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jueves, 15 de junio de 2017

¿TIENE EDAD EL AMOR?



Retorna estos días, de la mano de Risto Mejide, la inmortal polémica sobre si la diferencia de edad exagerada que exista entre una pareja puede ser un inconveniente, incluso un motivo de ruptura, a corto o medio plazo.

Él tiene 44, ella 21. Si analizo la noticia desde una frialdad siberiana, despojada de guarnición y ornamentos, sin conocer nada sobre cómo se gestó su historia, tan solo con los gélidos dígitos que asoman insolentes desde la pantalla del ordenador pues resulta, al menos, inquietante.
¿Qué puede aportar una veinteañera a un hombre que se acerca a los 50, aparte de lo evidente? Creo que poco o nada. Aun en el hipotético caso de que esta chica fuera el colmo de la madurez, que las hay, no posee, por escaso recorrido vital, un bagaje emocional, sentimental, sexual ni intelectual como para entender y afrontar con sabiduría el comportamiento de un hombre de esa edad y poder salir airosa de todas las vivencias y situaciones que le tocará vivir. Muchas de las cuales, por cierto, serán primeras veces para ella pero no para él, con el  consiguiente riesgo de convertirse en un desagradable y continuado  deja vu sin anuncios en el intermedio para tomar aliento.





Lo mismo si hablamos de ella. Por lo general este tipo de mujeres busca refugio y seguridad en un hombre mucho mayor porque lo que desea es más un padre que un compañero. Al final lo más normal, es que se imponga un rol paternalista que definirá inevitablemente la relación. Personalmente creo que este tipo de uniones vienen marcadas por carencias, por conflictos no resueltos tanto en la niñez como en la adolescencia, tal vez por la falta de una presencia paterna, escasa autoestima o la búsqueda insistente de una tutela, de un abrigo en el que sentirse a salvo.
Ahora bien, si hacemos caso al dicho de que el amor no tiene edad y a las propias experiencias, entonces el análisis varía radicalmente. Y ahí entra en juego mi yo más sentimental, más pasional y, tal vez más ingenuo, del que me es imposible prescindir.
Porque es cierto que cuando el amor llega arrasa, arrastra, trastorna, enloquece, desata, libera...Porque el amor de verdad es loco, irracional, apasionado, irreverente, único, creativo, sorprendente, real y feliz.

Y cuando llega lo hace igual que un ladrón de guante blanco, sin avisar, de puntillas y con un claro objetivo; saquearte el corazón. Y estás perdida porque nada de lo que hagas para evitarlo repelerá el ataque. El mundo desaparece para dar paso a un universo en el que solo habitan dos personas y otras cientos de miles que son espectros, sin rostro, sin voz, sin sexo, con los que en ocasiones no te queda más remedio que relacionarte, pero maldita la gracia que te hace. Las horas son segundos cuando estás con él pero cuando no, un minuto se convierte en un lustro. Y echas de menos tanto que crees que vas a morir. Y en realidad, mueres. Lo haces en cada suspiro, en cada pensamiento, en cada recuerdo, en cada deseo. Solo piensas en su mirada, en su aroma, en su manera celestial de pronunciar tu nombre, en esos chistes malos que cuenta y que te arrancan carcajadas solo porque los cuenta él. En su manera única y peculiar de hacerte el amor unas veces y otras, de follarte sin piedad. Porque te gusta del derecho, del revés, triste, enfadado, preocupado, durmiendo o recién levantado. Y te imaginas con él haciendo la compra, discutiendo por quien baja la basura o buscando los calcetines desparejados de la colada. Y todo te apetece en la misma medida. Visitar una exposición o ir a contar hormigas al campo. Ver una película desde el sofá o discutir porque dice que no sabes poner las comas al escribir. En realidad todo está ahí, el paisaje nunca cambia, lo que cambia, y mucho, es nuestra percepción de él. Detectas colores, olores y sabores nuevos que, por supuesto, no lo son; estaban ahí, parapetados tras el gris macilento de la rutina, del desuso y el automatismo.

Y  un metro que te alejes de él, te parece un viaje de larga distancia.

Da igual lo que dure; tres semanas, tres años o tres vidas. Si es de verdad, no se puede confundir con ningún otro sentir. El amor es el único invitado que aunque no anuncie su visita, siempre es bienvenido. Y no entiende de edades, de físico, de clases sociales, de finanzas o distancias.

Lo idílico sería que durara toda la vida, pero si no es así, sabrás que todo lo que llegue después serán sucedáneos con los que, tal vez, no te quedará más remedio que conformarte. Cuando has vivido eso, ya nada vuelve a ser igual. Lo mismo que ese jersey que te pones en invierno, calentito, con rotos, descolorido y con varios siglos encima que no cambiarías por otro ni por todo el oro del mundo, porque ningún otro te va a abrigar el cuerpo y el alma de la misma manera.

Si tuviera que hacer una quiniela, no les doy ni cuatro años. Ojalá me equivoque y triunfe el amor. El de verdad, el que tan solo te saluda una vez en la vida.

Texto escrito por Susana Cañil
Derechos Reservados