jueves, 5 de marzo de 2026

DEJADME EN PAZ, LOCAS.

 DEJADME EN PAZ, LOCAS.

No, no soy feminista. Al menos no comulgo con este feminismo actual que nos asedia y nos fagocita. No con este feminismo trasnochado, anacrónico y absurdo que responsabiliza al hombre de todo lo que nos pasa, que le persigue sin tregua, que le considera el enemigo público número uno y le condena con argumentos inconsistentes. Esta corriente abanderada por un grupúsculo de oportunistas, que amparadas en su condición de defensoras de la mujer enarbolan la bandera de un feminismo extremadamente peligroso, no me representa en absoluto.
¿Sabéis que hay hombres a los que les gustan las mujeres sumisas, frágiles, las que no destacan, ni cuestionan, ni rebaten, ni pelean? Esas a las que le gusta complacer, acompañar en la sombra y obedecer a “su hombre”. Y lo mejor aún, ¿sabéis que hay mujeres a las que les encanta y disfrutan con ese rol? Mujeres a las que nadie obliga y que se sienten plenamente satisfechas. Y me parece perfecto si esa es la opción libre y voluntaria elegida para transitar por la vida. Tan respetable como la señora que dedica su vida a triunfar económica y profesionalmente, como la que decide no ser madre o serlo de seis criaturas. Tan digna como la que decide ser astronauta, ama de casa, política, tendera o puta. Me cuesta mucho creer que en este siglo y en nuestro país, exista alguna fémina que no haga lo que le dé la real gana sin tener que sentir el aliento en la nuca de la coacción, la represión, la amenaza o la violencia por parte de algún hombre. Ni mi madre (que, por cierto, ya trabajaba y ganaba su propio dinero en una época represora y machista), y que hoy tendría más de 90 años, consintió jamás que mi padre dirigiera su vida o le levantara la voz, en un tiempo en el que imperaba el yugo masculino, el vasallaje, la falta absoluta de libertad para la mujer y unas leyes que protegían todos los derechos masculinos y repudiaban los femeninos. Y creedme si os digo que intentó doblegarla cada día de su vida.
Soy alérgica a cualquier tipo de fanatismo o de pensamiento extremista que es lo que practican estas nuevas salvadoras que, además, dañan de forma irreparable a ese otro gran colectivo de mujeres que sí luchan de verdad por avanzar, pero con armas como el sentido común, la inteligencia y el realismo. No nos dejemos desviar de lo que realmente importa solo porque un puñado de oportunistas desea su cuota de protagonismo. Hemos avanzado y conseguido muchos logros, pero la igualdad a todos los niveles es una cumbre que las mujeres tardaremos en coronar. Por supuesto que deseo esa igualdad o mejor dicho, esa equidad. ¡Cómo no hacerlo si tengo dos hijas! Pero si para conseguirlo tengo que demonizar y perseguir sin tregua a los hombres, conmigo que no cuenten porque también tengo un hijo al que proteger de un futuro más que incierto. Abogo por conseguir los mismos derechos que los hombres, pero éstos tendrán que ir parejos a las responsabilidades.


 


Y diré algo más: las traiciones más infames, los mayores obstáculos, las envidias más virulentas, las mentiras más innobles y las peores injusticias siempre, en mi caso, han venido de la mano de una mujer. ¿Cómo vamos a preservar nuestros derechos si solo sabemos ser solidarias con las de nuestro mismo sexo de cara a la galería? Echad un vistazo a nuestras políticas, que en vez de unirse con un único y firme objetivo, se lanzan puñaladas verbales las unas a las otras. O peor aún, practican un feminismo selectivo dependiendo de dónde sople el aire. Ejercen un feminismo de postín, de escaparate atrayente a primera vista, que se deshace con un soplido. Es un feminismo de pancarta, de ridículo lenguaje inclusivo, de eslóganes aprendidos y coletillas que repiten como loros. Son las que critican al obrero que te lanza un piropo, pero callan como zorras cuando tienen a maltratadores y puteros en sus propias filas. Ah miran hacia otro lado, no vaya a ser que pierdan la poltrona, sus sueldos millonarios y los áticos con vistas desde donde nos miran con condescendencia mal disimulada.
Ah, y para vosotras las feministas de pro: A mí me encanta que un hombre me ceda el paso, me envíe flores, me abra la puerta del coche, me llame princesa, me invite a cenar, me regale libros o un diamante de De Beers, me bese la mano, me arrope con su chaqueta si tengo frío, me dedique canciones y me escriba poemas. Me gusta sentirme admirada, protegida y segura. Y me siento orgullosa de pensar, sentir y ser así.
Eso no me exime de responsabilidades, no me resta derechos, no me despoja de atractivo ni me devalúa como mujer. Muy al contrario; me posiciona en el lugar en el que quiero estar. Así que, queridas "feminecias", yo sí acepto piropos…¡jodeos!
Mientras tanto, dejadme en paz. No me digáis qué tengo o no qué hacer, cómo debo vestir, qué debo tolerar, en qué debo creer o qué consignas seguir. ¡No habéis inventado nada! No quiero etiquetas, odio los días que conmemoran algo tan palmario como ser mujer. No pienso sumarme a un rebaño que berrea bajo lemas tan delirantes como “sola y borracha…” ni formar parte de este circo. No me representáis.
Ahora solo queda saber si esa palabra con la que se os llena la boca, que es tolerancia, la aplicáis a las que no secundamos vuestros excesos. Enhorabuena, sois el 3.0 del disparate y la incoherencia.

 

Autora del texto: Susana Cañil
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