UN FLECHAZO
por Susana Cañil
Llevo
más de una hora dando vueltas por la tienda con resultado infructuoso. Y eso
que son tres enormes plantas y hay oferta más que de sobra para satisfacer los
gustos más exigentes. No sé si será el día, que hoy ha amanecido plúmbeo y con
ganas de lloriquear (porque el chirimiri que ha caído no alcanza a ennoblecerse
con la categoría de lluvia) o mi ánimo no está hoy para romerías. Tal vez lo
segundo es consecuencia de lo primero, pero la cuestión es que no encuentro
nada que me atraiga de verdad. Es bien cierto que tengo la exótica costumbre de
no buscar, prefiero que todo me encuentre a mí, salvo en casos de urgencia. O en los de necesidad máxima en los que no me queda más remedio que abandonar la aventura y
caer en manos de la previsión. Y hoy, es
uno de esos días.
Doy
vueltas, recorro estanterías, miro, rebusco…Esto se está poblando de humanidad
y yo detesto los aforos que exceden lo razonable, es decir, cuando empiezo a
notar que mi espacio vital es invadido con aliento ajeno. Recibo un pequeño
empujón con bolsazo incluido de una señora que mientras camina sin rumbo fijo,
escribe algo en su móvil. No digo nada, pero la fulmino con una de mis miradas
asesinas y la mando a la otra punta del local. Y además, aborrezco la horrible
música que suena de fondo; me turba y me desvía de mi misión. Habría que
despedir al que la elige. Mi humor acaba de vestirse definitivamente de luto y
decido abandonar la búsqueda.
Entonces
le veo. Me llama la atención irremediablemente. ¡Qué elegante es! Tiene sus
años, se le nota en la presencia, pero también posee el atractivo irrefrenable
del que tiene mucho que contar y enseñar. Su aspecto exterior es saludable, tal
vez unas arrugas que podrían haberse evitado y un cierto aire maravillosamente
decadente en los colores que le visten. ¿De dónde ha salido? Si he recorrido
cada centímetro del local y no le he visto. Y desde luego, no pasa
desapercibido. El destino, siempre zascandil y juguetón como un revoltoso infante.
Miro a su alrededor y compruebo con
alegría indisimulada que está solo. Me acerco poco a poco, con cadencia calculada
y un fin premeditado; oler su perfume. Para mí es fundamental el aroma, también
el tacto, claro. Pero eso ahora es
inviable. Él me mira. Sí, me está mirando sin disimulo y con cierta insolencia.
¡Y su mirada se traduce en tantas sensaciones! Estoy nerviosa y algo excitada. Esto
es un flechazo en toda regla, me digo. ¡Y no lo voy a dejar pasar! Me armo de
valor y por fin me sitúo a su lado; ambos nos medimos en esa distancia tan corta
que casi nos rozamos, pero tan eterna cuando dos desconocidos se mueren por
dejar de serlo. Aspiro su olor. ¡Joder, qué bien huele! Mil pensamientos
cascabelean en mi cabeza. El mundo a nuestro alrededor acaba de desaparecer. Ya
no veo a nadie, ni escucho ruidos, la música ha cesado y la señora que me
propinó el bolsazo ha pasado a pertenecer a otro universo. Solos él y yo. No
hay manera de esquivar el roce, ni lo deseo. Y cuando su tacto se posa sobre mi piel,
me encanta; suave, atrayente y muy masculino. Nos deseamos y no hay vuelta atrás. Le agarro
entre mis manos y él se deja guiar hacia la salida sin oponer resistencia.
Tengo tantas ganas de llegar a casa y devorarlo que tropiezo al bajar las
escaleras por las prisas. Menos mal que el tramo no era excesivo y he podido
reconducir la trayectoria de la caída. Aterrizo encima de él y me río a
carcajadas. Ambos estamos bien y un señor muy amable me ayuda a levantarme.
Me
lo llevo – le digo a la cajera, saltándome la fila para pagar y con el dinero
preparado en la mano.
¿Quiere
ticket regalo? – me pregunta muy amable.
Oh,
no. Muchas gracias. Un libro nunca me va a defraudar hasta el punto de querer
devolverlo.
Salgo
de la tienda y una escandalosa tormenta de aguanieve ha terminado por tapizar
Madrid. Pero ahí está él, esperándome. Ha salido del coche y avanza hacia mí
con el paraguas desplegado y su maravillosa sonrisa. Sabe que odio la lluvia,
pero más todavía que mi melena se encrespe. Me quedo unos segundos, resguardada debajo de la marquesina, mirando su estampa. Está arrebatador con ese vaquero que
resalta todos sus poderes sobre mí. El libro y él han terminado por empaparme
del todo y ahora me asalta la duda de con cual de los dos comenzaré a saciar mi apetito cuando llegue a casa.
Libros
y hombres. Hombres y libros. No hay tanta diferencia entre ellos y los dos son
capaces de transportarme a los mejores éxtasis.
