Seguidores

viernes, 20 de enero de 2017

LA VENGANZA


LA VENGANZA



“La venganza es el manjar más sabroso condimentado en el infierno”. 
Walter Scott


Fantástica la frase de este escritor británico. Aunque más bien suena a sentencia.

Sobre el sentimiento de la venganza cada uno tiene su propia opinión. Casi todo el mundo dirá que no merece la pena. Y en cierto modo, estoy de acuerdo. Si tuviéramos que ir devolviendo con la misma moneda cada vez que alguien nos provoca sufrimiento o nos ofende, nos pasaríamos media vida invadidos de odio, rencor y sentimientos negativos. Por no mencionar la pérdida de tiempo que supone invertir en malquerencias pudiendo hacerlo en emociones que regocijen tu alma y te reconcilien con el entorno.





Pero por supuesto, una cosa es la teoría y otra muy distinta, la práctica. Aquí todos somos muy comedidos y políticamente correctos hasta que nos toca a nosotros. O nos tocan a los nuestros. O a nuestro honor, o a nuestro dinero o a nuestra dignidad. Hasta que un hijo o hija de puta se cruza en nuestro camino dispuesto a machacarnos a fuego lento porque se cree con el derecho de poder hacerlo y salir impune. Entonces damos un giro copernicano y descubrimos que ese sentimiento de venganza es puro instinto radical, visceral, profundo y endémico  que habita con naturalidad en cualquiera de nosotros y late con desesperación desde las entrañas de nuestro ser queriendo aflorar en su peor versión. Pocas veces en mi vida he sentido ese furor, esas ganas insensatas pero irrenunciables de que otra persona experimentara sufrimiento. Y aquí no me refiero al físico, sino al emocional que es mucho más pernicioso. Y lo digo sin remilgos. 

Muchos expertos han estudiado y analizado el comportamiento de las personas a lo largo de la historia, llegando a la conclusión de la que la venganza “tiene una función de protección dentro de una comunidad”.

Pensad, por ejemplo, en alguien que hiciera daño a vuestros hijos, que os involucre en un delito que no habéis cometido o que os haya humillado hasta perder toda vuestra autoestima. Quien diga que no tiene sed de venganza, sencillamente está mintiendo.
Yo aquí distinguiría entre desquite o desagravio, que viene a ser algo más reposado y socialmente aceptado, y la venganza pura y dura, que  no consiste en resarcir el daño que nos han hecho, sino que lo que persigue no es otra cosa más que el otro padezca en sus propias carnes el dolor que te ha ocasionado a ti. Una réplica exacta. Y si puede ser más intensa, tanto mejor.

A lo largo de nuestra vida, el impulso de revancha  (yo abogo por diseñar por una creativa, elegante, planificada) es ineluctable y yo diría que hasta necesario. Es humano y es legítimo sentir y pensar así. El daño, el dolor ocasionado de forma gratuita por gente mezquina requiere una respuesta en la misma línea. Que el otro sienta en su propia piel el padecimiento que infligió. Es cierto que con ello se persigue un objetivo más humillante que reparador, pero ¡qué placer tan increíble cuando lo consigues! Efímero, sí, pero placer al fin y al cabo. Porque eso de poner la otra mejilla me parece tan absurdo como imposible de cumplir.

No creo que el ser humano esté dispuesto ni capacitado para perdonar todo. Ni siquiera considero que sea sano hacerlo. Y con esto no hablo de acumular rencores, de fomentar enemistades o sentarse a descansar en la inquina de forma permanente, hasta verse apresado en un bucle del que ya no puedas escapar. No. Simplemente hay ocasiones en las que hay que dar salida en forma de malevolencia y que esa persona sepa que no se ha salido con la suya. Que ser malvado y retorcido tiene un precio.

Con los años he aprendido dos cosas fundamentales; una, tener paciencia. Saber que no todo llega en el momento y las circunstancias que uno desea. Que por mucho que quieras y provoques una situación, sólo pasará cuando tenga que pasar. Porque a cada cerdo le llega su San Martín, de eso no me cabe ninguna duda. La otra es que he aprendido a canalizar mi furia a través de la escritura. Escribir relaja, sana, desatasca, estimula, libera, emociona, divierte. Escribiendo puedes contar, criticar, evaluar, despellejar, maquinar, transgredir. Escribir es una magnífica y saludable terapia y si sabes hacerlo bien, la mejor venganza puede ser la literaria. O la peor, según se mire. Tan chispeante como demoledora, porque te puedes permitir cualquier licencia.

La capacidad para perdonar no nos viene de serie en los humanos. Hay que ejercitarla, pero eso sí, focalizada sólo hacia aquellas personas que merecen ser perdonadas.

Es necesario saber distinguir entre perdonar y pasar página para no hacerte a ti mismo más que el daño indispensable.

El perdón no debe ser forzado ni tampoco fingido, porque entonces ni sirve ni resuelve  nada. Se convierte en un sentimiento vacuo y carente de credibilidad.

 Y tú, ¿perdonas, te vengas o escribes? Yo hoy,escribo mucho.





3 comentarios:

  1. Muy cierto : Es necesario saber distinguir entre perdonar y pasar página para no hacerte a ti mismo más que el daño indispensable.

    A veces hay que pasar página para seguir con tu vida.
    Perdonar es complicado cuando el daño es mucho. Hay que ser muy generoso porque si perdonas es complicado volver a confiar. Yo personalmente sólo he perdonado las afrentas o daños de mis hijos, sin resquemores y de corazón. Sin desconfianzas y entregándome de nuevo.
    Creo que un perdón así, tan expuesto, sólo he sido capaz con ellos. Ni novios, ni marido, ni nada... sólo con mis hijos

    Un abrazo Susana. Escribes y describes muy bien
    Rocío

    ResponderEliminar
  2. Estimada Susana:

    El dicho castellano afirma que la venganza es un plato que se sirve mejor frío. Mucha gente lo confunde con la máxima de que esa venganza hay que trabajarla, dejar que transcurra el tiempo para alcanzar el más digno y elegante refinamiento para nuestras más sádicas emociones y fantasías. Sin embargo, quiere decir que hay que ejercer ese, digamos, derecho de réplica sin ardor visceral. Hay que hacerlo desde la mansedumbre y la objetividad. Devolver el golpe tras un juicio de valor.

    Como simple ser humano que soy para mi desgracia, he sido devorado por los fuegos de la venganza en demasiadas ocasiones, aunque casi nunca me han llevado a puerto alguno. Han acabado diluyéndose en agua como las horas y días desperdiciados en el empeño. Quizá por exceso de desidia o, la mejor solución, la distancia física entre mi persona y el hijo de puta en cuestión, la cosa acabó en nada. En otras porque las pruebas me llevaron a una conclusión de que el acto ofensivo no tenía esa naturaleza primitiva y fueron los “adornos” lo que me ofendieron y no la persona o su ánimo (esto lo que menos sucede, ¿verdad?). Pero, como bien dices, es una pérdida de esfuerzo y bilis. El tiempo pone a cada uno (más o menos) en su lugar, y sin tener que mover un solo dedo.

    Creo que no hay nada más cancerígeno que dejarse llevar por ese ánimo revanchista que se ve en tantos ámbitos sociales. Desde mi puesto en la mesa me encuentro casos claros y evidentes de gente que convierte la venganza en el eje de su existencia. Alguien les ha hecho algo (incluso por accidente, sin ánimo volitivo alguno) y no paran de cocinarse a sí mismos a un fuego nada lento. Un claro ejemplo son ciertos divorciados, que hacen y dicen de todo para castigar a su expareja al grito pelado (y velado) de: “cómo se ha atrevido esa/e puta/cabrón a abandonarme”. Y, vamos, tú porque vives en los Madriles, que si lo hicieras en un lugar eminentemente rural como el menda, lo fliparías con historias de parcelas, lindes, mojones, herencias, cadáveres que desaparecen de los cementerios…, que harían palidecer a la pérfida Angela Channing y al más rocambolesco guionista norteamericano.

    La venganza aquí se funde en inquina de gourmet. Producto fino de la tierra.

    Creo que a cada acto hay que dar una respuesta pausada y proporcionada, aunque no siempre es fácil aplicarse el cuento. Yo soy un claro ejemplo, pues las calderas de mis tripas se saturan por cualquier cosa y luego se apagan con un jarro de agua fría pues pienso. Esa es la acción correcta: pensar. Como bien dice mi jefe, me dedico a matar moscas a cañonazos, a lo que yo contesto que mejor pecar de exceso entre las paredes de mi mente y despacho para, luego, lijar el pecado y amoldarlo. Sacar el dragón primero y dejarlo reposar.

    Un saludo!

    ResponderEliminar

Puedes dejar aquí tu comentario