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miércoles, 2 de septiembre de 2015

REBELDE SIN PAUSA

En mi entrada de hoy os voy a contar una anécdota personal que ilustra la foto que acompaño al texto. Mi amigo del alma, Miguel Ángel Sánchez, me acompañaba ese día y puede dar fe de que lo que cuento es real.

Octubre del año pasado. Ciudad: Barcelona. Liber, feria de las editoriales.
Para todo aquel que lo desconozca, allí solo acceden las editoriales. Los autores no podemos entrar, teóricamente, claro.

A mi amigo si le invitan y yo me cuelo en la fiesta, igual que en la canción de Mecano. ¡¡Qué sabe nadie si soy editora, autora o domadora de fieras!!! Lo importante de todo esto es que ya me estoy saltando las normas. Y disfruto con ello. Y mi amigo, ni os cuento.
Llevo unas diez carpetas, perfectamente encuadernadas y que me han costado un pastón. Pero yo soy así, si hago algo, lo hago bien. Las carpetas son voluminosas. Contienen las primeras páginas de mi nueva novela (debidamente registrada), mi Cv, fotos de la autora realizadas en estudio y una recopilación de todas mis apariciones en prensa y radio, además de las reseñas de Espérame en París más relevantes. Todo ello, por supuesto, en color. Nada de “cutreces” en blanco y negro.


Mi amigo y yo llevamos una selección hecha de las editoriales que nos interesan y que voy entregando en cada caseta. Esto no es llegar y besar el santo. Hay que saber a quién entregas ese material, para posteriormente contactar con él/ella, y en ocasiones, la persona adecuada está reunida o no está. Resumiendo, dos días sin parar.

Hay una editorial, y no voy a decir su nombre, a la que ya entregué el año anterior Espérame en París, y de la cual no obtuve ni siquiera un mensaje escrito, ni para bien ni para mal. Si me parece importante que un correo o un mensaje sean contestados, os podéis hacer una idea de lo que me puede parecer que dejes en manos de un desconocido un material tan delicado y que no tengan ni la decencia ni la educación de contestar. Por no hablar de profesionalidad, que esa brillaba por su ausencia.

Como soy persona de dar segundas oportunidades, vuelvo a insistir al año siguiente con esa misma editorial, con cierto resquemor por mi parte, pero animada por mi amigo, cuyos consejos suelo seguir, más que nada porque él es más pragmático que yo y menos temperamental.

Tras dos días persiguiendo al tipo que tenía que atenderme (y os puedo asegurar que no iba a marcharme de Barcelona sin conseguir una cita con él), al fin nos recibe con cara de perro (no sé qué me infunde más pavor, si la gente que sonríe siempre o la que no lo hace nunca).Le cuento la razón de mi visita y su respuesta es que yo como autora no tendría que estar allí, que estoy utilizando conductos inapropiados y que me estoy saltando las normas. ¡¡¡Juas!!! Me da la risa, claro.


¡Por supuesto que me estoy saltando las reglas! - le digo. Siempre que lo considero oportuno,  lo hago.

Se enfada, primero porque soy mujer y le estoy contestando, y luego me quiere dar una lección de comportamiento, como el papá que regaña a su hija y le reprocha una conducta supuestamente inadecuada. Mi amigo Miguel Ángel, me mira con preocupación. Por mi expresión sabe que en cualquier momento se va a desencadenar la Tercera Guerra Mundial. Y llegados a este punto, estoy dispuesta a ello. No tengo nada que perder.

El sujeto (no tiene otro nombre y además es casposo y da grima) insiste en que no va a quedarse con el manuscrito. Y yo le desafío a él a y a su escasa paciencia indicándole que no me levanto de allí hasta que se lo guarde en su maletín y se lo entregue a Fulanita de Tal. En este punto cambia la expresión. ¿Cómo conozco yo ese nombre?, me pregunta el mamarracho. Pues lo conozco porque, como no podía ser de otra manera, me he vuelto a saltar las normas para obtener esa información.

Al final, y demostrando la inteligencia justa para pasar el día, el tipejo accede a regañadientes a quedárselo.
Nos damos la mano cordialmente, como si no hubiera pasado nada y cuando me marcho le digo: " Si no te saltas las normas, nunca llegas a nada". Y salgo de su diminuto territorio, mientras, de espaldas, le digo adiós con la mano.

Nos marchamos de allí, mi amigo y yo, muy dignos, sabiendo que jamás me contestarán, como de hecho así ha sido. Pero también con la certidumbre de que yo no querría publicar con esa editorial ni loca. Si ese  es el tipo de gente y de comportamiento que ofrecen de cara al público, no quiero ni imaginar cómo será en privado.


Por eso siempre persigo lo que me interesa, pregunto cuando no sé (el NO lo tengo de antemano) y procuro saltarme las normas y buscar caminos alternativos siempre  que puedo. Los demás, que hagan lo que quieran.



5 comentarios:

  1. ¡Olé! ¡Olé! ¡Olé!
    TSS

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  2. Me recuerdas ciertos momentos de mi vida, con aptitudes semejantes para llegar a ver la cara de la pieza clave, dejándome oír, al menos.

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    Respuestas
    1. A veces no se consigue nada, otras se consigue todo.
      Gracias por leerme y opinar, Juan.

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  3. A ver... ¿cómo era? ¡Ah, sí! "...está usted utilizando conductos inapropiados..." No, disculpa, no utilizó la palabra "usted", y continuó indicándote que te estabas saltando las normas.

    Revisando la R.A.E. me quedo con su primera acepción ya que, no puedo entender que se refiera a la segunda: "escuadra para arreglar maderos"; aunque bien pensado es lo que deberías haber utilizado con él y recolocar su enquistado cerebro; pero volviendo a la "norma" como regla para seguir o ajustar conductas, y centrándonos en tan vital evento donde te colaste, he de decirte que obraste mal, que eso no se hace, ¿cómo es posible que infringieras de la "ley" de esa manera? ;-)

    En fin, menos mal que no acabaste esposada, aunque sí juzgada, por el nada caballero y su editorial, cosa de la que me alegro (la primera) y has podido hacernos partícipes de esa anécdota donde, por otra parte, me alegro una enormidad que te la saltaras -la norma- y sigas siendo como eres. ¿Cómo sería nuestra vida si en algún momento no nos saltáramos las normas? Prefiero no pensarlo.

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