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domingo, 7 de febrero de 2016

RESEÑA DEL LIBRO CONTIGO ME QUEDARÍA

RESEÑA DE CONTIGO ME QUEDARÍA


Conocer a  Mercedes Alonso, la autora de este libro, es tener la certeza de que no puedes hablar de libro sin hablar de ella, ni escribir sobre ella sin mencionar la novela.

Ambas van zurcidas la una a la otra, en una suerte de ensamblaje perfecto donde, aunque cada una defiende sus peculiaridades,  se complementan a la perfección. Como dos piezas de un puzzle. Independientes por separado pero que en realidad donde radica la  única razón de ser, es estando es juntas.

Supe de Mercedes a través de las redes sociales. Y descubrí que escribía novela romántica. No voy a negar mi rechazo a este género, pues todo el mundo que conoce un poco mi trayectoria, sabe cuál es mi opinión. Pero algo de ella llamó mi atención. Se distinguía del resto. Me gustaban sus comentarios y su línea de actuación. No sé cómo aterrizó en  mi cuenta de Facebook. Ni lo recuerdo ni me interesa. ¡Pero fue un acierto!
Descubrí a una mujer coherente, inteligente, que escribía bien, irónica y comprometida hasta la médula con una causa tan emotiva como apasionante:  el abandono y maltrato  de los animales. Y cuando digo comprometida, lo hago con conocimiento de causa. Mercedes colabora de forma activa y desinteresada con más de veinte asociaciones. Antes incluso de leer el libro, hablé con ella para invitarla a la radio y servir de altavoz para dar a conocer un tema tan dramático como real. Tan tremendo como conmovedor. Todos tenemos conciencia de que existen personas capaces de abandonar a su suerte a muchos animales e incluso ocasionarlos daños físicos. Los más afectados, perros y gatos. Pero leer su libro y conversar con ella, fue poner nombres, datos y cifras que resultan escalofriantes. No voy a entrar en calificativos sobre  las ¿personas? que son capaces de hacer algo así. Alimañas es lo más suave que me viene a la cabeza. Alguien a quien no le tiembla el pulso cuando abandona a un perro en un arcén o encuentra placer en atormentarlo, es capaz de hacerlo también con otra persona. Y eso no solo los convierte en perversos y enfermos, sino también en peligrosos.

Contigo me quedaría es una novela en la que la historia de amor de Ruth, la protagonista, es casi anecdótica. Un eslabón para articular una bella, palpitante y desgarradora historia real. Porque todo lo que ocurre en ella sucede a diario.
Una novela para concienciar, para pensar, para denunciar y en especial, para admirar a todo un ejército de voluntarios que, dejando  a un lado sus ocupaciones y obligaciones diarias, exprime un tiempo del que no dispone para ayudar a estos “invisibles”, como la autora los llama.

Todo esto y mucho más, es lo que vais a encontrar en este libro que hilvana de manera inteligente dos historias de amor: la de la protagonista, inmersa en la duda de tomar la decisión de elegir si se queda con Javier o con Joaquín, dos hombres sumamente antagónicos entre sí y la propia historia de amor que Ruth mantiene con su profesión de veterinaria.

Decir que en el libro distingo muchos rastros de la naturaleza de Mercedes y que su estela flota por todas partes, creo que sería una obviedad. Es evidente que así es y refleja en el libro su forma de ser, sus gustos musicales, sus filias y sus fobias. Supongo que todos los escritores dejamos indicios, unos más y otros menos, de nuestra idiosincrasia. Es difícil no sucumbir a ello y además es un pequeño tributo a nuestro ego.

Un libro contado de una forma sencilla para llegar a todos los públicos, pero bien narrado. Donde expone una realidad sin ornamentos, pero sin caer en lo descarnado, que hubiera sido lo fácil. Y donde también hay que resaltar el inmenso poder de la amistad en nuestra vida o como llegar a “odiar” a la familia cuando traspasan fronteras que no deben. Ni debemos permitir, ojo.

Si tengo que poner alguna pega, diría que me hubiera gustado que los personajes masculinos estuvieran más elaborados. Ambos se quedan escasos, a mi juicio. Y no permiten posicionarse ni a favor de uno ni del otro.
El final, previsible. Pero ni mucho menos lo digo como algo peyorativo. Todo lo contrario. Me gustan los finales, felices o no, que nos podríamos encontrar en una historia real. Me gustan los tópicos porque es lo típico de la vida. Es decir, lo normal, lo común, lo que le ocurre a tu vecina del tercero, a un compañero de trabajo o a tu hermana. Me gustan las historias creíbles. Pero eso, por supuesto, es una apreciación personal en base a un gusto subjetivo que en nada debe influir en el futuro lector.

Mercedes Alonso me ha reconciliado, en parte, con el género de la romántica. Conocerla personalmente fue corroborar que  es una mujer con las ideas claras, madura, que sabe lo que es ganarse las lentejas a diario, que está muy lejos de ser una escritora obvia y empalagosa y que tras su aspecto de dura y un poco inaccesible, se esconde una mujer de un estilo con el que yo me identifico y admiro. Sincera, sin aditivos ni colorantes. Ni falta que le hace para ganarse mi respeto.

Es el primer libro que leo de ella, pero sin duda, no será el último. Sus historias van a tener siempre un trasfondo social, de denuncia sobre determinados aspectos de la vida o del comportamiento humano, como ya ha demostrado anteriormente. Y eso es lo que la diferencia en gran medida de otras autoras del género.

Disfrutad de su lectura. Merece la pena.





miércoles, 3 de febrero de 2016

VENGANZA







Fantástica la frase de este escritor británico. Aunque más bien suena a sentencia.

Sobre el sentimiento de la venganza cada uno tiene su propia opinión. Casi todo el mundo dirá, que no merece la pena. Y en cierto modo, estoy de acuerdo. Si tuviéramos que ir devolviendo con la misma moneda cada vez que alguien nos provoca sufrimiento o nos ofende, nos pasaríamos media vida invadidos de odio, rencor y sentimientos negativos. Por no mencionar la pérdida de tiempo que supone invertir en malquerencias pudiendo hacerlo en emociones que regocijen tu alma y te reconcilien con el entorno.

Pero por supuesto, una cosa es la teoría y otra muy distinta, la práctica. Aquí todos somos muy comedidos y políticamente correctos hasta que nos toca a nosotros. O nos tocan a los nuestros. Entonces damos un giro copernicano y descubrimos que ese sentimiento de venganza es puro instinto radical, visceral, profundo y endémico  que habita con naturalidad en cualquiera de nosotros y  late con desesperación desde las entrañas de nuestro ser queriendo aflorar en su peor versión.

Muchos expertos han estudiado y analizado el comportamiento de las personas a lo largo de la historia, llegando a la conclusión de la que la venganza “tiene una función de protección dentro de una comunidad”.

Pensad, por ejemplo, en alguien que hiciera daño a vuestros hijos, que os involucre en un delito que no habéis cometido o que os haya humillado hasta perder toda vuestra autoestima. Quien diga que no tiene sed de venganza, sencillamente está mintiendo.

Yo aquí distinguiría entre desquite o desagravio, que viene a ser algo más reposado y socialmente aceptado,  y la venganza pura y dura, que  no consiste en resarcir el daño que nos han hecho, sino que lo que persigue no es otra cosa más que el otro padezca en sus propias carnes el dolor que te ha ocasionado a ti. Una réplica exacta. Y si puede ser más intensa, tanto mejor.

A lo largo de nuestra vida, el impulso de revancha  (yo abogo por diseñar una creativa, elegante, planificada) es ineluctable y yo diría que hasta necesario. Es humano y es legítimo sentir y pensar así. El daño, el dolor ocasionado de forma gratuita por gente mezquina requiere una respuesta en la misma línea. Que el otro sienta en su propia piel el padecimiento que infligió. Es cierto que con ello se persigue un objetivo más humillante que reparador, pero ¡qué placer tan increíble cuando lo consigues! Efímero, sí, pero placer al fin y al cabo.

No creo que el ser humano esté dispuesto ni capacitado para perdonar todo. Ni siquiera considero que sea sano hacerlo. Ojo, no hablo de acumular rencores, de fomentar enemistades o sentarse a descansar en la inquina de forma permanente, hasta verse apresado en un bucle del que ya no puedas escapar. No. Simplemente hay ocasiones en las que hay que dar salida en forma de malevolencia y que esa persona sepa que no se ha salido con la suya. Que ser malvado y retorcido tiene un precio.

El perdón no debe ser forzado ni tampoco fingido, porque entonces ni sirve ni resuelve  nada. Se convierte en un sentimiento vacuo y carente de credibilidad.


La capacidad para perdonar no nos viene de serie en los humanos. Hay que ejercitarla, pero eso sí, focalizada solo a aquellas personas que merecen ser perdonadas.
Es necesario saber distinguir entre perdonar y pasar página para no hacerte a ti mismo más que el daño indispensable.

lunes, 1 de febrero de 2016

CUATRO SITIOS EN MADRID IMPRESCINDIBLES

MIS ÚLTIMOS DESCUBRIMIENTOS

CASA LAFU – CALLE FLOR BAJA, 1 – MADRID -  METRO SANTO DOMINGO
TELÉFONO: 91 548 70 96

En la segunda planta de un local en una callejuela de la Gran Vía madrileña, nos topamos con un restaurante chino diferente. ¿Por qué? Varios son los motivos. Para empezar la mayoría de sus clientes son chinos. La comida es auténtica china y en concreto de la zona de Sichuán ( una provincia al suroeste de China). La carta elegante, en tres idiomas,  extensa y en su mayor parte, desconocida y que  resalta con puntos rojos el grado de picante según el plato escogido. De hecho lafu en chino significa picante.

Su plato estrella es el HUO GUO, comida tradicional de esta zona. Una olla donde se cuecen legumbres, verduras y carne y por supuesto, especias. Lo más divertido es que el sabor de esa sopa lo eliges tú mismo añadiendo los ingredientes que prefieras en un fogón de inducción  en el centro de la mesa y escondido bajo el mantel, que tú mismo vas llenando a tu gusto. Viene a ser como una fondue pero al estilo chino.

Para probar este plato es recomendable ir en grupo. Un mínimo de cuatro personas. Así se puede llenar la olla con más ingredientes y el precio resulta más económico.

Además de su olla, platos desconocidos: lubina ahumada al estilo Shanghái, codillo de cerdo al té o los rollitos de tofu con verduras. Una cocina muy novedosa pero cargada de autenticidad como lo demuestra que los propios chinos sean en su mayoría los que coman allí.


El restaurante cuenta con salones divididos en dos plantas y dos reservados. Y una terraza en la que puedes tomar bebidas y tés.  Y todo con una cuidada y elegante decoración con auténticos muebles chinos.

Precio medio: 25 euros.





BANI BANOO – CALLE MÁRTIRES CONCEPCIONISTAS, 19 - MADRID -
Teléfono: 810 52 11 27

El último encuentro "sirenero" tuvo lugar en este local de reciente apertura, concretamente en mayo. Un local pequeño, pero con una delicada decoración. 

Al frente su propietaria, Bani, una chica iraní afincada en Madrid que ha unido sus estudios de marketing a la pasión por la cocina.
Bani Banoo es un restaurante de cocina persa pero que también ofrece platos de fusión. En la pequeña barra exponen y ellas mismas te explican las especialidades del día, que van cambiando todas las semanas. Puedes escoger entre tres de ellas y al ratito saldrán exquisitamente preparadas de la cocina.

Un lugar que cuida la atención, la calidad y el entorno.
Entre sus deliciosas propuestas: tortilla de coliflor con perejil y salsa de yogurt, arroz iraní con azafrán o las berenjenas ahumadas con nuez y menta.
No dejéis de probar el bizcocho de cerveza Guinnes y chocolate o el de zanahoria.

Tienen menú desde 12,95 euros. Conviene reservar porque es pequeño y está teniendo mucho éxito, por lo que se llena enseguida.

Punto a su favor: abren desde la ocho de la mañana y en sus desayunos puedes encontrar desde las propuestas tradicionales hasta uno que es mi preferido: una tostada con queso, pepino, menta, tomate y nuez. ¡ Exquisita !
¡Ah! Y abren los domingos!!

Un lugar que ya he visitado en varias ocasiones y en distintos momentos del día y siempre me sorprende y me enamora. !Ah! Y la atención es maravillosa. Un detalle que para mí muy importante.




LA CHARCA TABERNA -  CALLE JUAN ALVAREZ MENDIZABAL, 7 - MADRID
Teléfono: 915 47 28 94

En pleno barrio de Argüelles, nos encontramos con La Charca, una taberna actualizada y espacio consagrado al cañeo y al picoteo. Pero en el que también puedes encontrar la comida tradicional española de calidad pero sin florituras y con un claro guiño a Asturias, porque el dueño del restaurante es un asturiano afincado en Madrid.

Un local al que han sometido a una profunda reforma y cuyo resultado es espectacular. Al entrar nos encontramos con una larga barra que va cambiando de color según las horas y una zona de mesas altas donde tomar el aperitivo.
Al fondo, un patio interior decorado con vegetación y vigas de madera vista en los techos, sillas de distintos colores y mesas de madera, envuelven de calidez un lugar donde lo mismo puedes desayunar, comer, tapear o tomarte un buen gin tonic, debido a su horario ininterrumpido.

Lasaña de marisco, patata confitada con foie, trufa y huevos de corral, croquetas de la casa y la inevitable fabada, son algunos de los platos que nos podemos encontrar en su carta.

Y quedaos con este nombre que es absoluta tendencia: el cachopo. Un plato típico asturiano que consiste en dos filetes de ternera grandes y entre ellos jamón y queso. Se ha convertido en plato para sibaritas, estrella de ferias gastronómicas y objeto de muchos reportajes. Tal es el éxito que ha conseguido  que este plato se reinvente con pollo, verduras, pescado, setas,  etc….

Y no, por favor. No cometáis el error de comparar un cachopo con un San Jacobo, un flamenquín, una milanesa o un Cordon Bleu. Otro día os explico la diferencia.

Tienen un menú diario por 14 euros. Y si come de carta el precio medio es de 30 euros.

Un lugar que os recomiendo y al que ir, sí o sí.



BOOK TASTING


Como su nombre indica son catadores de libros. La idea es “sacar a la literatura del armario intelectual”
¿Cómo funciona? Aproximadamente cada dos semanas, Eitan Felner, un chico argentino precursor de este invento,  reúne a un grupo de personas en lugares variopintos de Madrid para darles a probar unos bocados de literatura. Siempre será sobre un tema en concreto y el lugar, acorde con él. Por ejemplo. 

En una vinoteca se habló sobre los pecados capitales, en una tienda picante sobre relatos eróticos y en una librería de viajes, como La ciudad invisible, se hablará de relatos sobre viajes. Cada uno puedes escoger un fragmento de un libro que él lleve o puedes llevarlo tú mismo y leerlo en voz alta mientras los demás escuchan.

También puedes llevar tu propio texto (no más de dos páginas) mientras maridáis todo con un vino, cerveza o un café.
Algunos de estos encuentros son gratuitos. Para los que no, su precio oscila entre los 6 y los 15 euros dependiendo de la consumición que incluya la cata (a veces con tapa incluida).
Las posibilidades son infinitas:
Maridar los libros con pelis, aromas, vinos, objetos de la vida cotidiana, ropa, comida....en parques, cafés, librerías curiosas, hoteles, boutiques, playas, salones de té, viñedos, parques infantiles, tintorerías y muchos etcéteras. 

Como dice su ideólogo “ aquí no se viene a hablar de libros, sino a que los libros nos hablen a nosotros”.
Otra deliciosa forma de mezclar letras y libros y, de paso, conocer gente nueva.

Para saber más o apuntarse a estas catas podéis entrar en su página de Facebook: book tasting o en la página web www. meetup.com







lunes, 25 de enero de 2016

CUATRO SITIOS ORIGINALES PARA UNA PRIMERA CITA

CUATRO SITIOS PARA UNA PRIMERA CITA

PARA  LOS ROMÁNTICOS


SALÓN DE TÉ AL YABAL – Calle Cáceres, 52 - MADRID

Una de las teterías con más solera de la capital y que lleva abierta 36 años.

Si la entrada, al más puro estilo árabe, te atrae como imán, dentro el  local termina por atraparte: patios andaluces, fuentes de agua, luz tenue,  la fragancia del té y las cachimbas de distintos sabores y una estética en su decoración que te trasladará a las Mil y una noches.

La carta plagada de tés con nombres tan exóticos como El secreto del Sultán, Té del Dalai Lama, Té del Lejano Oriente.

Los precios son muy asequibles. Por 5 euros tienes un té y una porción de tarta. Y un cóctel a partir de los 7 euros aprox. Pero también tienen cerveza, refrescos y batidos.
La música de fondo, suave y tranquila, permite conversar sin agobios y dejarse envolver por el ambiente mágico del local.

Curiosidades:

1.- Los fines de semana amenizan con una bailarina que realiza la danza del vientre.

2.-  Si te pides un cóctel o una copa, siempre te ponen dos platillos. Uno con frutos secos y otro con golosinas.




PARA LOS AMANTES DEL CINE Y LA LITERATURA


LA BUENA VIDA -  CALLE VERGARA, 10 - MADRID
91 542 91 42

En pleno barrio de Ópera, destaca esta librería/café. Un espacioso y elegante local que lleva a cabo multitud de actividades como exposiciones literarias, ciclos monográficos, conciertos y presentaciones de libros.

Muy interesantes sus maridajes de Vino y Lectura o su club de ajedrez. Representaciones teatrales los viernes y los sábados.

Un lugar que se empeña en divulgar, dar a conocer y ser punto de encuentro entre toda la gente amante de las artes.

Cuentan con una nutrida selección de libros, CD’s y DVD y todo ello con una carta repleta de vinos, cervezas e infusiones.
Pero el café es la estrella. Lo preparan riquísimo. 

Así que lo mejor es darse una vuelta por el local y elegir entre toda su oferta, sentarse en una de sus mesas con el delicioso café y la charla, que fluya.




PARA LOS AMANTES DE LOS JUEGOS DE MESA


CAFÉ MANUELA – CALLE SAN VICENTE FERRER, 29 - MADRID


Abierto en 1979 en lo que fue una antigua carpintería, recrea a la perfección esos cafés de principio de siglo. Tan fiel es su reproducción que ha sido escenario para más de 60 películas y muchos spots publicitarios. Entre sus muros tertulianos como Carmen Martín Gaite, Sánchez Ferlosio o Umbral entre otros, pasaron por allí.

A día de hoy el Café Manuela es el refugio perfecto para gente tranquila, con ganas de conversar sin bullicio.

En su propuesta gastronómica, vinos, tapas, cócteles, helados, zumos naturales y por supuesto, café. Colgadas de sus paredes, pequeñas muestras pictóricas que van cambiando cada mes.

Entre las actividades que nos podemos encontrar tertulias bilingües (inglés/español), taller de poesía, exposiciones de arte o presentaciones de libros.

Pero lo mejor son los más de 30 juegos de mesa que el local pone a disposición del cliente.




PARA LOS OPTIMISTAS


WANDA CAFÉ OPTIMISTA – CALLE MARÍA DE  MOLINA, 1 - MADRID

Con una estética tropical  y colores llamativos, la idea con la que abre este local es que cuando entres en él accedas a un universo emocional que te transporte al verano, las vacaciones, el sol y el tiempo libre, es decir, todo positivo que se siente en esos meses estivales. Toda la decoración del local gira en torno a esta filosofía con un mobiliario fresco, estilo californiano  y marcos de fotos por las paredes con motivos veraniegos.

Un negocio de los llamados “non stop” abierto desde  las 8 de la mañana hasta las 3 de la madrugada y en el que puedes desayunar, comer, cenar o pasarte a tomar algo a cualquier hora del día, porque la cocina está siempre abierta.

Todas las mesas tienen toma de corriente y wifi.

Zumos naturales de frutas o verduras y una variedad de comidas un tanto ecléctica, que recorre todos los destinos internacionales y todo ello unidos a una clientela de lo más variopinta e internacional, convierten a este lugar en toda una guía de viajes.





lunes, 18 de enero de 2016

DESCUBRIENDO EL CINE por Javier Yuste

Descubriendo el cine.



Por culpa de mi sexo, que se rinde ante la voz candorosa de una traviesa ninfa, he acabado con mis huesos y el jumentillo de palabras que me sirve de montura (pues aún no cuento con la suficiente talega ni el orgullo requerido como para regalarme un brioso palafrén con el que presumir), en una encrucijada de caminos dentro de mi mente, custodiada por un sencillo crucero (por si hace falta abrazarse a él con fuerza). Y es en esta encrucijada a donde me ha llevado la voz de la ninfa y tengo que decidir qué camino tomar, siendo que ambas direcciones me exigen idéntico tributo y destino: este texto que tenía que haber crecido al albur de un tema ya propuesto de antemano por nuestra querida Su: Soltería o diez películas que marcaron mi vida. Izquierda, derecha o darse la vuelta.

Pero en mi seno abriga la misma torva tozudez y nobleza pícara que se advierten en los ojillos de mi mullido compañero de viaje; esa chispa de razón rebelde de la que carece cualquier montura de dentadura respetable y a respetar y que me permite atisbar que, a la sombra del crucero providencial, un repecho angosto se introduce en el interior del bosque que me rodea, fuera de los caminos transitados y de los adoquines sueltos y erosionados.
No creo que tome mejor decisión que aquella que haga honor al espíritu que puebla a los nobles habituales del callejón que administra nuestra pequeña luz madrileña. Ni «Casado o soltero», camino de la derecha, ni «Diez películas favoritas», ruta que corre tras el sol por Poniente. Es legítimo tomar el repecho, por capricho, porque sí; aunque para nada sea propio o digno de esperar de un invitado, por lo que ruego mil perdones a mi anfitriona.


Es ese camino, el mismo por el que ahora mi amigo gris perla se guía solo, sin tirones ni espuela, por entre los robustos y selváticos árboles que aprisionan las sombras de mi Pasado, Presente y Futuro, en el que me atrevo a hacer frente a lo que salga. Un sendero nuevo al que llamaré «De cuando descubrí el cine» y con el que hoy firmo en El Callejón de los Canallas.


Siento en el espinazo el hálito frío y extraño de los años pasados, y pronto se me ha cruzado el espectro de un niño de cinco años, torpe y desvalido, de mirada asustada, pero también astuta, impresión certera o no que me causa esa criatura tan solo por efecto de mi desbocada imaginación. Sé que me estoy contemplando a mí mismo, pues es a esa edad cuando contemplé la primera película de la que conservo recuerdo alguno. Tan solo unos fragmentos que se quedaron en la retina y más allá, para siempre; además de la sensación de vértigo pegado a una butaca ajada y en una sala de cine en el que había poco más que cuatro paredes, ajena a los lujos actuales que se pagan con el pulso febril. Entre tapias amarillentas de decorosa vejez y contra una tela fina y blanca, héroes de épica y fantasía de una galaxia muy, muy, lejana, se pateaban los bosques de la luna santuario de Endor. Era 1986, efeméride consagrada al reestreno de la trilogía de «La Guerra de las Galaxias» (o «Star Wars», si nos dejamos secuestrar por ese sórdido complejo de renegar de todo lo que no suena, huela o sepa a burdo anglosajón, pues es más correcto).

Si trato de otear en cierto punto más oscuro de mi bosque mental, solo queda la Nada que ni pudo llenar Michael Ende. Tan solo quedaron las motojets y los ewoks. Y todo lo olvidé hasta que se desempolvó, años más tarde, cuando volví a visionar «El retorno del Jedi».

En 1986 todavía vibraba la vida en los cines de la localidad; en concreto en un pequeño teatro en propiedad y terrenos de los monjes franciscanos afincados en la villa desde hacía siglos. Cine sin maquillajes superfluos y sin prohibiciones de traer chucherías de fuera, pero sí con desconchones sobre los que se exhibían los pósters en papel que servían para anunciar las contadas sesiones que se ofrecían. El mismo en el que me maravillé casi una década después con «Stargate» o, válgame Dios, otros productos menos exigentes y que me producen cierta vergüenza (no el confesar que fui uno de los paganos que hicieron rentable el título en cuestión, sino que los pasen por la televisión en canales y horas intempestivas de vez en cuando, como puede suceder, por ejemplo, con «Street fighter», protagonizada por el elástico y reiterativo Jean Claude Van Damme y que sirvió de pobre despedida a Raúl Julia). Éramos críos de los noventa, para nada correligionarios de los críticos de «Días de cine», y si alguien se libró de aquella desventurada filiación, le presto mi capote para que vaya sorteando todos los charcos que encuentre en su sendero hacia lo sublimemente relamido.

A falta de adoquín, mi leal pollino avanza tranquilo por la bruma de mis recuerdos, pues siente la cercanía de otros lugares en los que también descubrí el cine.

Seguía yo siendo un niño y penetraba por mis fosas nasales el aroma salitroso y húmedo del Museo del Pescador, que se hunde hasta las raíces de la casa-torre de los Ercilla. En su segundo piso, si no estoy errado del todo, en una salita a la izquierda de la escalera, poco después de dejar atrás la ventana que daba al puerto y en la que el hábil cantero había creado un asiento perfecto para que hombres y mujeres harto desaparecidos aprovecharan toda la luz del sol en sus labores más sutiles, se abría al público un pequeño cine de sesión matinal y de verano; un cine con sillas contadas y con la oscuridad de rigor asegurada para perderse en las aventuras de Simbad y en otras muchas producciones de acción y fantasía de las décadas de 1960 y 1970.

No hacía falta más. Aquella era la esencia que hemos perdido al dejarnos seducir por el consumo bulímico, de usar y tirar; la vida que disfrutábamos sin necesidad de neones y prostitutas que se hacen pasar por damas de compañía que solo aceptan pagos con tarjeta. Los años en los que una película seguía el fatigoso camino de las salas hasta el mercado del video, de ahí al Plus (cuando llegó) y luego a la televisión abierta, son humo azul que sube en espiral. Ahora hay cintas que no tardan ni doce meses en pasar del proyector a la pantalla plana como programación socorrida de un sábado noche para aquellas cadenas que no han sucumbido a la vil ralea de los programas de dewater político.

¿Eso es cine?

Y las películas de mi vida se fueron amontonando en un túmulo dedicado al despertar del amor hacia el cine, pero son títulos que me los guardo en el silencio, pues son recuerdos menos bulliciosos y más íntimos; ecos lejanos de un mundo que ha sido interrumpido, durante su movimiento de rotación, cuando crucé por última vez el umbral de una sala de proyecciones hace más de una década para acudir al estreno de «El retorno del Rey» (resulta curioso que la primera y la última lleven por título las tres primeras e idénticas palabras). Sé muy bien que alguien me tildará de mentiroso, cuando no de vanidoso, o cualquier otro epíteto recurrente que acabe estallando en su boca y que termine de forma necesaria en –oso (¡lástima que no me sepa los números de la Lotería de forma tan  cierta!).

Me cansé de los blockbusters, del cine con Coca Cola; de las pataditas de groseros ocupantes de la fila de atrás contra mi sillón o el del vecino y de los gritos y sandeces de payasos en paro que no tenían otra cosa mejor que hacer durante dos horas de sus patéticas vidas; de no enterarme de nada y salir crispado y más pobre de una sala a la que le sobran los artificios no necesarios para disfrutar de este arte.

Llamadme sociópata si no os gusta rimar con –oso.

Excesivo sacrificio el mío el de sustituir la pantalla grande por una pequeña en casa, eternamente encadenada al euroconector del reproductor del DVD, perdiéndome la posibilidad de viajar hasta el horizonte final de mis pupilas con «Interstellar», por ejemplo.



Lo bueno es que ahora sé elegir mejor las películas, pero, ¿he traicionado a mi amor de juventud? Tampoco es que sea yo un Totò di Vita; no me siento culpable y, es más, si se aprecia despecho o desprecio en los gestos de esta dama hacia mí persona, soy incapaz de interpretarlos de tal forma, quizá por propia y voluntaria impericia: todo sea por conservar intactas las cicatrices del corazón y que me han cambiado, obligándome a pasar página, a dejar atrás a la Fantasía (incluso al simpático Fuyur, a quien conocí en la sala de proyecciones del colegio). Ahora tan solo soy un espectador de los lejanos brillos fantasmales de unas estrellas que están demasiado lejos de mi atalaya, muy por encima de las copas de los árboles de este bosque de recuerdos imperturbables. Ahora tan solo quedo a merced de argumentos más diarios y grises, reinos de topos y engaños, pero siempre acompañado por un proyector en marcha, cuyo traqueteo soslaya el golpeteo de los cascos de mi pequeño jumento contra el suelo. 

CLUBES DE FUMADORES EN MADRID

CLUBES DE FUMADORES

La ley Antitabaco prohíbe desde enero de 2011 fumar en lugares públicos que no estén al aire libre, con la excepción de los clubes de fumadores. Para que te otorguen esa categoría se deben cumplir varios requisitos. Entre ellos,  que el lugar esté en una zona aislada, si es que forma parte de un negocio hotelero, y que no disponga de camareros, para que éstos no respiren humo.

HABANA, 5 – PASEO DE LA HABANA, 5 - MADRID

Un restaurante que dispone de tres ambientes: la barra donde puedes tomarte una cerveza con unas excelentes tapas, el propio restaurante que cuenta con menú casero diario a un precio de unos 12 euros y la terraza, abierta en verano y cubierta y con calefacción en invierno.

Y además de esto cuenta con un cuarto ambiente en el sótano: el Corner Five, un área acogedora y perfectamente acondicionada para los amantes del humo en general y de los puros en particular.

Cómodos sillones, revistas, libros y una sala  de cartas para poder jugar con tu bebida y tu puro o cigarrillo. Y además te permiten llevarte platos de picoteo desde el restaurante a la sala.

Un horario amplio que va desde las 8 de la mañana hasta las 2 de la madrugada





CHURCHIL CLUB DENTRO DE LA SALA KLIMT – CALLE CAPITÁN HAYA,  48 
MADRID

91 652 50 87

La sala Klimt Gin Club es otro de los sitios de moda en la capital para tomar ginebra, no sólo por su decoración vanguardista, sino también por sus más de 80 variedades de ginebra. Allí todo está cuidado al milímetro: el tipo de vaso, la cantidad, el orden y acompañamiento de los combinados. Un sitio imprescindible en Madrid para incorporar a la ruta del gin tonic, que además aporta un aliciente añadido: cuenta con un club privado para fumadores llamado Churchill Club, en honor  a Winston Churchil  que como la mayoría sabrá era un gran fumador de habanos.

Con capacidad para 28 personas sentadas y un total de 50 distribuidas por la sala, con sofás inspiración Art Decó y elementos decorativos de diseño italiano y neoyorquino,  ofrece una gran variedad de puros elaborados en diversos países y algunos que son verdaderas rarezas. Aunque el local permite que los socios puedan llevar sus propios puros.

Y como perfecto acompañamiento para esos puros, qué mejor que una amplia gama de  bebidas espirituosas como la ginebra, vodka, ron y champán entre otras.

Para hacerse socio de este club es requisito indispensable pagar una cuota anual de 150 euros que te da derecho a una botella, pero si prefieres conocer el sitio, puedes hacerte socio por un día, sin tener que abonar nada. Aquí se puede además disfrutar de partidos de fútbol en su pantalla gigante o participar en catas y maridajes de puros con licores Premium.

Curiosidad: Según los expertos se necesitan entre hora y media y dos horas para disfrutar de un puro.



CIGAR CLUB DE SANT CELONI – PASEO DE LA CASTELLANA, 5 ( Dentro del Hotel Hesperia). MADRID

91 210 88 40

El Sant Celoni no es cualquier restaurante. Es uno de los mejores de Madrid que cuenta con dos estrellas Michelín y en donde miman con esmero cada detalle, no solo la incuestionable calidad de su comida, sino la vajilla Limoges en la que te la sirven o la altísima cualificación de su personal. Por este motivo, y siguiendo su línea de apostar por  la calidad y la excelencia al servicio del comensal, decidieron abrir esta pequeña sala colindante para todos aquellos amantes de los puros como guinda para finalizar un almuerzo.

Es un espacio integrado dentro del propio restaurante, pero totalmente acristalado y con salida al patio exterior del hotel.

Cuenta con más de cien referencias, tanto habanos como cigarrillos de varias procedencias. Desde las marcas más míticas como Montecristo, Cohiba, Punch o Monterrey a otras menos conocidas. No han escatimado esfuerzos y cuentas, asimismo, con añadas históricas y ediciones limitadas muy difíciles de conseguir.

Limitado a unas 12 personas y bajo petición y reserva previa, los que acceden tienen derecho a un digestivo, una copa y un buen habano.