Leo un artículo en la prensa en el que entrevistan a una experta en grafología.
No cuestiono sus conocimientos ni su preparación, que quedan perfectamente
evidenciados en el reportaje. Lleva 14 años en una empresa, en la que ella es la máxima responsable a la hora de
reclutar personal. Es decir, o pasas por su particular criterio a la hora de
seleccionar gente, o no tienes la más mínima oportunidad. Me llama poderosamente la
atención cuando dice que todo el mundo
debe superar su “examen grafológico”, entendiendo como todo el mundo a todos
aquellos que postulen a un puesto en su empresa. Según ella, simplemente con eso, puede saber
quién es un cleptómano, el que apunta hacia un problema de autoridad o si eres
rencoroso, por poner algunos ejemplos. Le gusta seleccionar gente que denote
“fuerza de voluntad” y rechaza de plano a aquellos que, según su letra,
muestren algún rastro de maldad.
Termino de leer la entrevista y
miles de preguntas se agolpan en mi mente. Tantas, que unas atropellan a
otras.
Es decir, que da igual la
trayectoria profesional que poseas, tus talentos, tantos los que están a la
vista como los ocultos, tus capacidades, tus logros, tu forma de ser con lo
bueno y lo menos bueno. Defectos que pueden convertirse en perfectos aliados o
supuestas virtudes que a la larga sólo suponen un lastre.
Nada de eso importa
si ese día escribes la T con un palo más largo, la M en dos trazos o si la S lleva
un pico al final. Todo dependerá de lo que esa señora decida que tu letra revela
ese día. Como si fuera un método infalible, una ecuación matemática perfecta
sin fallo posible. Una verdad absoluta e incontestable sin posible margen de
error.
Me pregunto cuántas meteduras de
pata habrá tenido y no confiesa en la entrevista. Sería bueno saberlo. Y no sólo
ella. A la vista están, a diario, personas que han pasado por minuciosos
exámenes y pruebas psicológicas y que luego han resultado un fiasco absoluto,
cuando no, incluso un peligro real.
Me preocupan sobremanera los
métodos de selección de personal actuales. Hace años yo misma fui rechazada en
una conocidísima empresa por algo
parecido. Después de pasar con nota las mil y una pruebas a las que te sometían,
el responsable de personal me dijo: “Me veo en la obligación de rechazarla para
el puesto al que optaba porque el test psicológico ha arrojado un dato de su
personalidad que no nos gusta. Tiene usted demasiada iniciativa. Pero podría
encontrar otro sitio donde encajara” En ese momento me levanté y le dije: “No
se preocupe. Ahora es a mí a quien no le interesa trabajar en una empresa donde
tener impulso, decisión y nervio, constituyen un punto negativo”. Me
levanté dejando al individuo con la
palabra en la boca y me quedé más a gusto que nada.
Me pregunto donde ha quedado la
intuición para este tipo de cosas. Dejar
a un lado todo lo racional y dar paso a lo irracional, a las corazonadas, al
olfato y a dejarse llevar.
Las mejores decisiones de mi vida
siempre han estado marcadas por esa pizca de locura, de sutil intuición, de
piel, de sí pero no. De menos evidencias y más sentimientos.
Y nunca me ha ido mal.