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martes, 1 de diciembre de 2020

VICIO VS ADICCIÓN

 

VICIO VS ADICCIÓN

 

Contemplo con una alta dosis de amargura y preocupación la sociedad que nos rodea; lo que era hasta hace relativamente poco tiempo (o al menos la manera en que yo la percibía), y cómo se ha ido pervirtiendo hasta unos límites tan peligrosos que me hacen dudar de si sería posible un frenazo, un encaro hacia el pasado que obrara el milagro de recuperar ciertos valores.  En estos días pasados he visto imágenes y escuchado comentarios, repetidos hasta el bostezo, calcados unos de otros, que defendían, y hasta excusaban, comportamientos injustificables de personajes públicos, muy públicos si se me permite la expresión. No sé si por cobardía, por hipocresía o por convicción, tanto da, pues las tres alternativas son despreciables. El caso es que no he sentido voces que se alzaran por encima de la jauría mediática llamando a la cosas por su nombre, haciendo un llamamiento al sentido común, el que tenemos la obligación de inculcar en nuestros hijos, y en la juventud en general para que nuestra futura progenie resplandezca por su excelencia profesional pero, principalmente, por la humana.





Parece que hoy si alguien es un personaje afamado, millonario que arrastra multitudes al ritmo de sus pisadas y acapara portadas de revistas, todas las cualidades, hazañas o méritos del sujeto se magnifican hasta límites que rozan la ciencia ficción, mientras que el lado oscuro se soterra bajo capas y capas de maquillaje lingüístico para transformar el epítome del exceso en una vulgar anécdota. Vamos, que se nos invita a pasar de refilón solo porque el señor, o la señora, es un genio en lo suyo; solo por eso se le concede una bula ilimitada y vitalicia que condona todas sus tropelías, tanto en el cielo como en la tierra. ¡Acabásemos!

Todos, sin distinción, venimos al mundo en idénticas condiciones; puros e incorruptos en la totalidad de los territorios, físico, moral y emocional, que nos definirán a lo largo de nuestro fugaz paso por la vida. De serie todos nacemos igual, la decoración es cosa de cada uno. Y algunos deciden, por voluntad propia, decorar su vida con ruinas, estiércol, egoísmo y autodestrucción. Lo malo es que no solo se destruyen ellos, sino que la onda expansiva alcanza a todo aquel que pulule a su alrededor, normalmente inocentes.

 

El nacimiento y la muerte son los dos únicos acontecimientos que igualan a todos los seres humanos; sin espacio para  raseros con los que fabricar nuestras arbitrarias varas de medir. La autopista que recorremos entre medias de esos dos puntos es solo responsabilidad nuestra y tratar de imputar la culpa a los demás o al destino, me parece un acto ruin, inmaduro y perezoso. De nuestro comportamiento dependerán miles de situaciones en el ámbito laboral, familiar, social y emocional. También influirá en nuestra salud, en nuestro círculo más íntimo de la familia y de nuestros amigos, y en el retrato de nuestro yo que trasladaremos a los demás. Siendo anónimos, como la mayoría, el perímetro de influencia será reducido, aunque no por ello menos trascendental. Pero, ¿qué ocurre cuando eres un personaje internacionalmente conocido al que todos quieren emular? Pues que te conviertes en un referente, especialmente para los adolescentes y los jóvenes. El peligro está servido.

Y aquí viene la explicación al título que he elegido para esta entrada. Los vicios y las adicciones. La diferencia para mí estriba en que al vicio lo dominas tú, mientras que la adicción te domina a ti. ¿Quién no tiene algún vicio? Es más, no me fío de alguien que proclame en voz alta que no posee uno o varios.

El peligro comienza cuando sientes que no podrías vivir sin ellos, pero la decisión de asomarse al abismo o alejarse de él es siempre de uno mismo. No, no me vale con hacer recaer las culpas en el destino, en las malas amistades, en haber nacido aquí o allá. Cuántos casos nos vienen a la memoria de gente que lo ha tenido todo, nacidos en cuna de oro, sin una sola carencia abatidos por las garras del alcoholismo, las drogas, el sexo o la violencia. También al contrario; personas nacidas bajo el más absoluto signo de la pobreza que no han tenido inteligencia ni madurez para gestionar su ascenso al olimpo de los privilegiados.

Lo confieso: no soporto a la gente adicta a lo pernicioso, a lo indecente o a lo ilegal. Los adictos a lo nocivo lo son porque ellos toman esa decisión libremente. En el fondo se me antojan seres humanos mediocres, pequeños, pusilánimes y con una notoria incapacidad para gestionar cualquier circunstancia, por simple o compleja que sea; deshabitados emocionales.

No soy capaz de separar el personaje de la persona cuando es alguien conocido; da igual una estrella del rock que un escritor. Un deportista o un actor.

Un adicto no es un enfermo, es un ser que ha decidido por voluntad propia transitar por un sendero que con total certeza le llevará a la ruina. Aun sabiéndolo, persevera en él. Y el ser humano es el único que siempre tiene un ilimitado listado de patéticos argumentos para justificarlo todo.

Asisto con horror cada día viendo como se encumbra hasta a la condición de dios a personajes que no son ejemplo de nada y me niego de forma rotunda a que mis hijos piensen que ese el trayecto correcto si con ello alcanzas fama y fortuna. Hay que ser muy escrupuloso con la forma de caminar por la vida, más si cabe con nuestros hijos, porque ellos solo van a replicar los comportamientos que vean en sus padres.

Para mí es lo mismo ser borracho que cantinero; la única diferencia estriba en la seda con la que envolvemos nuestro discurso. Tengamos la decencia de no encumbrar a borrachos, drogadictos, maltratadores, ladrones y demás perrería canalla, solo porque en su versión profesional han llegado a lo más alto.

Nos pasamos la vida obligados a decidir qué camino tomar y la otra media elucubrando sobre lo que hubiera sido de haber escogido otro sendero.

Siempre que eliges un camino, rechazas otro, y con ello todas las cosas que intrínsecamente fueran ligadas a él.

La toma de decisiones, ya sean insignificantes o de importancia capital, forma parte de nuestra vida cotidiana y debemos asumir sus consecuencias. Unas estarán medidas, otras no. Y las dudas nos asaltarán permanentemente en forma de fantasmas. Espectros que como sombras cosidas a nosotros, nos recordarán a cada instante cómo sería nuestra vida si...

 

Triunfar es ser buena persona. Todo lo demás, es lo de menos.


Autora del texto: Susana Cañil

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