnese, es el muro de carga, pieza indispensable de esa estructura arquitectónica, universal y común a todo el mundo llamada vida. Transitan juntos por ella desde hace 54 años y dice que sin su mujer, su vida no tendría ningún sentido; "Mi vida se llama Agnese. Desde que la conocí hasta hoy ha sido un gran romance, yo voy caminando por el mundo a su lado, para mí la vida sin ella sería insignificante". 


Las maravillosas playas de Punta del Este
                                                        



Foto: Susana Cañil
                                                  

Han formado un gran equipo, compacto, soberano, bello, en el que el amor, la lealtad y el gran valor que otorgan a la familia, priman sobre cualquier otro factor externo. Cuatro hijos y cuatro nietos a los que idolatran. Durante todo el viaje es constante el intercambio de mensajes, fotos y llamadas entre todos ellos. Cada vez que suenan sus móviles con alguna comunicación de sus hijos, se les ilumina el semblante. Entre ellos hay tanta complicidad, que se entienden con miradas o gestos apenas perceptibles, si no eres observador. Y me encanta comprobar que los enamorados adolescentes que fueron, siguen ahí, irreductibles y perennes; discuten como quinceañeros por pequeñas tonterías y a los dos segundos, vuelven a reír, a tomarse de las manos y mirarse a los ojos como si acabaran de descubrirse. Verlos es volver a creer en el amor. Pero no en cualquiera, en el amor con mayúsculas. En el único posible, claro.

Es una teoría mía, pero seguro que al leerme muchos de vosotros coincidiréis. Siempre he mantenido que las parejas que ya no discuten por nada, son parejas muertas. Ancladas en la rutina, la comodidad o los intereses creados. No es el caso de ellos dos, por fortuna. Cuando algo sigue vivo, un sentimiento decano y sedicioso, se alza en armas contra todo eso, provocando una revolución. Observarlos es comprobar que se necesitan, que se aman y se respetan, pero que nada de eso es óbice para mantener sus ideales y defender sus identidades, sin correr el riesgo de ser engullido o colonizado por el otro. Agnese es una mujer serena, paciente, con inquietudes y culta, que cede todo el protagonismo a su marido con una generosidad y templanza encomiables.

Nicola es conocido como “El último romántico”, aunque él se resiste a serlo: "Sería una tragedia que yo fuera el último romántico. Es una manera con la que suelen presentarme por mi estilo y mi música. Te aseguro que no lo soy, sino uno de los tantos que le dedican su vida al romanticismo”.  Y prueba de ello son sus canciones donde  todo gira en torno a la mujer y al amor. Sentimientos en estado puro. Dice que no programa nada, ni tiene unas horas concretas para escribir, ni un lugar especial de inspiración. Cuando llega, llega. Son emociones que  pruebo y luego pongo en música; no se sabe cómo nacen en un momento particular, grande, emocionante, estimulan hasta el punto de que nace música y letra al mismo tiempo”.

Le gusta el buen vino, lo mejor de la gastronomía de cada país, leer, conversar y fumar. Adora el jamón serrano, el whisky de malta y la cerveza Corona. "Si tengo que vivir sin vicios, mejor morir”, me comenta con humor. 

Siente profunda admiración por Sinatra, Serrat, The Beatles, Aznavour y tantos otros nombres que surgen a lo largo de los días en conversaciones con él. Hablamos del éxito, o de cómo lo percibimos cada uno. Y encuentro mil vínculos de unión con su filosofía: éxito es tener una familia que te quiera, un pequeño puñado de amigos bizarros, leales, de esos que sabes que siempre están, un hogar al que poder regresar tras cada gira, ser fiel a uno mismo por encima de todo, tener el privilegio de tener una compañera de viaje excepcional como su mujer, disfrutar de pequeños placeres, viajar, no perder nunca la curiosidad ni la ilusión y enamorarte cada día de tu profesión. Y todo ello con música de fondo. Podríamos catalogarlo de hedonista, pero no en su versión severa; un hedonismo inteligente, emocional, sensible, noble, desprendido… Coincidimos en que lo material, el poder crematístico,  da posibilidades, despeja caminos, te permite ciertos caprichos, pero jamás compra lo único importante de la vida: la salud y los afectos. Cada vez que hablo con él, con ellos, siento que los lazos se estrechan y la sensación de conocerlos de toda la vida y compartir unos códigos éticos, cada día menos vigentes en esta sociedad actual, me acompañan como un centinela fiel.

Llegamos a Punta del Este (Uruguay) y el Hotel Enjoy nos espera para ese primer concierto. Es un ídolo y me doy cuenta enseguida.  A Nicola se le admira, se le respeta y se le quiere. En los ratos en los que Mikel tiene reuniones o quehaceres personales, yo acompaño a Nicola y Agnese. De paseo por cualquier calle, no podemos avanzar sin que le paren, le pidan fotos, canten sus canciones. Se percibe un cariño que va más allá del  razonable entusiasmo por un cantante famoso. Escucho frases como: “Mi padre tenía todos sus discos, sus canciones yo las aprendí de él” o “Qué feliz voy a hacer a mi madre cuando vea esta foto con usted”. En cada frase, en cada conversación, en cada mirada, subyace un tributo a su persona. Atiende a cada uno personalmente. No se para, se hace la foto de rigor y se va, no. Charla con cada uno, responde a sus preguntas y hasta graba vídeos cuando algún fan se lo pide. Y todo ello sin perder la sonrisa, la exquisita educación y el buen humor.


Foto: Susana Cañil


El concierto es un éxito de público. Yo, armada con mi Tablet, trasteo entre focos, público y bambalinas al objeto de inmortalizar la mejor imagen. Casi todas con las que ilustro este reportaje son mías. Desde el backstage  asisto al “otro” concierto. Por primera vez estoy del otro lado del espejo; no soy espectadora, o al menos no de la manera convencional, sino parte integrante de ese espectáculo. Puedo ver las caras de la gente, las reacciones, los aplausos sentidos y como se saben sus canciones de memoria. Un repertorio con la mayoría en español y algunas en italiano. Sus grandes éxitos internacionales suenan con esa voz ronca y desgarradora, reconocida y reconocible, de la que él mismo habla despojado de cualquier vanidad y con un humor envidiable: “Sólo a Dios se le puede adjudicar por qué y cómo tengo este tipo de voz tan absurda, que al mundo le gustó muchísimo”.
Foto: Susana Cañil


Foto: Susana Cañil
                                                                          



Sale al escenario con sus gafas y su sombrero, traje de factura impecable que le sienta como un guante al conservar una figura perfecta y arropado por SU gente; en primera fila, su mujer. Grabando, haciendo fotos, proyectándole fuerza con la mirada. Mikel, su gran amigo y manager. Aunque por fuera es todo templanza, le conozco, y por dentro es puro nervio. Profesional y perfeccionista como es, sólo entiende que las cosas salgan bien. Tolera los imponderables, pero no los errores por dejadez o negligencia. Cambia de posición cada minuto. Lo mismo le encuentras casi formando parte del escenario, que sentado entre el público o en algún lugar  muy lejano analizando hasta el mínimo detalle. Los músicos, esa banda formada por Carlos Rystok a la batería,  Marcos Lavallén en los teclados, Juan Riytok a la guitarra y Valentín Díaz al bajo. Jóvenes, aunque sobradamente preparados. Son su equipo musical desde hace mucho tiempo y se percibe entre ellos el respeto y la admiración mutuos. Son cuatro chicos argentinos que me hacen la vida muy agradable; yo diría que son fantásticos, sin ellos mis conciertos no serían posible. El gran mérito que todos me atribuyen tengo que compartirlo con ellos”. 

Carlos, Marcos, Juan y Valentín. 



El público, las luces y el impresionante Casino Enjoy, hacen el resto, convirtiendo lo que hubiera sido una noche más en otra excepcional.
Ha sido un día plagado de emociones. Estamos cansados y nos retiramos a nuestras habitaciones agotados, pero felices. Mañana nos esperan varias entrevistas y hay que cargar pilas.

Al día siguiente nos espera una entrevista muy especial de la mano de un periodista muy conocido, con gran trayectoria y extremadamente profesional: Sergio Puglia. Con las magníficas vistas e infraestructura del hotel Enjoy como telón de fondo, se organiza un almuerzo/entrevista para el programa “Puglia Invita” del Canal 10 de Uruguay. Las fotos, de nuevo mías, recogen momentos de esa maravillosa entrevista que podéis ver a través de la página del programa o del perfil de Nicola di Bari en Facebook. Os la recomiendo porque fue entrañable, delicada y excepcional. Porque cuando tanto talento le da por juntarse, se alcanza el grado de excelencia. Ese que yo persigo incansablemente.


Con el periodista Sergio Puglia y Mikel Barsa en Punta del Este. Foto: Susana Cañil

Foto: Susana Cañil



  
No puedo acabar el periplo por Punta del Este sin mencionar el magnífico concierto al que asistí del cantante Diego Torres, del que Mikel es amigo personal. Un repertorio de sus nuevas canciones que acabó con la inevitable y maravillosa "Color esperanza", todo un himno a la vida mirada desde el ángulo más optimista. 

La foto, tras el concierto y con mis libros ya en manos del cantante. Un lujo.


Tras el concierto con el cantante Diego Torres y Mikel Barsa
                                      


BUENOS AIRES (ARGENTINA)

Buenos Aires nos recibe con una ola de calor inusual para estar aún en primavera. Es una ciudad que te atrapa desde el primer instante. Un flechazo de manual. Es grande, imponente, bella y, a ratos, me recuerda a París y a ratos, a Madrid. El bullicio, la alegría, el arte, la agenda cultural, su gente divertida y culta, la gastronomía, sus cientos de teatros…Los argentinos son apasionados y apasionantes. Ruidosos y bromistas. Intensos y acogedores. Una ciudad donde conviven con increíble armonía edificios modernos con otros de maravilloso aire decadente. Donde se fusiona lo más tradicional con la vanguardia más exaltada. Donde los taxistas son filósofos y en la que he aprendido a saludar con un solo beso. Todo tiene cabida en una urbe que jamás duerme. No en vano es conocida como “la ciudad de todas las pasiones”.
Nos esperan siete días sin conciertos, pero de intensa promoción de cara a la próxima visita de Nicola prevista para abril de 2019 y en la que recorrerá toda Argentina.
Vistas desde la terraza de mi hotel en Buenos Aires. Foto: Susana Cañil

                              
Si en Uruguay no podías dar dos pasos sin que fuera reconocido, en Buenos Aires no doy crédito. Recuerdo una mañana en que fuimos de compras por la ciudad y no hubo tregua; sentados en una terraza, en las tiendas, paseando, almorzando en un restaurante o en los trayectos en taxi. Todo el mundo le reconocía y se le acercaba. Me llama la atención la prudente actitud de los fans bonaerenses; no tienen reparo en acercarse, saludar, pedir una foto, pero siempre con exquisita educación, sin molestar, sin invadir el espacio vital. Casi de puntillas.
La semana transcurre de tele en tele, de radio en radio. Entrevistas para los medios más importantes del país, almuerzos en los que se mezclan lo personal y lo profesional y una agenda prevista al milímetro con pequeños espacios de tiempo libre para disfrutar de la ciudad.
No puedo describir con palabras todas las emociones sentidas, la gente maravillosa que he conocido, lo bien que he comido y la indescriptible sensación de familiaridad con una ciudad que te acoge sin recelos y a la que echas de menos antes incluso de marcharte.
Como sería muy largo de detallar, menciono solamente algunos pasajes, personas y lugares.
Mi visita al mítico café Tortoni. Inaugurado en 1858, con un innegable aire francés, al adentrarte en él sientes que el tiempo se detiene, y tú con él. Conserva entre sus muros la magia de toda la gente que frecuentaba el lugar: pintores, escritores, músicos, periodistas…Si cierras los ojos, podrías verlos pasear en forma de fantasmas, manteniendo vigente el local, garantes de un tiempo inigualable y recordándonos la importancia de la cultura en la formación de cualquier ser humano con inteligencia e inquietudes. Una parada imprescindible para todo el que visite Buenos Aires.


Café Tortoni



Café Tortoni




Café Tortoni

                                                                             
Un paseo dominical por el Mercado de San Telmo, se convierte en un espectáculo al aire libre. Artesanos, cantantes, artistas, pintores, bailarines, espontáneos…Todo tiene cabida y nada resulta fuera de lugar. Puedes comprar piezas únicas que no encontrarías en ningún otro lugar. Hace un día muy caluroso y paramos a tomar un refresco en una taberna. No hay tregua; enseguida reconocen a Nicola y la gente se acerca a pedir fotos y a hablar con él. A todos atiende con paciencia y cariño. “Un artista no es nada, nadie, sin el público”.



Mercado de San Telmo
                                                                       

Paseando nos encontramos con una pareja de bailarines de tango en una pequeña placita. Quedamos hipnotizados al instante Por algo este país es la cuna del tango. Buscamos asiento entre la pequeña multitud que se va formando alrededor y que no quiere perderse esta maravillosa función improvisada. Nicola, rápido y listo, consigue una silla en primerísima fila y se convierte en un anónimo y privilegiado espectador de un sublime tango callejero. Y nosotros también.
Tres almuerzos en el restaurante La Stampa bastaron para considerarlo ya uno de mis favoritos y al que, con total seguridad, volveré. Cocinan la pasta de forma exquisita y tanto el ambiente como el trato, son excelentes. En la fotografía uno de los días en los que almorzamos un montón de gente ilustre. Además de Mikel, Nicola y Agnese, Pilar González, presidenta de la Asociación de la prensa española en Buenos Aires, una mujer pizpireta, culta, positiva y alegre con la que da gusto compartir y conversar. Me promete que en mi próxima visita a la ciudad, hará de cicerone y visitaremos librerías, museos, teatros, exposiciones…todo aquello en lo que yo me siento cómoda, todo aquello que desborde cultura. Es la ciudad perfecta para ello y no podría encontrar mejor guía que Pilar.


Restaurante La Stampa
                                                                 

Roberto Eduardo Arpin, en la foto, amigo personal de Mikel y uno de los abogados más prestigiosos del país. No pude charlar mucho con él, pero me pareció un hombre tremendamente elegante en sus maneras. Todo un caballero. Espero poder compartir charla con él en mi próxima visita.


Con Nicola, Agnese, Roberto Eduardo Arpín y Pilar González entre otros. Restaurante La Stampa. 



Como anécdota curiosa cuento lo que me pasó en ese restaurante. Tras tres días acudiendo a almorzar allí, la mujer que nos recibía en la puerta y nos sentaba a la mesa, me dijo: “Me encanta como vistes. Tú no eres de aquí”. Por supuesto no era una pregunta, sino toda una afirmación. Le dije que era española y se sonrió a modo de respuesta.  Y lo dije con orgullo. Orgullosa de ser española, de pasear nuestra moda por el mundo y ser un poquito embajadora de ella, vistiendo nuestras marcas nacionales con mi sello personal.


Foto. Susana Cañil


Almuerzo en el maravilloso restaurante Gardiner


                                                                    
También tuve oportunidad de conocer a los periodistas Sergio Solon, Cristian Palacios y Eduardo Serenellini, entre otros muchos.


Con el periodista Cristian Palacios. Foto: Susana Cañil

En el restaurante Per Gli Amici. Fotos de Eduardo Serenellini


La encantadora y famosa periodista Tormenta lo entrevistó en su programa. En las fotos que les hice durante la entrevista y la actuación.



Foto: Susana Cañil


Foto: Susana Cañil


Y no puedo dejar de mencionar el magnífico homenaje con el que obsequiaron a Nicola Di Bari en el Club español de Buenos Aires, un majestuoso edificio edificado en el siglo XIX. Pilar González que ideó, organizó y ejecutó este acto que contó con la entrega de la medalla al cantante y con una maravillosa actuación de la tuna. Las fotos que aparecen corresponden a este emotivo momento.


Club Español de Buenos Aires
















Con Liliana Fuentes







Abandono Buenos Aires con un cendal de tristeza hilvanado a mi ánimo. Sé con certeza que mi tiempo en esta ciudad no ha terminado, que me queda mucho por ver, por disfrutar, por paladear. Alguien me dice que es una ciudad para beber a sorbitos y a mí hasta la expresión me da grima. De lo que me gusta lo quiero todo, lo quiero ya. Emborracharme de esta ciudad hasta perder el sentido. Admito con orgullo que no viviría en otro lugar que no fuera Madrid. Es mi ciudad y la siento como la mejor y más bella del mundo. Pero os confieso en estas líneas que de Buenos Aires me llevo esa sensación de querer palparla muy de cerca y el deseo de poder vivir en ella una temporada. ¡Ojalá! Así que, levanto mi copa por ese “ojalá”, por vestir de nuevo a un sueño con el traje de la realidad.



Buenos Aires


 GUAYAQUIL ( ECUADOR)

Llegamos a la que será nuestra última parada de la gira antes de regresar a nuestros países. Guayaquil, conocida como “La perla del Pacífico”, nos acoge con un abrazo acalorado, concretamente de más de 30 grados. Estamos en ese espacio entre el mes de junio y diciembre denominado invierno austral. Fundada en 1538, es la capital económica y principal puerto del país. La temperatura es directamente proporcional al grado de calidez y hospitalidad de su gente. Una ciudad que ha soportado incendios, revoluciones, ataques piratas y epidemias. Nada de ello ha conseguido marchitar una ciudad colonial preñada de belleza, historia y encanto.


Guayaquil engalanada de navidad

Debido a su ubicación y su clima, Guayaquil tiene suelos extraordinariamente fértiles que dan como resultado una abundante y variada producción agrícola. Se cultiva algodón, oleaginosas, bananos, cacao y café. También son famosas sus frutas tropicales como el mango, la papaya, melones y el maracuyá, conocido como la fruta de la pasión, de la que son los primeros exportadores mundiales.
Nos esperan dos conciertos. Uno en la Universidad Católica de Guayaquil posible gracias a la insistencia de  su rector, Mauro Toscanini y otro en la ciudad de Manta.


Detalle interior de nuestro hotel en Guayaquil. Foto: Susana Cañil



A lado del hotel donde nos alojamos está el conocido como “parque de las iguanas”, un curioso lugar en plena ciudad en el que más de 350 iguanas establecieron su residencia permanente hace ya muchos años, conviviendo de una forma natural y plácida con todo ser humano que quiera acercase, acariciarlas o darlas de comer.


Parque las iguanas en Guayaquil



Foto: Susana Cañil


Foto: Susana Cañil

Dando de comer a las iguanas


El paseo por el malecón Simón Bolívar es un deleite para todos los sentidos. Antiguamente se llamaba Calle de la orilla y hoy es conocido popularmente como Malecón 2000, debido a las obras de regeneración urbana del mismo que culminaron en ese año y que lo han convertido en un icono turístico. Casi tres kilómetros en los que encuentras jardines, fuentes de agua, miradores, plazas, monumentos históricos, museos, patios de comidas y todo tipo de eventos culturales. Cuando llegamos toda la ciudad está vestida de navidad y resulta todo un contraste pasear con ropa de verano y altas temperaturas entre adornos y ambiente navideño.


Vistas al malecón en Guayaquil
La preciosa ciudad vista desde el mirador




Ambos conciertos son un éxito de público y vuelvo a ser testigo del cariño con el que reciben a Nicola en cualquier parte de América.



Foto: Susana Cañil
Foto: Susana Cañil





Foto: Susana Cañil



Foto: Susana Cañil




El 2 de diciembre toca volver y lo hacemos felices por todo lo vivido, pero con cierta pena por dejar atrás momentos inolvidables. Para mí ha sido una experiencia única y absolutamente enriquecedora. Y no puedo terminar este pequeño diario sin dar las gracias a Mikel Barsa por haber confiado en mí y permitirme viajar a su lado y de su mano, por su paciencia conmigo, por aprender de alguien tan colosal como él, que lo sabe todo de la música y especialmente por inocularme un poco de su vasto conocimiento. Muchas gracias por tu generosidad.



De Nicola y Agnese me llevo su cariño, su gratitud y su amistad. Y la ilusión de saber que volveremos a compartir charlas, risas, lágrimas, confidencias, almuerzos,  anécdotas, paseos, buen vino, amigos y grandes conciertos en la próxima gira. Muy pronto…